Tras el cazador de historias

Dice que él se entusiasma con las huellas del maestro Galeano, y cuando lo lee su memoria baila y los recuerdos brotan a borbotones. También a él le gustaría ser ‘cazador de historias’.

También él aconsejó a su hijo, o al menos quiso hacerlo: ¡Márchate, hijo! ¿De qué serviría la flecha si no escapara del arco?

También él piensa en gente errante: Que si fueran pájaros, viajarían libres, sin pasaporte y sin papeles de migración. Y elegirían el rumbo que quisieran y a la hora que quisieran, sin tener que pedir permiso a los despiadados gobernantes que se creen dueños del mundo y sin tener que sufrir sus castigos, o el escarnio y la muerte durante la travesía.

También él se ríe del avanzado, desarrollado y culto mundo moderno. Como el pasaje que el maestro uruguayo tituló con dulce ironía “Costumbres bárbaras”:

Los conquistadores británicos quedaron bizcos de asombro.
Ellos venían de una civilizada nación donde las mujeres eran propiedad de sus maridos y les debían obediencia, como la Biblia mandaba, pero en América encontraron un mundo al revés.
Las indias iroquesas y otras aborígenes resultaban sospechosas de libertinaje. Sus maridos ni siquiera tenían el derecho de castigar a las mujeres que les pertenecían. Ellas tenían opiniones propias y bienes propios, derecho al divorcio y derecho de voto en las decisiones de la comunidad.
Los blancos invasores ya no podían dormir en paz: las costumbres de las salvajes paganas podían contagiar a sus mujeres.

También él se burla de las mamarrachadas de los prepotentes occidentales. Como en aquella historia (‘Peligro’) donde cuenta que el chocolate, antigua bebida de los indios de México, generaba desconfianza, y hasta pánico, entre los extranjeros venidos de Europa… Hasta se sospechó que inducía al pecado, y el obispo Bernardo de Salazar excomulgó a las damas que habían bebido chocolate en plena misa. Pero ellas no dejaron el vicio.

También él está harto de la dictadura universal del mercado y sus órdenes contradictorias: “Hay que apretarse el cinturón”. “Hay que bajarse los pantalones”.

Mirada Solidaria.es

 

 

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