Comenta Marcelo Colussi que las migraciones humanas son un fenómeno tan viejo como la Humanidad misma. El ser humano apareció en el centro de África y desde allí migró por toda la faz del globo. Es el único ser viviente que ha migrado y se ha adaptado a todos los rincones del mundo.

Las migraciones han funcionado generalmente como un elemento dinamizador del desarrollo social. Es en estos tiempos, y desde hace varios años con una intensidad creciente, que se plantean como un “problema”.

 

     Las migraciones forzosas se han debido a diversas causas, pero en general puede afirmarse que aparecen ligadas a contingencias naturales: catástrofes, hambrunas, empeoramiento en las condiciones de habitabilidad de una región.

El fenómeno ha adquirido una dimensión masiva por razones de orden puramente social: guerras, discriminaciones, persecuciones, pero más aún: pobreza.

 

     Nunca antes como ahora tanta gente huye de situaciones adversas. Paradójicamente, nunca antes había habido tantas situaciones adversas. La riqueza y el bienestar crecen a pasos agigantados para muchos, pero para muchísimos otros también crece –en forma inversamente proporcional– su marginación, su falta de posibilidades, su precariedad.

 

     La era industrial provocó las oleadas de migración voluntaria más grandes que hasta entonces se habían producido. La búsqueda de la prosperidad que empezó a ofrecer el capitalismo en su proceso de crecimiento movió enormes contingentes de población rápidamente. Países enteros comenzaron a nutrirse de los inmigrantes; algunos construyeron su grandeza sobre esa base. Quizá los Estados Unidos de América son el ejemplo más elocuente.

Continentes enteros se modificaron merced a esos movimientos de población.

Expandido el industrialismo y la sociedad de alto consumo material por prácticamente todo el orbe, desde la segunda mitad del siglo XX alternativamente fueron apareciendo nuevos focos de prosperidad que atrajeron migrantes: Canadá, Australia, Nueva Zelanda, zonas francas dentro de países, como Manaos en Brasil o Hong Kong en China.

 

     También fue creciendo un problema social: el número de personas reubicadas en las ciudades supera grandemente las posibilidades de asimilación de nuevos habitantes que ellas tienen.

Un proceso de algún modo similar se da en el movimiento Sur-Norte, desde países pobres hacia la metrópoli desarrollada. Las oleadas de tercermundistas indocumentados se muestran imparables, y quizá ésta, más que ningún otro tipo de migración, es la que alarma al statu quo central.

Las cifras globales indican elocuentemente que las migraciones, ya sea por interés, ya sea por necesidad, aumentan; y no sólo en valores absolutos (cada vez hay más población en el mundo), sino en términos relativos, lo cual es un indicador de que algo especial sucede.

 

     La gente huye de la miseria: del área rural a la ciudad, de los países pobres a la prosperidad del Norte, al igual que huye de las guerras, de las persecuciones políticas, de las cacerías humanas, cualquiera sea su naturaleza.

Ahora bien, si el número de huidos aumenta (ya sea en la forma de desplazados, refugiados, exiliados, de habitantes de barrios marginales en las ciudades o de inmigrantes ilegales en las sociedades más ricas) esto está indicando que las condiciones de vida de donde proviene tanta gente expulsan en vez de permitir un armónico desarrollo.

 

     En el hecho migratorio deben considerarse tres elementos: el migrante, el lugar de donde emigra y aquel adonde llega. Cada uno de estos polos tiene su especificidad propia.

Cada tipo de migrante (el latinoamericano que se va “mojado” a Estados Unidos, o el africano que logra llegar a tierra europea en una precaria embarcación, o el sobreviviente de un terremoto que es reubicado por sus autoridades gubernamentales en una nueva región del país, o aquel que alcanza a cruzar la frontera para escapar a un régimen dictatorial sangriento, etc.) tiene una historia personal y colectiva que le hace sobrellevar esa transformación en su vida con mayor o menor suerte.

De hecho, cualquier gran cambio existencial provoca una conmoción subjetiva que cada quien sobrellevará como mejor pueda, no faltando ocasiones en que algunos no podrán procesar todo lo nuevo reaccionando con distintos tipos de descompensaciones (sintomatología psicológica, desadaptación a las nuevas condiciones, duelo perpetuo por lo perdido). Este es un nivel del problema: el problema concreto para cada migrante.

