A lo largo del siglo XX, cada genocidio y cada matanza se han justificado con el principio de que “el fin justifica los medios”.  Pero los nobles fines nunca llegaron y, por ende, los medios terminaron por perpetuarse. Los medios se impusieron como fines.

Dice Jorge Majfud que así suele ocurrir con las Causas cuando se transforman en ideologías, o con la Fe cuando se transforma en dogma.

Lógicamente, si se pretende defender la vida con la muerte, el uso de este último recurso hace imposible el logro perseguido.

Este precepto de que “el fin justifica los medios” se encuentra tan vigente hoy como en tiempos de Stalin o de Nerón. Ahora, de una forma más técnica y menos filosófica, se entiende el mismo concepto con la expresión “efectos colaterales”.

 

     En los últimos cincuenta años se han venido realizando intervenciones militares, por parte de las mayores potencias mundiales, con el objetivo de mantener el Orden, la Paz, la Libertad y la Democracia. En cada una de estas intervenciones en defensa de la vida ha habido muertos, por supuesto.

A diferencia de las antiguas guerras, los muertos escasamente son militares y nunca son los promotores de tan arriesgadas empresas. Por regla común, los nuevos muertos son siempre civiles, algún viejo que no pudo correr a tiempo, algún joven sin voz ni voto, alguna mujer embarazada, niños…

 

     ¿Son muertos imprevistos? ¿Acaso puede sorprender que un ataque militar contra una zona poblada de civiles produzca muertos, por muy “inteligentes” que sean sus bombas?

Y si los “daños colaterales” van a ser inevitables ¿cómo aceptarlos éticamente sin cuestionarlos y sin detener la acción que los produce? ¿O es que hay cosas más importantes que la vida humana o, al menos, que cierto tipo de vida humana?

 

     Y aquí está el segundo problema ético. Aceptar que en un bombardeo la muerte de centenares de inocentes, hombres, niños y mujeres, puedan ser definidos como “efectos colaterales” es aceptar que existen vidas humanas de “valor colateral”.

Ahora bien, si existen vidas humanas de valor colateral, ¿por qué se inicia una acción de este tipo en defensa de la vida? ¿Significa esto que existen vidas humanas de “valor capital”?

 

     Ante tan grotesca conclusión, ¿no habremos errado en nuestro razonamiento?

Intentemos verificarlo. Hagamos el experimento y preguntémonos:

¿Qué hubiese ocurrido si por cada cinco niños negros o amarillos destrozados por un “efecto colateral” hubiesen muerto uno o dos niños blancos, con nombres y apellidos,  con un pasado y una cultura común a la de aquellos pilotos que lanzaron las bombas?

¿Qué hubiese ocurrido si por cada inevitable “efecto colateral” hubiesen muerto vecinos nuestros?

¿Qué hubiese ocurrido si para “liberar” a un país lejano hubiésemos tenido que sacrificar cien niños en nuestra propia ciudad, como un inevitable “efecto colateral”?

¿Hubiese sido distinto? Pero cómo, ¿cómo puede ser distinta la muerte de una niña, lejana y desconocida, inocente y de cara sucia, a la muerte de un niño que vive cerca nuestro y habla nuestra misma lengua?

Pero ¿cuál muerte es más horrible? ¿Cuál muerte es más justa y cuál es más injusta? ¿Cuál de los dos inocentes merecía más vivir?

 

     Seguramente casi todo el mundo estará de acuerdo en que ambos inocentes tenían el mismo derecho a la vida. Ni más ni menos. Entonces, ¿por qué unos inocentes muertos son simples “efectos colaterales” y los otros podrían cambiar cualquier plan militar y cualquier resultado electoral?

Si bien parece del todo lícito que, ante una agresión, un país inicie acciones militares de defensa, ¿acaso es igualmente lícito matar a inocentes ajenos en defensa de los inocentes propios, aún bajo la lógica de los “efectos colaterales”?

¿Es lícito, acaso, condenar el asesinato de inocentes propios y promover, al mismo tiempo, una acción que termine con la vida de inocentes ajenos, en nombre de algo mejor y más noble?

Si seguimos preguntando, ¿qué hubiese ocurrido si los gusanos dejaran de comer niños pobres y comenzaran a comer niños ricos?

¿Qué ocurriría si por una negligencia administrativa comenzaran a morir niños de nuestras clases altas?  

 

     La “limpieza ética” debería comenzar por una limpieza semántica: deberíamos tachar el adjetivo “colateral” y subrayar el sustantivo “efecto”.

Los inocentes destrozados por la violencia económica o armada son el más puro y directo EFECTO de la acción, sin más atenuantes. Todo lo demás es discutible.

Nuestro racismo occidental se manifiesta hasta en la guerra. Las víctimas no son iguales, no valen lo mismo. Sus muertos no cuentan, son falsos, son “colaterales”. NUESTROS MUERTOS SON VERDADEROS PORQUE DUELEN.

www.miradasolidaria.es

__________________________________________________________________

Referencia a un artículo de Jorge Majfud, titulado La vida humana como efecto colateral y publicado en Alai-amlatina

Dejar un comentario