Alcohol, drogas y violencia de género

     Desde noviembre de 2009, ella tenía especial interés en comentar el asunto. El Congreso de los Diputados retiró la propuesta, anteriormente aprobada por la Subcomisión del Congreso sobre violencia machista, referida a que el alcohol y las drogas fueran agravantes, en vez de eximentes, en los delitos de maltrato a las mujeres. La iniciativa de dicha retirada corrió a cargo del PP y de CIU y aprobada por todos los grupos parlamentarios, quedando en que al menos el estar bebidos o drogados dejen de ser una atenuante o eximente.

    

     Efectivamente, es frecuente que un inculpado alegue en el juicio que mientras apretaba el cuello de su víctima “no era consciente de lo que estaba haciendo”. También la experiencia demuestra que muchos beben o se drogan para envalentonarse y aumentar su agresividad. Dice Nativel Preciado que la experiencia y las estadísticas marcan una estrecha relación entre el alcohol y la violencia machista. Más de un 40% de dichas agresiones se producen en estado etílico y el 47% de los maltratadores abusa habitualmente del alcohol. Motivos más que suficientes para que su consumo sea considerado agravante. Y al igual que se aplica a los conductores, debería hacerse extensivo a otros delitos. Es difícil entender que a Gabriela Bravo, portavoz del Poder Judicial, le parezca “peligroso” el endurecimiento de estas penas en temas de violencia de género.

    

     Ángeles Caso comentaba: Que yo sepa, nadie en esta vida está obligado a beber o a drogarse. Nunca he entendido por lo tanto por qué el consumo de alcohol o de drogas eran eximentes en la comisión de delitos de género y servían para reducir las penas. Nuestros representantes no han sido capaces de votar a favor de esa recomendación al Gobierno. Supongo que les habrá asustado la opinión de muchos notables juristas que, en cuanto se conoció la noticia, se lanzaron a los medios a criticar la medida: El problema del terrorismo doméstico no se soluciona con más cárcel, sino con educación. De acuerdo. Pero ¿y mientras la educación surta efecto dentro de varias generaciones, qué hacemos? ¿Seguimos dándoles una palmadita en la espalda a los torturadores y asesinos por haberse puesto hasta arriba de lo que sea antes de golpear? ¿Es esta la manera como la sociedad muestra su reprobación a esos canallas?

    

     Otras mujeres lo manifiestan abiertamente: Nosotras también bebemos y tenemos arrebatos, pero no matamos. Si alguien al emborracharse saca su lado más violento, es su responsabilidad mantenerse abstemio y acudir a terapia para tratar de controlar su agresividad. Consideramos que debe reformarse el Código Penal para que el alcohol deje de ser un atenuante cuando se juzga a alguien que ha cometido un crimen. Pero al margen de esta imprevisible revisión del Código Penal, hay otro tema que nos enoja y entristece mucho. Es espantosamente injusto para las víctimas que se debata tanto sobre la cantidad de alcohol que tomó su asesino para tratar de, en cierta manera, exculparlo o justificarlo. También es indignante que pagar 126.853 euros en concepto de reparación disminuya la pena. Está claro que la justicia es diferente para la gente rica y la pobre.

     Comentaban Itziar Ziga, Silvia Fernández y Julia Munarriz, que cuando las mujeres hemos sido históricamente objeto de deseo… parece que no pasaba nada. Cuando somos sujeto de deseo, ya somos putas y, por lo tanto, estamos expuestas a todo. La cultura de la masculinidad violenta, que demasiadas veces sigue imperando en nuestra sociedad, convierte a un hombre en un macho capaz de matar por el simple hecho de que una mujer decida lo que quiere o no hacer con su propio cuerpo. Hay varios ejemplos como el asesinato de Nagore Laffage. Con más o menos alcohol, un hombre no quiso aceptar la negativa de esa mujer y la mató.

    

     En 2004, la Ley Integral contra la Violencia de Género fue la primera que promulgó el nuevo gobierno socialista. Sin embargo, diversos sectores la consideran insuficiente y poco ajustada a las necesidades de las mujeres: establece la denuncia como condición para acreditar la violencia en un contexto en que sólo el 40% de las maltratadas denuncia, y excluye a las inmigrantes sin papeles, así como a las víctimas de agresiones o abusos sexuales, delitos que no entran en la ley. Además, no contempla las agresiones en relaciones esporádicas por concebir la violencia de género como la que infringe un hombre a su compañera durante una relación de pareja.

