La pobreza extrema es el problema más importante para el mundo, según una encuesta elaborada por el Servicio Mundial de la BBC en 23 países.

En su primera edición, el 71% de los encuestados antepusieron la pobreza a otros asuntos como el medio ambiente o la polución.

     Pareciera una verdad de Perogrullo, dicho utilizado por Francisco de Quevedo para  expresar aquello que por evidente y consabido se hace ocioso anunciar.

No obstante, los mensajes neoliberales pretenden hacernos creer que la miseria y el hambre son poco menos que “fenómenos naturales”, “que siempre existieron, existen y existirán”. Algo “contra lo que nada podemos hacer”, como “una fuerza mayor de la naturaleza humana”. Como algo irremediable. Y llevados de la mano, a lo sumo, nos asoman a las consecuencias, a esos millones de víctimas ‘dignas de compasión’, pero no a las causas que producen tales víctimas. Se olvidan de explicarnos que hay pobreza extrema porque hay riqueza extrema. O que la riqueza extrema exige pobreza extrema.

    

     Con igual libertad, muchas personas siguen indagando y cuestionándose sobre la realidad y los  acontecimientos del día a día.

Lo que para el Sistema es una estadística, para muchas personas es una bomba asesina. Pongamos algún ejemplo.

Ha dicho la FAO: 6 millones de niños mueren por hambre y desnutrición al año. La mayoría fallecen en naciones en vías de desarrollo por enfermedades curables. El hambre afecta a 852 millones de personas. 

 

     Claudia Rafael (APE) se cuestiona ante tan terrible dato: ¿Por qué la mitad de esas víctimas infantiles se ubican en India, Nigeria, China, Pakistán, República Democrática del Congo y Etiopía? No es casualidad.

¿Qué nombres tendrán esos seis millones?  Así cada año. En diez años, serán sesenta millones los bebés que se llevará de un zarpazo la malaria, la diarrea, el tétano o la neumonía. Es decir, 17.000 cada día.

Pero los señores que dividen al mundo en parcelas de amor y desamor, de abundancia y pobreza, decidieron que ellos nacerían en la geografía del desamparo. Y que allí crecerían, si es que la mala vida los dejaba sobrevivir.

Ni siquiera un mes vive el 40 por ciento de los seis millones. Es decir: hay dos millones cuatrocientos mil que tienen el reloj del final de sus días marcado en los 30 días. Apenas eso. Cuando el científico Leonardo Moledo afirma que el ser humano está preparado para vivir 30.000 días, ellos llegan escasamente a los 30.

Los científicos de la Escuela de Salud Pública de Bloomberg de Estados Unidos junto con miembros de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres dicen que dos terceras partes de esas vidas “se podrían preservar”. Sólo es cuestión de dinero. Lo que para los grandes señores de las riquezas representa unas pocas migajas.

Los investigadores concluyeron que bastarían cuatro millones de dólares para el tratamiento mundial de las enfermedades infantiles y sólo dos y medio para la prevención de la malaria.

¿Es tan difícil de comprender cómo se debe establecer la estructura de las prioridades en el mundo?

Cada año, estadounidenses y europeos desembolsan 17 millones de dólares en alimento para sus mascotas. El tráfico de armas ligeras representa anualmente más de seis mil millones de dólares al año. Los ingresos operativos anuales de la Coca Cola llegaron en 2008 a 31.944 millones de dólares. La Exxon reportó sus ganancias anuales en 19.300 millones de dólares. Pero para prevenir la malaria bastarían apenas dos millones y medio de dólares.

 

     Selva (1), por ejemplo, se cuestiona sobre otra noticia aparecida en prensa: Sobre las ruinas, hambrientos y sedientos en la soledad de las soledades, miles de niños continúan deambulando entre los escombros de Haití. Los acecha la red de traficantes de criaturas, verdaderos chacales, como los que intentaron sacar silenciosa y clandestinamente una treintena de niños a través de la República Dominicana, con destino incierto, en una operación perversa cuyos actores permanecieron encarcelados unos pocos días.

¿Quiénes son los ladrones de niños? ¿Con qué fines lo hacen? ¿Adopción? ¿Explotación sexual? ¿Esclavitud laboral? ¿Tráfico de órganos?

