Otro país de las maravillas

Lo cuenta un viejito que vive en España. Cuenta los cuentos que corren en ese país.

Allá vive un Rey alto y guapo que cada año en Navidad se digna felicitar a su población, distanciada en muchos sentidos del palacio real. Un Rey rico que gana al mes unas 28 veces el salario mínimo interprofesional (salario mínimo que ni siquiera cobra un tercio de la población del reino).

Sueña el Rey que vive en “un país nuevo y moderno, un país entre los más avanzados del mundo”.

Pero la  ciudadanía sabe que un país con rey, no es un país moderno. Que un país que se declara aconfesional y la Iglesia católica sigue metida hasta el tuétano de las instituciones del Estado, no es un país moderno. Que un país que gasta más en lotería que en investigación y desarrollo, o el gasto militar es superior al de protección del medioambiente, vivienda y servicios comunitarios, no es un país moderno.

Con tono paternalista dice el Rey que su país es “hoy una democracia madura, donde cualquier ciudadano puede pensar, defender y contrastar, libre y democráticamente, sus opiniones y sus ideas”.

Pero la ciudadanía sabe que con suma facilidad se llevan a los tribunales y hasta la cárcel a artistas, cantantes, cómicos, humoristas,…por expresiones o menciones contra el dictador difunto, o por chistes que hace décadas no se sancionaban debido al derecho de libertad de expresión. Entonces, no es un país tan democrático. Un país donde la corrupción mancha desde la propia familia real hasta al gobierno e instituciones no es un país democrático. Un país que da la espalda a las personas inmigrantes y refugiadas, a las que rechaza, a las que expulsa ilegalmente con devoluciones en caliente, a las que encierra en cárceles aunque no son criminales, no es un país democrático. Un país donde cada año son asesinadas más de 50 mujeres por violencia machista no es un país democrático.

Sumido en la fantasía el Rey aplaude como el Gobierno  que “nuestra economía y el empleo han mejorado sustancialmente”.

Pero los informes dicen que este país es el segundo con más desigualdad de toda Europa y la miseria se ceba con un tercio de la población.

En verdad, el Rey vive en un país de ensueño que le cuesta cada año 8 millones de euros a la población. Mucha gente lo dice: “que viva el Rey, si quiere, en ese país de las maravillas, pero no con nuestro dinero. Y allá podrá festejar con su Gobierno, al que tanto gusta también pasear por ese país de la fantasía”.

De esa manera, el pueblo elevó su deseo a lo más alto, para que su Rey, bastante ciego, distante, paternalista y borbón, junto con su Gobierno corrupto, se queden para siempre en su país maravilloso y al pueblo lo dejen en paz.

La venta del mochuelo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 (Refer. artículo de David Bollero en Público, 25/12/2017)

 

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *