Con los ojos abiertos

Dice Jorge Riechmann en su poema titulado Con los ojos abiertos: “Quiero ver todo lo que va a venir (…) quiero estar en la calle / dentro del laberinto / amaestrando el hambre y la angustia / sin ovillo de hilo y con los ojos abiertos”.

Es bello, ¿verdad?  Aunque mirar lo que nos está viniendo no es fácil. Y quizás menos fácil cuando se vive en la seguridad de tener ingresos fijos, vivienda propia y prestaciones sanitarias bien cubiertas. Así resulta más difícil ver a tanta gente perder sus condiciones básicas de humanidad. Y no es por ser antisociales, sino porque la Sociedad del bienestar nos enseñó a vivir con filtros para no observar la miseria ajena y sí para imaginar mundos ficticios de consumo y felicidad.

Con los ojos abiertos podríamos entender por qué vivimos en un mundo que le ha declarado la guerra a la vida y quiénes son los que han dado la orden de abrir fuego.

Con los ojos abiertos observaríamos que dependemos de la naturaleza, que somos parte de ella, y que destruirla o alterarla pone en riesgo la vida humana. Que este mundo tiene límites ecológicos y nuestro sistema económico y consumista ya ha superado los límites del planeta.

Con los ojos abiertos apreciaríamos que somos seres interdependientes desde el nacimiento hasta la muerte. Nuestros cuerpos no son mercancías a mantener siempre “jóvenes”, ni son productores permanentes, sino limitados y vulnerables que requieren atenciones y cuidados. Paradójicamente, cuán poco valorados y reconocidos están los trabajos de las cuidadoras.

Con los ojos abiertos entenderíamos que, si la economía y los mercados no tienen como principal objetivo satisfacer las necesidades humanas, no tiene sentido que ocupen el centro neurálgico de la sociedad. ¿Cómo puede ser que la sexta parte de la población mundial, principalmente ubicada en países enriquecidos, consuma el 80% de los recursos disponibles?

Con los ojos abiertos advertiríamos que las sociedades supuestamente democráticas están recibiendo golpes brutales que aturden a las personas, las cuales no saben a qué atenerse al ver que manda el capital y no el derecho. Recortes en Sanidad, en Educación, en salarios, en derechos laborales, en atención a mayores… ¿en favor de qué economía y de qué intereses?

Con los ojos abiertos descubriríamos que, si se pusieran fronteras a las materias primas de igual manera que se le ponen a las personas migrantes, nuestras economías ricas no aguantarían mucho tiempo, porque el petróleo y las materias primas vienen de fuera.

Con los ojos abiertos caeríamos en la cuenta de que el capitalismo neoliberal no es eterno e inevitable, ni es una ley natural. No siempre se vivió así y, además, existen otras alternativas.

Con los ojos abiertos comprenderíamos muchísimas cosas: Que un sistema sostenible se basa más en la igualdad y la austeridad que en el derroche de unos a costa de muchos. Que es necesario romper el ‘sagrado’ vínculo entre calidad de vida y consumo, pues el sentido común dice que hay que contar sólo con lo que tenemos. Que si los recursos del planeta son limitados, es de justicia que se distribuya la riqueza y se pongan en entredicho la acumulación y la especulación. Que la producción ha de estar ligada a la vida y su conservación y no a su destrucción, porque no vale igual producir bombas de racimo que trigo. Que hay sectores que deben crecer y generar empleo (agroecología, servicios comunitarios de cuidados, energías renovables, educación y sanidad, etc.). Que todas las personas son sujetos de derecho, y no debería ser legal que a una empleada doméstica interna con salario mínimo se le detraiga hasta un 30% por alojamiento y manutención, mientras que a un ejecutivo de empresa se le paguen dietas y viajes por estar tres días fuera de casa…

Con los ojos abiertos nos convenceríamos de que el poder ciudadano es enorme y que es más necesario que nunca la reconstrucción de una mayoría social que obligue al cambio.

Mirada Solidaria.es

(Refer. Éxodo.org, Yayo Herrero)

 

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