Del ensayo de la periodista Anne-Cécile Robert (*), brotan constantes ideas y sentimientos que, en forma de cuestionamientos, enfocan directamente a la conciencia del lector. Su ensayo se convierte en una precisa radiografía del sistema globalizador capitalista. Probablemente aparezcan posteriores comentarios en esta sección sobre el maravilloso trabajo de Anne-Cécile.

    

     ¿Cómo compaginar, por una parte, la Deuda Externa, ese crimen contra la justicia que estrangula países llevándolos a la enfermedad y a la miseria, y, por otra parte, la Ayuda al Desarrollo (AOD), que es el nuevo traje de la arrogancia occidental que inventa las enfermedades y sus remedios, que plantea las preguntas y da las respuestas?

“La mano que recibe la ayuda está siempre por debajo de la que la da”, dice Serge Latouche.

    

     Como otros países empobrecidos, África específicamente jamás tuvo derecho a la palabra, y Occidente, más que en cualquier otro lugar, se encarnizó en acallar a los que pensaban diferente y querían seguir otro camino (guerras coloniales, asesinatos,…).

Occidente se creyó autorizado a utilizar cualquier método para imponer su visión del mundo y para saquear África de sus numerosas riquezas.

“El verdadero punto de vista sobre las cosas es el del oprimido”, sostenía Jean-Paul Sartre.

    

     El desarrollo infinito del Capitalismo está sometiendo a la totalidad de las actividades humanas a la ley del dinero. La salud, la cultura, la protección social, los recursos vitales (agua y aire), incluso el cuerpo humano,…todo es comercializable y comercializado. El planeta y sus habitantes son literalmente saqueados.

Las grandes instituciones: La Organización Mundial del Comercio (OMC), el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el G-8, las reuniones de Davos y la Unión Europea, entre otros, extienden este sistema devastador a la Tierra entera.

Imprevisión, pillaje, destrucción, depredación, guerras, violencias de todo tipo caracterizan el modelo económico que pone en peligro la supervivencia de la humanidad misma.

“Se llega a aberraciones humanas y sociales cuando solo se tienen en cuenta criterios materiales y financieros”, opina René Passet.

    

     La verdadera naturaleza del orden mundial se revela en ese desastre: las personas sólo son un factor de producción y de consumo, los débiles no pueden decir nada, el dinero y el mercado son la medida de todas las cosas.

Los países que disponen de recursos minerales o petroleros (desde Gabón a Angola, pasando por Liberia o la República Democrática del Congo) están en manos de verdaderas castas corruptas aliadas a compañías extranjeras que se preocupan muy poco del desarrollo de los pueblos.

    

     En el fondo, en su arrogancia, en su delirio uniformador, el Occidente capitalista se muestra incapaz de concebir, más allá de las palabras, una verdadera diversidad del mundo, y esta suficiencia no es más que la pantalla de su imperialismo.

Desde el siglo XVIII, en el seno de las Sociedades del Norte, pensadores y amplios movimientos sociales trataron de obstaculizar esa máquina económica y cultural cuyos perjuicios se extendían por todas partes, y pretendieron otro modelo de sociedad y de relaciones internacionales más justo y más igualitario. Esas tentativas, por el momento, han fracasado. A veces reprimidos a sangre y fuego, a veces muriendo de sus propias debilidades conceptuales,…en todo caso, no alcanzaron a tomar cuerpo y su fracaso moldeó el rostro de Occidente y abandonó el planeta al pillaje del capitalismo globalizado.

     

     Toda una visión del mundo está en juego: sólo el respeto y la promoción de una verdadera pluralidad del planeta pueden proteger al ser humano de sí mismo y realizar la aspiración universal a la justicia y a la dignidad.

El desafío reside, por lo tanto, en la necesidad de universalizar verdaderamente el planeta.

La máquina infernal del economicismo, utilitarista y violenta, que reduce todo al estado de mercancía –actual traje de luces del Occidente liberal- lastima el alma de los pueblos.

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