La ‘mundialización’ se resume en la extensión de un modelo económico –el capitalismo occidental- a todo el planeta.

La globalización económica se basa en una serie de creencias, por definición no verificadas, promovidas por las potencias del Norte en detrimento de sus propios pueblos desorientados por la crisis, e inoculadas a los pueblos víctimas del Sur y a sus élites. Pero ocultan que en esta cacareada nave no todos reman, ni todos están del mismo lado del látigo.

 

     La creencia en las virtudes del librecambio constituye uno de los elementos maestros de este decorado ideológico.

Precisamente, según el principio del librecambio, el desarrollo del comercio mundial debería favorecer el crecimiento universal imponiendo un ritmo sostenido a la producción. Por lo tanto, hay que ‘liberar’ los intercambios suprimiendo los derechos de aduana y todas las medidas públicas que limiten o controlen el acceso al mercado internacional y a los mercados nacionales.

El proteccionismo queda proscrito y los gobiernos deben abstenerse de intervenir con el fin de proteger tal o cual sector de la economía local.

La teoría económica postula que la apertura de los mercados provocará la sana emulación de las economías, y la especialización de cada una de ellas les permitirá intervenir con éxito en los intercambios mundiales.

 

     Los organismos internacionales y las grandes potencias predican el librecambio y lo imponen a los países del Sur mediante acuerdos internacionales (negociaciones en el marco de la OMC, PAE, acuerdos de Cotonou). En fin, la producción de estos países tiene que orientarse a la exportación para los mercados mundiales y los mercados locales deben abrirse a las importaciones de artículos provenientes sobre todo de otros Continentes.

 

     Sin embargo, el librecambismo así presentado es una mera ficción. Las diferencias de situación entre los países son demasiados grandes para que el sistema pueda funcionar. ¿Cómo van a rivalizar economías emergentes de países del Sur con antiguas economías industriales y comerciales del Norte?

Por otra parte, después de la II Guerra Mundial, los países occidentales recurrieron al proteccionismo (los productores agrícolas estadounidenses son los más subvencionados del mundo).

Históricamente, el librecambio ha sido siempre un arma empleada por los más fuertes para imponer a los más débiles la apertura de sus mercados. Pero las subvenciones y medidas de ayuda pública y el control de sus mercados están prohibidos para los países del Sur.

 

     En las condiciones actuales, y teniendo en cuenta las desigualdades en potencial económico y tecnológico, el librecambio no es más que una coartada de la dominación de las firmas multinacionales. Estas empresas pueden de este modo invadir los nuevos mercados y apoderarse de las riquezas naturales de los países del Sur. El librecambio está relacionado con una ideología que enmascara una relación de fuerza que beneficia a los países ricos.

Las cifras hablan por sí mismas: Según el Informe Mundial sobre Desarrollo Humano (2002), los más ricos del planeta representan el 86% del producto interior bruto (PIB) mundial, detentan el 82% de los mercados de exportación, el 86% de las inversiones directas en el extranjero (IDE) y el 74% de las líneas telefónicas del mundo.

Resumen Nikonoff: “el comercio internacional debe tener las mismas reglas que el judo: no se organiza una competición entre un peso pesado y un peso pluma”.

 

     La perversidad del librecambio se traduce en que los países empobrecidos tienen la obligación de orientar toda la producción hacia la exportación, mientras que no pueden satisfacer sus necesidades internas. Obligados a producir para exportar, aunque mueran de hambre. Se especializan en monocultivos para la exportación, pero eso no les permite competir con los países del Norte. La especialización se convierte en una trampa que acrecienta la vulnerabilidad de las economías emergentes, que se han vuelto más dependientes de los mercados mundiales en los que ven desplomarse los precios de sus productos y de la ayuda exterior.

 

     Y a ciertos niveles, esta ideología también produce víctimas dentro de los propios países industrializados: la guerra comercial y la competencia generalizada destruyen bloques enteros de las economías locales, provocan la fuga de capitales y las deslocalizaciones industriales. En esta espiral decreciente, gana el que se va primero. El empleo, la protección social, la calidad de vida (alimentación, agua, aire, etc) se degradan por doquier.

