Todos los días se vive, todos los días se muere,… Bueno, unas personas vivimos, otras apenas sobreviven.

Todos los días hay guerras, hay atentados, hay hambre, aunque sólo sintamos las desgracias más cercanas.

La distancia es un espejo: Cualquier atentado o desastre ocurrido en una potencia occidental produce en los medios un eco inmenso que pasa a ser tema central y de conversación general.

Lo mismo, multiplicado, se produce diariamente en otros muchos países y pasa en silencio…

 

“Según el diccionario, hambruna es hambre grande o extrema. En los libros de sociología se habla mucho de pobreza, pero no sale la palabra ‘hambruna’. Tampoco suele salir la palabra ‘maldad’. Y hambruna y maldad son hechos que no dejan de estar relacionados.

La hambruna sacude hoy muchos países de África y algunos de Asia. 800 millones de personas la padecen, según la ONU.

En esos países hambrientos, me explicó un día la socióloga Saskia Sassen, naciones ricas y grandes corporaciones han comprado millones de hectáreas de tierra, cambiando su flora y su fauna, y expropiado y expulsado a sus agricultores.

Un problema que nos queda lejos, aunque no por ello hay que dejar de reflexionar”José Martí Gómez

 

Fue una tertulia muy aleccionadora. Son temas que no aparecen en los discursos de los políticos, ni en los contenidos de los periódicos.

Según la ONU, más de 20 millones de personas podrían enfrentarse a la mayor hambruna desde la Segunda Guerra Mundial en Nigeria, Somalia, Yemen y Sudán del Sur.

Esos países están sufriendo un ‘terremoto’ que se ha generado tras muchos años de conflictos y con una Comunidad Internacional muy distraída con otros frentes.

Esta situación es una consecuencia que tiene raíces políticas. No hablamos de falta de alimentos, sino de acaparamiento de alimentos, de falta de distribución. Para colmo, los conflictos obligan a abandonar las cosechas y a huir las personas.

Son guerras que tienen que ver mucho con nosotros, los occidentales, que han sido dictadas por nuestros países siguiendo intereses económicos, comerciales o geoestratégicos.

No hablemos, pues, de ‘crisis humanitarias’, hablemos mejor de ‘crisis políticas’. El hambre se está utilizando también como arma de guerra. La hambruna, pues, no es una fatalidad, no es un accidente, sino una consecuencia de la inacción política, la inacción de un sistema internacional que sigue sin tener respuestas.

 

Un niño muere cada diez minutos en Yemen por una enfermedad que se puede prevenir.

La mitad de la población del país más joven del mundo, Sudán del Sur, sufre hambruna.

Dos millones de personas han tenido que dejar sus casas en Nigeria huyendo de la violencia.

En Somalia, donde hace solo 6 años murieron víctimas del hambre 260.000 personas, más de seis millones necesitan hoy ayuda urgente.

Naciones Unidas lanzó la voz de alarma hace meses. Pidió 4.000 millones de dólares, pero no se consiguió ni una cuarta parte.

Todos los días siguen muriendo hombres, mujeres y niños de hambre. El silencio informativo es desolador.

 

Matar es muy fácil, cuando hay voluntad de hacerlo. También matar de hambre. Se actúa tarde y de manera selectiva. Se está capsulando el problema. Visionamos las guerras como desgracias humanas, y no como acciones y decisiones políticas. Obviamos la presencia occidental sin normas en esos conflictos. Somos corresponsables, colaboramos, apoyamos y comerciamos con gobiernos tiranos. Sudán gasta más dinero comprando armas a occidente, que en alimentos.

Con razón hay voluntarios de ONG que prefieren ayudar en casos de desastres naturales, antes que actuar en zonas de guerras de los hombres.

Y ahí siguen muriendo de hambre, pero el tema sigue sin entrar en la agenda informativa, y, por tanto, no se presiona a los gobiernos, y, consiguientemente, no hay respuestas ni soluciones. Mandan otros intereses y ganancias oscuras.

 

Mirada Solidaria.es

 

Refer. Tertulia en programa “A vivir…”, Cadena Ser (07/05/2017)

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  1. Oxuan
    29 May 17 19:50

    A los Mas Media (seguro que mal escrito) no les interesa hablar de todo eso, porque no les interesa a sus dueños.
    Por eso tú, “Canta compañero canta, que aquí hay mucho que cantar…”
    En nosotros está el poder de decidir, al menos, a que altavoces les queremos arrimar la oreja.

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