Por otro lado, y siempre funcionando como un problema, se encuentra el medio que fuerza la migración: algo irrumpe o actúa como distorsionador en la vida normal provocando las condiciones para abandonar, temporal o definitivamente, el lugar de origen.

Pueden ser catástrofes naturales, guerras, pobreza, etc., pero para quien lo padece ello tiene en todos los casos el valor de problema insoluble cuya única alternativa es la evitación.

Finalmente, también es un problema el proceso de llegada del migrante a su nuevo destino, no sólo para él (¿cómo se adaptará, cómo soportará la pérdida?) sino para el entorno en el que se reinstala.

A veces el nuevo medio acoge solidariamente, pero muchas otras no, creándose tensiones entre recién llegado y nativo. El proceso de reubicación no deja de ser un enorme problema, y en ocasiones más complejo que los otros.

Lo distintivo de las migraciones actualmente, además de su tamaño, es el hecho de constituirse como problema para todos los factores que hacen parte de ellas en virtud de su desorganización, de su desorden, de la pérdida de su condición constructiva. Hace tiempo que las migraciones dejaron de ser un motor beneficioso para las sociedades. Por el contrario, en un mundo en el que agigantadamente, en vez de resolverse problemas cruciales, se entroniza la tendencia a dividir entre aquellos que “se salvan” y los que “sobran”, las migraciones (como recurso desesperado de muchísimos) son un calvario que, globalmente consideradas, no salvan a nadie sino que empeoran las condiciones de todos.

 

     Migraciones: un problema a resolver

En las actuales migraciones, entre las que destacan por sobre todas aquellas debido a la pobreza, hay varios niveles de problemas.

Quizá sólo el migrante, en tanto escapa de una situación muy desfavorable, se beneficia en parte, sin contar con todos los problemas que le trae aparejado un cambio brusco de vida y el abandono de su lugar. Pero en definitiva, la experiencia lo enseña, la gran mayoría de población movilizada termina integrándose a sus nuevas condiciones más allá de la amargura de la añoranza.

Lo que está claro es que el fenómeno migratorio en su conjunto (quizá nos podríamos atrever a decir que no sólo por lo desorganizado sino también por lo “escandaloso” que ha pasado a ser) está denunciando una falla estructural del sistema social que lo produce.

Las grandes capitales del Tercer Mundo reciben en conjunto diariamente alrededor de 1.000 personas que migran desde el área rural; y otros cuantos miles llegan cada día irregularmente desde el Sur a los países desarrollados. ¿Hay una solución para esto?

 

     La voz de alerta respecto al tema ya se ha dado desde hace algún tiempo en todo el mundo. Quien lo siente fundamentalmente como un problema, y más raudamente ha dado los primeros pasos para reaccionar, es el área de llegada de tanta migración: el Norte desarrollado. Sin duda que las que migran son poblaciones en riesgo, pero para la lógica del poder dominante el riesgo está, ante todo, en su propia casa, que comienza a ser invadida ininterrumpidamente por contingentes siempre en aumento.

Si efectivamente consideramos que las migraciones en condiciones de huida, tal como se van dando constantemente, son un problema (social, humano, ético, económico o como lo queramos considerar), se impone hacer algo al respecto. De hecho hay varias respuestas en curso; de acuerdo al nivel del problema enfocado habría al menos tres posibilidades: a) trabajar con el migrante, b) accionar sobre el punto de donde sale, c) intervenir en el punto de llegada.

Quizá lo más sencillo, pero no por ello lo más efectivo, es actuar en el lugar de llegada de las corrientes migratorias, simplemente cerrando fronteras para impedirlas. Esto, si bien se hace –y con alarma hay que denunciar que es una tendencia creciente en vastos sectores de los países ricos, llegándose a extremos cavernícolas de xenofobia en algunos casos, con alambradas electrificadas y leyes represivas inimaginables– no es una respuesta al problema sino simplemente una forma de sacárselo de encima. Pedir que no lleguen más inmigrantes a un país es, exclusivamente, preservar la situación de ese país despreocupándose del problema de otros.

Otra posibilidad es trabajar directamente con la población migrante, tanto en el proceso de instalación en su nueva morada como en el eventual regreso hacia su lugar de origen.

En general aquí es donde se concentran todos los esfuerzos de las diversas agencias, gobiernos e instituciones varias que se dedican al fenómeno. Ayuda humanitaria para los traslados, acompañamiento, facilidades en los desplazamientos, asesoría y apoyo en los nuevos asentamientos, programas de desarrollo para los reinstalados, son algunas de las variantes más usuales en los servicios prestados a la población migrante.

