Bocanadas /3

Cada quince minutos, los delfines necesitan emerger buscando aliento. 

Los seres humanos también…

Llorar

Fue en la selva, en la amazonía ecuatoriana.
Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda.
Lloraban sentados, a la orilla de su agonía.
Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:
– ¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?
Y contestaron los que lloraban:
– Para que sepa que la queremos mucho.

El hambre

Un sistema de desvínculo: El buey solo bien se lame.

El prójimo no es tu hermano, ni tu amante. El prójimo es un competidor, un enemigo, un obstáculo a saltar o una cosa para usar.

El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.

Divorcios

Un sistema de desvínculos: para que los callados no se hagan preguntones, para que los opinados no se vuelvan opinadores. Para que no se junten los solos, ni junte el alma sus pedazos.

El sistema divorcia la emoción y el pensamiento como divorcia el sexo y el amor, la vida íntima y la vida pública, el pasado y el presente. Si el pasado no tiene nada que decir al presente, la historia puede quedarse dormida, sin molestar, en el ropero donde el sistema guarda sus viejos disfraces.

El sistema nos vacía la memoria, o nos llena la memoria de basura, y así nos enseña a repetir la historia en lugar de hacerla. Las tragedias se repiten como farsas, anunciaba la célebre profecía. Pero entre nosotros, es peor: las tragedias se repiten como tragedias.

El mundo

Un  hombre del pueblo Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

El mundo es eso –reveló-, un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos  iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores.

Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.

Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

El nombre

Cuando alguien muere, cuando su tiempo acaba, ¿mueren también los andares, los deseares y los decires que se han llamado con su nombre en la tierra?

Entre los indios del alto Orinoco, quien muere pierde su nombre. Ellos comen sus cenizas, mezcladas con sopa de plátano o vino de maíz, y después de esa ceremonia ya nadie nombra nunca más al muerto que en otros cuerpos, con otros nombres, anda, desea y dice.

 

El mochuelo

(junio-2017)

 

(Selección de textos y fragmentos de Eduardo Galeano)

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