Derechos humanos virtuales

     En diciembre pasado, la Declaración Universal de Derechos Humanos cumplió 60 años. Sesenta años de ‘declaración’ y sesenta años esperando un mundo más humano. Sesenta años proclamando la universalidad de los derechos y sesenta años que los derechos no han sido reconocidos universalmente.

    

     Según el principio de la universalidad de los derechos humanos, cada Estado, en el ejercicio de la soberanía que su pueblo supuestamente le confía, tiene la potestad de adaptar las normas a las peculiaridades políticas, religiosas y culturales de dichos pueblos, pero en ningún caso contradecir abiertamente lo dispuesto en los tratados internacionales sobre derechos humanos.

El derecho de actuar conforme a las propias convicciones culturales o religiosas no debe servir de pretexto, es decir, no deben invocarse e interpretarse los derechos culturales de modo que supongan la violación o denegación de otros derechos humanos. (*)

Difícil de aprender esta lección para los occidentales. Por alguna errónea concepción divina, Occidente considera que tiene la cultura más prestigiosa, la democracia más perfecta, la religión más verdadera,…por lo que Occidente parece disfrutar de un particular derecho añadido: está facultado para imponer sus leyes, costumbres, religiones y políticas al resto del mundo.

 

     La globalización económica también suspendió la asignatura de los derechos humanos y, por ello, los contradice muy frecuentemente: Impone la libertad de circulación de capitales eliminando todas las trabas a dicha circulación; mientras que los países más ricos e industrializados impiden la circulación de las personas pobres, erigiendo auténticos muros y alambradas de la vergüenza (como ellos denominaban antiguamente al muro de Berlín).

Contra el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.  Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país), la Unión Europea aprobó (18.6.2008) la ‘Directiva de la vergüenza’ para el retorno forzoso de inmigrantes, ampliando el plazo de detención hasta 18 meses en centros similares a prisiones y equiparándoles a delincuentes.

 

     La globalización neoliberal, liderada por Estados Unidos y la Unión Europea, bajo la batuta de los bancos, empresas transnacionales e instituciones internacionales, ha retirado la categoría de derecho humano a los derechos económicos, sociales y culturales (llamados de segunda generación) y también a los de tercera generación (derecho a la paz, al desarrollo, al medio ambiente, al patrimonio común de la humanidad y a la asistencia humanitaria).  Para estos derechos marginados sólo aplican gestos ‘caritativos’.

Los países dominantes han decretado que sólo tienen licencia para circular los derechos individuales, civiles y políticos (principalmente, los derechos de propiedad y mercantiles).

¿Con qué autoridad se establece semejante jerarquía entre los derechos humanos,  teóricamente indivisibles e interdependientes?  ¿De dónde le vino ese poder divino a Occidente?

 

     Estamos en la era virtual. Los derechos humanos también son virtuales, no reales. Decía Durkheim, trate usted de ejercer la libertad y será reprimido. De igual manera, demande usted la práctica universal de los derechos humanos y terminará, en el mejor de los casos, acusado de alterar el ‘orden’ o considerado un ser ‘antisistema’ con las consecuencias pertinentes.

En este mundo ultramoderno, solamente unos derechos virtuales pueden ser compatibles con el aumento del hambre, de los precios de los alimentos y de mil millones de personas muriendo por ello. Millones de personas a quienes se les niega, no virtual sino realmente, la posibilidad a la subsistencia. Casi la mitad de la población mundial (3.000 millones de personas) vive por debajo del umbral de la pobreza.

 

     La caprichosa historia de la Declaración de  los derechos humanos ha querido coincidir (¿también simbolizarse?) con la historia de Israel y sus relaciones con Líbano y Palestina: sesenta años.

 

     El mundo virtual tiene de bueno eso: Todo se puede afirmar, todo se puede prometer, todo se puede encubrir,…virtualmente. Los gobernantes celebran Cumbres, los poderes económicos reuniones (Davos, G-8, G-20), los políticos hacen discursos, el Vaticano y sus jerarcas sermonean con dobles morales,…pero las cumbres-discursos-sermones no salvan a la población más pobre, que muere más deprisa. Cada día mueren 50.000 personas por causas que se pueden prevenir.

La retórica que no se convierte en práctica, ¿no es también violencia?

 

     Los escandalosos datos sociales (sobre el hambre, esclavitud, insalubridad, mortandad infantil, desigualdad,…), reconocidos oficialmente por la ONU, no permiten leer en paz el articulado de la Declaración Universal de Derechos Humanos, empezado por su artículo 3 (“todo individuo tiene derecho a la vida”).

Grandes transnacionales se apoderaron de los derechos que tenían las personas, como dice Galeano. Los derechos se convirtieron entonces en virtuales, perdiendo su realidad y su universalidad.

¿Será que, de verdad, todos los seres somos iguales en dignidad? ¿Será que los derechos humanos también tienen límites, porque no hay derechos sin obligaciones? ¿Será que son las personas y su dignidad y sus derechos, los que ponen en entredicho a las instituciones, a las leyes, a los gobernantes, a las religiones?…

Sumido en sus interrogantes,… le vino a la cabeza aquel poema de Bertolt Brecht:

No aceptes lo habitual como cosa natural.

Porque en tiempos de desorden,

de confusión organizada,

de humanidad deshumanizada,

nada debe parecer natural.

Nada debe parecer imposible de cambiar.

 

El mochuelo

(febrero-2009)
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(*) Refer. a Guillermo García (Sobre la universalidad de los derechos Humanos). Diagonal. Feb.2009

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