¿No es necesario urgentemente que se pase de un sistema de competencias a un sistema de cooperación, en el que cada uno pueda determinar sus prioridades y proteger su economía en función de las necesidades de su población?

 

     En nombre de la lucha contra la pobreza, se mata a los pobres.

Los prestamistas internacionales y los países donantes proclaman que la lucha contra la pobreza es el objetivo central de su política con los países del Sur. Pero, tras esas palabras, hay una actitud de legitimar el orden mundial actual y facilitar su funcionamiento.

Las campañas publicitadas de enfrentarse oficialmente a la miseria no eliminan sus causas, porque no cuestionan la lógica de un sistema que genera pobreza. La dominación resulta perversa cuando se reviste de buenos sentimientos.

        Emmanuel Ndione: “En los foros internacionales, la referencia al desarrollo ha cedido su lugar a la lucha contra la pobreza. Lo que no era más que un síntoma de subdesarrollo es ahora su causa exclusiva. Esta actitud evita interrogarse sobre las reglas de un sistema que produce crecientes desigualdades y finalmente la pobreza”.   

 

     Y ahí tenemos a los prestamistas y Organizaciones mundiales haciendo entrar en el juego a las ONG para mantener la mascarada. El objetivo consiste en normalizar los comportamientos en la conservación de un sistema que se alimenta de las desigualdades y en el que implícitamente los pobres ya no son mas que simples variables del ajuste económico.

Bajo la apariencia de solidaridad, el discurso contra la pobreza apunta no sólo a mantener una lógica de asistencia, sino también a consolidar el sistema capitalista de dominación.

 

     La corrupción es citada a menudo por los observadores y los prestamistas como una de las causas del subdesarrollo. El Banco Mundial ‘considera que la corrupción es el mayor obstáculo para el desarrollo económico y social’.

Presentada con frecuencia como un fenómeno propio de países del Sur, la corrupción ha servido para justificar sanciones (por ejemplo, suspensión de la ayuda a Costa de Marfil en 1999). Y ha provocado un aumento de los controles sobre la actividad pública por parte de los prestamistas.

El análisis de este fenómeno y sus consecuencias es muy tendencioso. Atribuye una vez más el papel del bueno a Occidente, evitando afrontar la naturaleza profundamente corruptora del sistema globalizado.

Mientras el G-8, por ejemplo en su Cumbre de 2003, se refería a la corrupción, poniendo el acento sobre todo en la responsabilidad de los países del Sur, no hacía ninguna mención a los paraísos fiscales.

¿Cuántos ejemplos y escándalos de corrupción podrían enumerarse referidos a gobiernos occidentales y a sus empresas multinacionales, petroleras, financieras, constructoras,…?

 

     Otro de los criterios  utilizados por los Organismos Internacionales occidentales (BM, FMI, Unión Europea) es el respeto global de los derechos humanos. Incluso han previsto un procedimiento de sanción: la suspensión de la ayuda.

Otra vez los prestamistas se excluyen a sí mismos de toda crítica al respecto. ¿No existen evidentes ejemplos de cómo gobiernos occidentales han mantenido a gobiernos autoritarios y corruptos? ¿Acaso la globalización capitalista es un proyecto democrático y no, mas bien, un proyecto de expansión económica y, en la práctica, de dominación?

 

     La globalización neoliberal constituye un vuelco radical de los valores. Coloca en la cima de la jerarquía de las normas la reducción de los gastos públicos y el principio de la competencia; erige como valor supremo el culto al dinero y la protección de los dividendos de los accionistas.

La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (2000) establece en su preámbulo el principio de la competencia, pero reduce a un papel secundario los derechos a la salud y a la educación. Igualmente sucede con el Tratado de Maastricht.

El factor humano paga el precio mientras triunfa el reino del dinero. La globalización neoliberal ha embarcado a la humanidad en la nave del dinero.

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Referencias al libro “África en auxilio de Occidente” de Anne-Cécile Robert, Colección Icaria-Antrazyt, Cáritas Española Editores

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