Comida y hambre

Lo plantea Roberto Bennati en la Agenda Latinoamericana 2019.

Cada año se crían unos 70.000 millones de animales terrestres en el mundo para la producción de carne y proteínas. No hay estimaciones confiables sobre la cantidad de animales acuáticos criados y pescados. Esta producción se deriva en gran parte de una actividad industrial intensiva confinada en cobertizos: verdaderas “fábricas de animales”, granjas intensivas, donde miles de animales son encerrados para hacerlos más productivos, privándolos de tu etología, hecha de pastos, al aire libre y luz natural.

Las gallinas para huevos: Sin tierra, embutidas en un espacio más pequeño que un folio, sin poder extender sus alas, con luz artificial las 24 horas para romper su ciclo biológico día-noche y poner más huevos. La vida de una gallina es de 11 meses, en lugar de los 4 años habituales, por dejar de ser productiva. La eficiencia industrial prima sobre las necesidades de los animales.

Los pollos de carne: Son desarrollados genéticamente. Mientras una gallina tarda varios meses en alcanzar 3 kg, el pollo de carne alcanza los 4 kg en unos 40 días. Esa velocidad genética tiene su costo: infecciones pulmonares, cojera frecuente, rotura de las piernas y pelvis… que hacen necesario un uso continuo de antibióticos, que pasan a la carne de esta carne. Más del 60% de los antibióticos vendidos en el mundo están destinados a la cría de animales.

Los conejos: Acostumbrados al movimiento, en granjas intensivas viven en pequeñas jaulas del tamaño de su cuerpo y ni siquiera pueden darse la vuelta, sufriendo enfermedades y estrés.

Las vacas para leche: Desde 1960 se cambiaron las clásicas vacas lecheras por las “frisone”, una raza holandesa con enormes ubres. Estos animales, acostumbrados al pastoreo, han sido confinados a los establos y sometido a ordeños mecanizados, en habitaciones con pisos de cerámica, dos veces al día. Dan más de 50 litros por día gracias a la selección genética y una dieta alta en proteínas, que les causa trastornos digestivos y metabólicos. Son sometidas a tratamientos continuos con antibióticos y cortisona y sufren cojeras, dolores e infecciones muy graves en las ubres, que incluso puede causar su muerte.

Al igual que con otros animales, este tipo de producción permite reducir el precio de la carne o la leche, y un consumo cada vez mayor en los países ricos, a costa de infligir dolor a los animales y peligrar la salud humana por la abundancia de antibióticos y cortisonas en la carne.

Las granjas intensivas representan también un desperdicio de recursos naturales: Para un kilo de carne de vacuno se necesitan entre 12 y 16 kg de proteína vegetal. Si estas proteínas se dedicaran a consumo humano, dispondríamos de miles de millones de toneladas de alimentos a disposición de la humanidad y cubriría sus necesidades alimentarias. En una hectárea de tierra que produce 66 kg de proteínas de carne roja, se podrían obtener 1.848 kg de proteína vegetal, alimentando a 30 veces más personas. La actual forma de explotación es irracional y está determinada por la producción y el consumo de carne. El uso de proteínas vegetales para alimentar animales en lugar de personas es una de las principales causas del hambre en el mundo. Más de 925 millones de personas sufren hambre; cada 4 segundos muere una persona por desnutrición y en el 75% de los casos son niños.

La producción intensiva tiene también un fuerte impacto ambiental: la producción de lácteos origina el 4% del CO2, la ganadería mundial contribuye entre un 18% y un 51% a emisiones de CO2 y es responsable del 64% de producción de amoníaco dañino para el cambio climático. Además de la gran contaminación por sus deyecciones, es causa de un consumo de agua insostenible: Se calcula que para producir un kg de carne se necesitan 15.500 litros de agua, lo que puede afectar en 20 años al agua para consumo humano.

Llegados a este punto, aparte del sufrimiento animal y los daños ambientales, se plantea un terrible dilema ante tantas muertes humanas por desnutrición: ¿Carne o hambre?

Naturalmente las multinacionales de la carne defienden sus ganancias, pero los consumidores tenemos el gran poder de decidir qué alimentos ponemos en nuestro plato de cada día.

Mirada Solidaria.es

 

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