Miles de niños, que cada año desaparecen en el mundo, forman parte de las víctimas, sin que, en la mayoría de los casos, se conozca la suerte que han corrido. Detrás de todos y de cada uno de ellos, múltiples historias de dolor y de miseria.

El hecho recuerda a los robos de recién nacidos de las detenidas políticas durante las deleznables dictaduras militares en Sur y Centroamérica. A las futuras madres gestantes, aprendidas a pesar de su condición, se les preservaba la vida hasta que daban a luz, para luego robarles la esperanza y el llanto del recién nacido, junto con su sonrisa de madre. ¿Qué clase de chacal es capaz de cometer tamaño crimen?

Además de torturadores, son secuestradores y criminales. Frente a esos crímenes de lesa humanidad, que es el robo y tráfico de niños de todo tipo, no podemos quedar indiferentes. ¿No estaremos faltando al deber de crear un Tribunal Internacional de los Pueblos, para juzgar a los culpables? Siempre hay tiempo.            

 

     Ester Vivas (2) cuestiona otra realidad: ¿Quién decide lo que comemos?

La creciente mercantilización de la agricultura es una realidad innegable a día de hoy. La privatización de los recursos naturales, las políticas de ajuste estructural, los procesos de “descampesinización” e industrialización de los modelos productivos y los mecanismos de transformación y distribución de alimentos nos han conducido a la actual situación de crisis alimentaria. 

En este contexto, ¿quién decide lo que comemos? La respuesta es clara: un puñado de multinacionales de la industria agroalimentaria, con el beneplácito de gobiernos e instituciones internacionales, acaban imponiendo sus intereses privados por encima de las necesidades colectivas. Ante esta situación, nuestra seguridad alimentaria está gravemente amenazada.

La supuesta “preocupación” por parte de gobiernos e instituciones como el G8, G20, Organización Mundial del Comercio, etc., frente al aumento del precio de los alimentos básicos y su impacto en las poblaciones más desfavorecidas, que mostraron en el transcurso del año 2008 en cumbres internacionales, no ha hecho sino mostrar su profunda hipocresía. El actual modelo agrícola y alimentario les reporta importantes beneficios económicos, siendo utilizado como instrumento imperialista de control político, económico y social respecto a los países del Sur global.

Como señalaba el movimiento internacional de La Vía Campesina, al final de la última reunión de la FAO en Roma a mediados de noviembre: “La ausencia de los jefes de estado de los países del G8 ha sido una de las causas principales del fracaso total de esta cumbre. No se tomaron medidas concretas para erradicar el hambre, detener la especulación sobre los alimentos o frenar la expansión de los agrocombustibles”.

Diez de las mayores compañías (como Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer…) controlan la mitad de las ventas de semillas y el 84% de la industria y comercialización de pesticidas. Esta misma dinámica se observa también en el sector de la distribución de alimentos y en el del procesamiento de bebida y comida. En países como Suecia, tres cadenas de supermercados controlan alrededor del 95,1% de la cuota de mercado. Este monopolio y concentración permite un fuerte control a la hora de determinar qué consumimos, a qué precio, de quién procede, cómo ha sido elaborado.

Hacen negocio con el hambre. En plena crisis alimentaria, las principales multinacionales de la industria agroalimentaria anunciaban cifras récord de ganancia. Monsanto y Du Pont, las principales compañías de semillas, declaraban una subida de sus beneficios del 44% y del 19% respectivamente en el 2007 en relación con el año anterior. En la misma dirección apuntaban los datos de las empresas de fertilizantes: Potash Corp, Yara y Sinochem, que vieron subir sus beneficios en un 72%, 44% y 95% respectivamente entre el 2007 y el 2006. Las procesadoras de alimentos, como Nestlé, señalaban también un aumento de sus ganancias, así como supermercados como Tesco, Carrefour y Wal-Mart. Mientras millones de personas en el mundo no tenían acceso a los alimentos. 

 

    

     Cuando se cuestiona la realidad, se descubre que fenómenos como la pobreza y el hambre no son tan naturales como pretenden decirnos.

 

Mirada Solidaria. es 

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(1) Selva (especial para ARGENPRESS.info)

(2) Esther Vivas es autora “Del campo al plato” (Icaria editorial, 2009). Artículo publicado en Diagonal, nº 115

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    06 Abr 16 12:15

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