Ventana sobre la infancia /3

Aquella Nochebuena Fernando Silva, director del hospital de niños en Managua, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: – Decile a… –susurró el niño–, decile a alguien, que yo estoy aquí.

Según UNICEF, 1 de cada 4 niños del mundo viven en países afectados por situaciones de emergencia, como conflictos y desastres naturales, que pueden amenazar sus vidas y su futuro.

Se calcula que más de 85 millones de niños y niñas necesitan ayuda humanitaria.

ACNUR informa que 8.500 niños y niñas mueren cada día por hambre.

 Día tras día, se niega a los niños el derecho de ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana.
El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. Los niños ricos no viven en la ciudad donde viven. Educados en la realidad virtual, se deseducan en la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser comprada. Desde que nacen, los niños ricos son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas.
El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños.

——– Galeano deja hablar a un niño en este relato titulado “Índice de inmortalidad infantil”: Cuando Manuel tenía un año y medio, quiso saber por qué no podía agarrar el agua con la mano. Y a los cinco años, quiso saber por qué se muere la gente: –Y morir, ¿qué es? –¿Mi abuela se murió porque era viejita? ¿Y por qué se murió un nene más chico que yo, que lo ví ayer en la tele? ––¿Los enfermos se mueren? ¿Y por qué se mueren los que no están enfermos? –¿Los muertos se mueren por un rato o se mueren del todo? Al menos, Manuel tenía respuesta para la pregunta que más lo mortificaba: –Mi hermano Felipe no se va a morir nunca, porque él siempre quiere jugar.

 Mirada Solidaria.es

Refer. A los libros de Galeano “Bocas del tiempo”, “El libro de los abrazos” y “PATAS ARRIBA: la escuela del mundo al revés”.

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