No creo en el coco

Cuenta que a él también le asustaron de pequeño con el coco (el cuco), con el hombre del saco y hasta con el lobo. Muchos días miraba debajo de su cama antes de acostarse.

Fue un arma sicológica para infundir miedo en los niños y así obligarles a cumplir determinadas rutinas dictadas por los adultos. Miedos que fomentaban sumisión, baja autoestima, desconfianza e incorrecto autoconocimiento.

 Institucionalizar e inocular miedo a la población es una de las herramientas más utilizadas por el poder. El miedo forma parte del relato político, para controlar el desborde social y evitar todo tipo de rebelión o revolución.

La Iglesia católica ha utilizado la condena eterna (la amenaza del infierno resultó más eficaz que la promesa del Cielo) y el temor a la ira de Dios, como técnica de control, sumisión y resignación de sus creyentes.

Con miedo se engrasan todas las campañas electorales. Decía aquella campaña de 1986 para la permanencia de España en la OTAN: «Fuera de la OTAN, España no tiene futuro” , «Renunciar a la OTAN conlleva la muerte política de la joven democracia». Felipe González amenazó con renunciar si ganaba el no. La disyuntiva era la OTAN o el caos. Y claro, ganó el sí. Los miedos se construyen y se administran al igual que los mitos políticos.

Las Instituciones de poder se alimentan de miedo. Los Organismos económicos (Banco Mundial, G-20,…) amenazan con crisis, bancarrotas y recortes. Las grandes Potencias atemorizan con guerras nucleares. Los potentes medios de comunicación ensanchan sus espacios de violencia y de catástrofes para augurar peligros…

Karma institucional: Seguir a ciegas los dictámenes del Sistema establecido supone equilibrio, sensatez, realismo y seriedad. No hacerlo significa desorden, extremismo, inestabilidad, confusión, inseguridad, sinsentido, disparate, sinrazón, perdición, caos. ¡Uy qué miedo!

Cambian los tiempos y cambian los diablos. Todo vale si genera miedo.

Un diablo de moda es el populismo, todos los gobiernos son populistas pero acusan a sus adversarios de populismo. Sólo la democracia liberal merece llamarse democracia, el resto es ‘populismo’, como si el neoliberalismo no fuese la mayor amenaza que corroe la democracia.

Otro diablo es Venezuela (con sus golosas reservas de petróleo, las mayores en el mundo), como en otro tiempo el diablo fue Cuba, o el comunismo ruso. ¡Se eligió Venezuela como ‘paja en el ojo ajeno’! Ahora nadie hay peor que el venezolano Maduro, ni el peligroso imperialista Trump, ni el tirano turco Erdogan, ni el temido coreano Kim Jong-un,  ni el invasor israelí Netanyahu, ni el genocida sudanés Omar al-Bashir, ni los dictadores como el guineano Obiang y el ugandés Kagame, ni el golpista egipcio Abdelfatah al Sisi, ni los déspostas monarcas absolutistas Abdulaziz de Arabia Saudí y  sus vecinos, ni muchos otros criminales… Hoy el diablo es venezolano, es débil y flota en petróleo.

Tal vez el mayor demonio es el terrorismo. Quienes fueron sus promotores occidentales ahora lo declaran el enemigo número uno. Todo está justificado para combatirlo: la violación de derechos humanos, los recortes de libertades, las torturas y ‘Guantánamos’, las invasiones de países y bombardeos colectivos, el armamentismo,…

También se crean diablos caseros: los inmigrantes y refugiados que pueden robarnos nuestro  empleo y bienestar; la gente radical descontenta con el Orden Establecido entre ricos y pobres, extremistas subversivos que protestan contra la desigualdad y la corrupción, manifestantes antisistema gritando contra los recortes y el paro, alborotadores inconformes con la situación actual que ‘rompen la paz’ (el ministro alemán Heiko Maas comparó a los manifestantes contra la reciente cumbre del G20 con “terroristas islamistas”)

Habitamos un mundo gobernado por el miedo, el miedo manda. El poder necesita generar miedo para perpetuarse. Un miedo manipulador y paralizante. Quiere ciudadanos dóciles, sumisos, tranquilos, que prefieran ceder derechos a cambio de ‘seguridad’.

El miedo mutila la esperanza, oscurece la voluntad, anula la razón, nubla el pensamiento, incapacita para la acción, genera resignación y anula la rebeldía. Es el responsable de que hagamos lo contrario a lo que nos dicta la conciencia.

– Está claro que el miedo mutila, nos dijo, pero yo ya no creo en el coco.

 

El mochuelo

(julio-2017)

 

(Refer. Francisco Blanco, «La fuerza del miedo», 20/12/2012)

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *