La flecha

Más de 65.000 personas presentes y otros 3.500 millones presenciando desde las pantallas de televisión en todo el mundo. Como testigos en la tribuna de prensa 1.907 periodistas, 700 redactores gráficos y 90 unidades enviando la señal televisiva. Y en el césped más de 12.000 atletas ordenados por países.

La ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 fue especialmente aplaudida por la prensa internacional.

A las 22.40 h. se produjo el momento álgido de la ceremonia. Se llegó a considerar la imagen más espectacular de la historia del olimpismo. El baloncestista Juan Antonio San Epifanio hizo el último relevo de la antorcha olímpica y se aproximó al arquero Antonio Rebollo que le esperaba con el arco y una flecha. El último trayecto del fuego olímpico iba a ser aéreo. Desde 86 metros debía lanzar con toda precisión la flecha prendida y encender el pebetero que marcaba el comienzo oficial de la olimpíada.

La multitud contuvo la respiración. Era una situación de todo o nada, sin margen para el error. El estadio en penumbra apenas dejaba ver un tenue reflejo plateado del receptáculo. El arquero prendió la flecha haciendo gala de una sobrecogedora sangre fría. Millones de almas en vilo. Últimos segundos. El tiempo se para. El arquero tensa y lanza. Alea jacta est. La trayectoria de la flecha dibujó un arco casi perfecto y coronó con fuego el pebetero.

El estadio enloqueció con gritos de júbilo, la apoteosis fue total. La concentración de tanto riesgo y tanta responsabilidad justificaba la explosión del éxito. Llovieron los elogios para el arquero Antonio Rebollo.

25 años después, saltó la bomba. Apareció un día Reyes Abades con la célebre flecha en la mano, ahora chamuscada y ligeramente doblada por el impacto. Está considerado como el mejor especialista de efectos especiales cinematográficos en España, con nueve premios Goya en su haber.

Y Reyes Abades hizo la gran revelación: El mejor efecto especial de su vida fue esa flecha olímpica.

¿Cómo…? ¿Es que todo fue un efecto especial, una ilusión? Efectivamente. La flecha jamás entró en el pebetero, porque la ‘magia’, como él dice, consistía en que tenía que pasar de largo. Todo estaba medido al milímetro. Lo fundamental era colocar estratégicamente la cámara donde no se viera el truco y que no existieran otros planos. Era la única cámara encargada de servir el milagro a todo el mundo.

En realidad, el fuego iba a brotar sí o sí, pues el pebetero estaba previamente encendido, aunque a nivel mínimo de gas.

Toda una obra de ingeniería condensada en los 12 segundos que tenía de vida la llama de aquella saeta. Inmediatamente después sería recogida por dos personas fuera del estadio, como habían hecho en los ensayos anteriores, y guardada en una bolsa.

En vano se solicitó ese arco y esa flecha para el Museo Olímpico de Barcelona, pues el contrato dejaba claro que Reyes Abades era su dueño.

Y en vano aparecieron personas dolidas que tildaron el truco de burla, de engaño y de fraude.

Lo cierto es que una simple flecha logró que millones de personas se creyeran lo que veían.

Mirada Solidaria.es

 

(Refer. El misterio de la flecha ‘perdida’que encendió Barcelona 92, CRÓNICA El Mundo, 23/7/2017)

 

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *