Todo proyecto social incluye actualmente en sus objetivos generales la sensibilización o la concienciación de la población.

Unos objetivos que parecen más bonitos que reales. ¿De verdad pueden ser efectivos en nuestra sociedad occidental?

Dicho sea con todo el respeto, en el mundo occidental super-desarrollado, muy brutales tienen que ser las estadísticas, muy sangrantes las cifras de un catástrofe, para que al menos nos “llamen la atención”. Así que hablar de “toma de conciencia” resulta un poco fuerte.

Como si en Occidente nos hubiéramos convertido en ‘consumidores profesionales’, capaces de devorar cuanto se ponga por delante, incluidas las estadísticas. Desde bien pequeñitos nos adoctrinaron, y con muy pocos años nos convertimos en “consumidores ejemplares”. Pronto aprendimos a devorar juguetes, golosinas, móviles, videojuegos, ordenadores, ropas de marca,…y, sin querer, terminamos devorando noticias de guerras, de masacres, injusticias, corrupciones, sentimientos,…y estadísticas.

Aprendimos a vivir ‘educadamente’ para nuestra casa y para nuestra familia en medio de un sinfín de necesidades humanas; defendemos ‘con todo derecho’ nuestra economía desahogada,  nuestra ‘legítima’ situación privilegiada, nuestro ‘merecido’ disfrute del ocio, en medio de una multitud de ciudadanos indefensos. Nuestros problemas personales absorben nuestra atención y nuestro interés, e impiden girar nuestras cabezas hacia el entorno. Es lo que llamamos “llevar una  vida normal”.

Siendo esto así, a la población occidental sólo podrán ‘llamarle la atención’ estadísticas extremadamente horrorosas, grandes titulares periodísticos, o terribles desgracias, aunque, eso sí, apenas durante unas horas o unos días no más.

Algún botón de muestra puede ilustrar este comentario.

 

     El 22 de marzo se celebró el Día mundial del Agua. Los principales periódicos nacionales españoles ni siquiera lo mencionaron. No debieron considerarlo tema o noticia de interés.

Al parecer, las cifras no son suficientemente llamativas: 900 millones de personas no tienen acceso al agua potable. Cada día mueren 4.000 niños por falta de agua potable.

Quizás el consumismo nos vuelve sordos y ciegos. Un oyente de Radio Nacional dijo ese mismo día: “No ahorro agua, porque no hay escasez”. Otra persona decía: “Yo gasto la que preciso, para eso la pago”.

La media de consumo de agua de cada ciudadano español al año es de un millón de litros. La media de un estadounidense es de dos millones y medio de litros.

La cantidad de agua de una descarga de cisterna de baño, equivale al agua que consume al día  una persona en los países empobrecidos.

Por lo visto, los datos no son ‘excesivamente preocupantes’ para la ciudadanía occidental, donde el ‘listón de preocupación’ se ha ido elevando (cuando se refiere a datos humanitarios) y reduciendo poco a poco al ámbito de lo personal y de lo familiar. 

Para producir un litro de aceite de oliva se necesitan unos 350 litros de agua, para una taza de té unos 80 y para un kilo de carne de vacuno unos 15.000. Por supuesto que son productos riquísimos para una dieta. Pero toda la humanidad no puede comer como un norteamericano o un europeo,  no porque no tenga su capacidad de compra –que evidentemente, no la tiene– sino porque no hay agua en el mundo para sustentar su dieta.

     Pero ya no es sólo lo que consumimos, sino lo que contaminamos. El agua contaminada es la primera causa de muertes en el mundo, más aún que las guerras, dice la ONU.

Cada día  dos millones de toneladas de aguas residuales y otros efluentes son drenados hacia las aguas del mundo. Consisten en su mayoría en aguas negras, contaminación industrial, pesticidas de la agricultura y heces animales. El informe de la ONU añade que la falta de agua limpia mata a 1,8 millones de niños de menos de cinco años cada año.

“Si el mundo quiere (…) sobrevivir en un planeta de 6.000 millones de personas que se dirige a más de 9.000 millones en 2050, debemos ser más listos sobre cómo gestionamos las aguas residuales”, dijo el director de UNEP, Achim Steiner. “Las aguas residuales están bastante literalmente matando a gente”.

Y si las estadísticas se vuelven papel mojado en nuestra sociedad occidental, que vamos a decir de los consejos, que de por sí ya se consideran ofensivos…

No obstante, sigue habiendo gente ‘maniática’ que valora positivamente y defiende el reciclaje.

El Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) de Argentina dice que un litro de aceite de cocina usado (ese que se tira por los desagües) contamina 1.000 litros de agua, o que un litro de aceite usado de motor contamina un millón de litros de agua. Sin embargo, personas del reciclaje no cesan en sus propuestas: reutilizarlos para producir jabón, detergentes, velas, aceites industriales, fertilizantes, biocombustibles, productos farmacéuticos,…y sugieren meter el aceite usado en una botella de plástico cerrada y colocarla luego en la basura orgánica, o entregarla a entidades que reciclan este elemento.

Hay muchos más ejemplos prácticos al alcance de la mano: no comprar agua embotellada (que llega a costar cien veces más), arreglar un grifo que gotea (que supone la pérdida de 40 a 50 litros por día), utilizar un balde para lavar el coche en lugar de la manguera (que ahorra 80 litros),…y muchas más medidas que son conocidas (ducha en lugar de baño, lavadoras y lavavajillas bien llenos, cerrar el grifo mientras se afeita o lava los dientes, etc. etc.) que pueden mejorar nuestros hábitos y nuestro medio.

 

     El caso es que el problema del agua no parece ser un foco de preocupación en Occidente.

Eso sí, la prensa, que no tuvo espacio para el Día mundial del Agua, dedicó, ese mismo 22 de marzo, portadas con grandes titulares a la reforma sanitaria del presidente norteamericano:Obama deja su último aliento en ley sanitaria”, “Obama logra un triunfo histórico al aprobar el Congreso de EEUU la reforma sanitaria”…

¿A qué viene tanto bombo y platillo para una reforma sanitaria tan descafeinada y tardía, que apenas retoca la anterior? La sanidad continuará en manos de compañías privadas y, además, no será universal (quedan excluidos, entre otros, 15 millones de inmigrantes sin papeles).

¿Cómo siendo un país tan inmensamente rico y tan avanzado en el campo de la ciencia, sucede que, según un estudio de la escuela de medicina de Harvad, 45.000 personas mueren cada año por carecer de asistencia médica, al no poder costearse un seguro médico privado?

¿Cómo en el país “más demócrata y humanista del mundo”,  las agrupaciones empresariales y las empresas farmacéuticas han invertido 30 millones de dólares en comprar a los demócratas indecisos para que votaran en contra de dicha reforma?

¿Qué tan importantísimo es este tema como para acapar nuestra atención? ¿Qué intereses hay detrás?

 

     Curioso panorama el de nuestro mundo avanzado: ciudadanías desarrolladas y domesticadas para el consumo y para encerrarse en sus vidas privadas; gobiernos que dirigen el mundo, según sus intereses, vendiendo, a través de sus medios, una falsa imagen de humanitarios y democráticos; y una población mayoritaria de víctimas que siguen viviendo en la marginación y en la miseria.

 

     A lo lejos resuenan los versos de Bertolt Brecht:

No aceptes lo habitual como cosa natural.

Porque en tiempos de desorden,

de confusión organizada,

de humanidad deshumanizada,

nada debe parecer natural.

Nada debe parecer imposible de cambiar.

 

El mochuelo

(marzo-2010)

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