Todo ello tendiendo a hacer del hecho migratorio algo digno y constructivo, pero sin entrar a cuestionar el por qué del mismo.

La tercera opción, tal vez lo más difícil de encarar, es apuntar a ver por qué se emigra y a solucionar en el sitio expulsor los problemas que fuerzan a abandonar el terruño.

Con esto habría que estar abordando problemáticas tan complejas como la pobreza o la guerra.

Seguramente sea imposible impedir las migraciones (¿quién y cómo eliminará las causas anteriores? Además, ¿por qué prohibirlas?, si en toda la historia de nuestra especie las hubo); pero tal vez pueda ser útil ampliar el debate para profundizar estas temáticas.

Pese a que las organizaciones dedicadas a atender migrantes no tengan, en principio, respuesta efectiva a cuestiones tan complejas, es necesario plantearse seriamente qué nos está diciendo en este momento este fenómeno inusual. ¿Por qué tanta gente huye de su situación cotidiana? ¿Tan mal le va a tanta gente en el mundo? ¿Es tolerable un mundo que integra a algunos y marginaliza a tantos? Las migraciones actuales ¿no nos están hablando de poblaciones “excedentes” en el planeta? ¿Y qué mundo puede ser ese donde haya gente “de sobra”?

Todas estas preguntas, aparentemente alejadas de respuestas prácticas concretas, deben ser el fundamento de nuestras acciones en torno al tema de las migraciones. En definitiva el debate teórico serio –creemos que imperioso– sobre todo esto es lo que mejor puede encaminar las futuras intervenciones.

    

     El problema de las migraciones es, en su justo medio, un problema político, un problema en la forma en que el mundo está organizado. ¿Por qué tendrían que ser problema si eso fue lo que nos permitió expandirnos por todo el globo? Son un problema en las actuales condiciones de civilización, lo cual impone entonces plantearse condiciones nuevas; léase: transformar las actuales.

De momento, las soluciones políticas actuales están siendo escalofriantes. Algunas noticias de enero-2009:

     Francia bate su récord de expulsión de sin papeles. El ministro Hortefeux se jacta de haber superado con creces las 26.000 deportaciones que le exigía Nicolas Sarkozy: “Sí, estoy orgulloso de hacer que se respete la Ley de la República”. Cifró en 45.000 los extranjeros sin visado o permiso de residencia que fueron repelidos a tiempo en las fronteras francesas desde su entrada en funciones. 

     Italia: El Senado aprueba el delito de inmigración clandestina. Según el artículo 19, los extranjeros que entren y residan sin permiso de residencia en nuestro país ya no irán a la cárcel como se había previsto en principio, sino que deberán afrontar una sanción administrativa que irá de 5 a los 10.000 €.

Recordamos que en la redacción inicial preveía “la reclusión de seis meses a cuatro años”. Berlusconi primero frenó la norma, ante las críticas de la Unión Europea, pero luego negó que se hubiera echado atrás.

     España: El ministro español del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, ha dicho, con motivo de la presentación del Balance de la lucha contra la inmigración ilegal, “que casi nadie entra en España sin que le veamos”, y añadió que el Gobierno expulsó a 46.426 extranjeros que intentaron entrar en España de forma ilegal, por lo que ya suman 416.453 expulsiones en los últimos cinco años. Concluyó diciendo que fueron 37.000 los extranjeros interceptados que intentaron entrar en España en 2008 por mar, aeropuertos y carreteras. Los cuerpos de policía destinados a la lucha contra la inmigración ilegal han aumentado en un 53 por ciento y se han reforzado los controles fronterizos. Como es típico del gobierno español terminó endulzando la situación: “los buenos resultados obtenidos se deben también a la cooperación española con los países de origen y a las ayudas al desarrollo”.

El Gobierno plantea limitar la reagrupación de extranjeros y elevar sanciones en la reforma de la Ley de Extranjería

Además, la reforma de la Ley de Extranjería plantea limitar la reagrupación de los ascendientes, ya que sólo podrán venir los mayores de 65 años y si su familiar reside en España desde hace más de cinco años

    

     Una duda: Cuando hablamos de inmigrantes ¿hablamos de seres humanos? ¿Qué son esta gente?

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