     Pues, a pesar de ser tan limitada la Ley Integral de Violencia de Género, a pesar de las 55 mujeres asesinadas en España en 2009, a pesar del casi medio millón que cada año son torturadas por el terrorismo machista, no cesan las críticas. ¿A qué viene tanta insistencia en que existen denuncias falsas por parte de las mujeres? ¿Acaso los jueces aceptan a trámite alguna denuncia sobre violencia de género, si no hay indicios firmes de que está justificada? ¿Acaso no está comprobado que el índice de denuncias falsas es totalmente insignificante? ¿Acaso no ha declarado el propio Observatorio del Consejo del Poder Judicial que en este campo se produce menor falsedad que en los demás delitos? Nadie suele discutir sobre el Código Penal o sobre la Ley Antiterrorista. En cambio, las proclamas  contra la legislación que protege a las mujeres maltratadas son incesantes. ¿A qué responde de verdad este debate?, se pregunta Ángeles Caso. 

     ¿A qué viene tanta resistencia a la hora de legislar contra la violencia de género? ¿Por qué se habla de ideología de género en sentido peyorativo? ¿Acaso los análisis de género constituyen  una visión falsa de la realidad que trata de imponerse y oprime? Dice Carmen Magallón que el avance más reseñable frente a la violencia machista fue hacerla visible, convertir en público un problema que hasta entonces, hasta hace bien poco, era considerado privado. Este primer paso fue un logro del movimiento feminista, en cuyo seno crecieron, además de la acción reivindicativa, instrumentos de análisis crítico de la realidad, teorías y conceptos, que como el de género, permitían explicar y hacer frente a la desigualdad entre los sexos. La variable género es interactiva, explica las relaciones de poder que se establecen entre hombres y mujeres, pero no lleva a condenar a los hombres por el hecho de serlo. Condena el estereotipo de hombre dominador, pero no instaura ninguna lucha de sexos. Hombres y mujeres somos beneficiarios de un análisis que rompe con la postura biologista-esencialista desde la que las atribuciones psicosociales y los roles asignados a cada sexo son inamovibles. En este marco, es posible otra socialización, educar en la igualdad y en la libertad frente a los estereotipos.

    

     El 15 de noviembre se retiraba en el Congreso la propuesta del agravante del alcohol y drogas mencionada en el primer párrafo de este comentario. A los pocos días, aparecía la Ministra de Igualdad, Bibiana Aído, haciendo propaganda de las ‘muchas medidas’ que este Gobierno ha tomado a favor de la mujer. Poco menos que vendió como un éxito que, a esas fechas, sólo hubieran asesinado a 49 mujeres (14 menos que el año 2008) y terminó con sus habituales proclamas y promesas. Un pebetero con llama encendida en recuerdo de las mujeres asesinadas presidió la ceremonia homenaje a las víctimas en el Instituto de la Mujer, en coincidencia con la celebración del Día Internacional de la ONU para la Eliminación de la Violencia sobre la Mujer.

    

     Tal vez los políticos deberían preocuparse aún más, viendo que la mitad de las víctimas tenían menos de 30 años. ¿Será porque el machismo está muy enraizado y cultivado desde la más tierna infancia?

Tal vez deberían preocuparse porque sólo el 28% de las asesinadas habían denunciado y sólo el 22% obtuvo medidas de protección. ¿No es realmente preocupante los criterios de jueces y policías en muchos casos para conceder protección? ¿No son preocupantes las dos sentencias del Tribunal Supremo, dictadas en este mismo mes de febrero?: En una el Supremo rebaja en cuatro años la pena de 18 años y seis meses de prisión impuesta a dos hombres que abordaron a una joven, la obligaron a subirse a un turismo y la llevaron hasta un descampado, donde la violaron en repetidas ocasiones (Según el Supremo se rebaja la pena por falta de lesiones, ya que  “no exceden de las naturales secuelas que conllevan esas conductas criminales”). En la otra sentencia, el Supremo rebaja  en 5 años la condena de 21 y 10 meses a un hombre, con orden de alejamiento, que intentó matar a su esposa, de madrugada entró en la casa, fue al dormitorio, la golpeó y retorció el cuello; la mujer salvó la vida gracias a que se despertaron sus dos hijos de 13 y 15 años, pero quedó tetrapléjica (El Tribunal no aprecia alevosía ni considera probado que atacara a su mujer por sorpresa).

Tal vez deberían preocuparse los políticos porque el 32% de las mujeres asesinadas eran extranjeras, es decir, las más indefensas.

Tal vez deberían reflexionar también los medios de comunicación, que frecuentemente atribuyen los asesinatos y agresiones a los celos, o a la pasión amorosa, cuando la realidad es que más del 90% de los casos de asesinatos se producen porque la mujer ha decidido ejercer su libertad de separarse. Lo que viene a significar que algunos hombres tienen a las mujeres como seres de su propiedad, sin derecho a ejercer su voluntad como personas.

Nos pueden vender humo, si quieren, pero en el fondo subyacen patrones ‘culturales’ exacerbados en una sociedad que, bajo la apariencia de civilizada, ejerce la violencia sistemática contra la mujer.

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