Bocanadas / 7

Cada quince minutos, los delfines necesitan emerger buscando aliento.  Los seres humanos también lo necesitamos…

Y el maestro Galeano siempre fue un buen alentador.

Accidente de tránsito

HASTA BIEN ENTRADO el siglo XX, los camellos se ocupaban del transporte de gentes y cosas en la isla de Lanzarote.

La estación, el Echadero de los Camellos, estaba en pleno centro del puerto de Arrecife. Leandro Perdomo pasaba siempre por allí, en su infancia, camino de la escuela. Veía muchos camellos, echados o de pie. Una mañana contó cuarenta, pero él no era bueno en matemática. De algo está seguro Leandro:

-En aquellos años, nadie tenía prisa.

La isla flotaba fuera del tiempo, mundo antes del mundo, y la gente tenía tiempo para perder el tiempo.

Los camellos iban y venían, a paso lento, a través de las inmensidades del desierto de lava negra. No tenían horario, ni hora de salida ni hora de llegada, pero salían y llegaban. Y nunca hubo accidentes. Nunca, hasta que un camello sufrió un súbito ataque de nervios y arrojó por los aires a su pasajera. La infortunada se partió la cabeza contra una piedra.

Ese camello se enloqueció cuando se le cruzó en el camino una rara cosa que tosía y echaba humo, pero no era volcán, y corría pero no tenía patas.

El primer automóvil había llegado a la isla.

El zapato

En 1919, la revolucionaria Rosa Luxemburgo fue asesinada en Berlín.

Los asesinos la rompieron a golpes de fusil y la arrojaron a las aguas de un canal.

En el camino, ella perdió un zapato.

Alguna mano recogió ese zapato, tirado en el barro.

Rosa quería un mundo donde la justicia no fuera sacrificada en nombre de la libertad, ni la libertad fuera sacrificada en nombre de la justicia.

Cada día, alguna mano recoge esa bandera.

Tirada en el barro, como el zapato.

La ninfa Eco

En otros tiempos, la ninfa Eco había sabido decir. Y con tanta gracia decía, que sus palabras parecían no usadas, jamás dichas antes por boca ninguna.
Pero la diosa Hera, la esposa legal de Zeus, la maldijo en uno de sus frecuentes ataques de celos. Y Eco sufrió el peor de los castigos: fue despojada de voz propia.
Desde entonces, incapaz de decir, sólo puede repetir.
La costumbre ha convertido esta maldición en alta virtud.

Mirada Solidaria.es

(Selección de textos y fragmentos de E .Galeano)

 

 

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