Oír o escuchar

Tan sólo es resumen de una conversación surgida de manera espontánea, sin que nadie procurara mayores conclusiones.

Conversaron sobre la diferencia entre oír y escuchar, es decir, entre la mera percepción de ruidos o sonidos y la voluntad o disposición de atender.

Derivó el tema a la diferencia entre las personas que saben escuchar y las que hablan sin parar, interrumpen a los demás y sólo presumen de lo que tienen o de lo que saben, pero no escuchan.

La conversación fue creciendo en interés.

Un precioso relato, titulado ‘la carreta’, ilustró el tema:

Caminaba con mi padre cuando nos detuvimos en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó: 

-Además del cantar de los pájaros, ¿Escuchas algo más? 

Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: 

– Estoy escuchando el ruido de una carreta. 

-Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía. 

Pregunté a mi padre: -¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aun no la vemos?

Entonces mi padre respondió: -Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace.

Pues, eso, cuanto más vacía está, más ruido hace.

Se evocó también un proverbio oriental: “Nadie pone más en evidencia su torpeza y mala crianza, que el que empieza a hablar antes de que su interlocutor haya concluido”.

Apareció en escena la palabra diálogo, que ‘exige una actitud silenciosa de escucha atenta’.

El escritor J. Krishnamurti afirmaba “Escuchar es un acto de silencio”. Es decir, que mientras no callemos nuestro diálogo interno y prestemos atención a nuestro interlocutor, no aprenderemos a escuchar. Solo una actitud de escucha atenta hace fecunda la palabra que podemos dar a nuestro interlocutor.

Al parecer, Galeano contestó algo similar en una entrevista: “Si vos no sabés escuchar no vas a saber hablar, o en todo caso lo que digas no va tener interés para los demás, porque los laberintos de tu propio ombligo pueden ser apasionantes para vos pero para el resto de la humanidad no tienen porqué ser un tema que interese demasiado. Entonces creo que para poder hablar hay que saber escuchar y recibir las voces de fuera”.

Y al final quedó sonando una historia de “Los hijos de los días” titulada Ellos supieron escuchar:

Carlos y Gudrun Lenkersdorf habían nacido y vivido en Alemania.

En el año 1973, estos ilustres profesores llegaron a México. Y entraron al mundo maya, a una comunidad tojolabal, y se presentaron diciendo:

Venimos a aprender.

Los indígenas callaron. Al rato, alguno explicó el silencio:

Es la primera vez que alguien nos dice eso.

Y aprendiendo se quedaron allí, Gudrun y Carlos, durante años de años.

De la lengua maya aprendieron que no hay jerarquía que separe al sujeto del objeto, porque yo bebo el agua que me bebe y soy mirado por todo lo que miro, y aprendieron a saludar así:

Yo soy otro tú.

Tú eres otro yo.

Sabrosa conversación, con ramas de colores diferentes rodeando un mismo mensaje: la sabiduría de la escucha.

Mirada Solidaria.es

(Imagen: Cuadro titulado “SONIDO”. Serie “Música en las nubes” de Dani Tabasco en colaboración con Cristian Blancher)

 

 

 

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