Parábola

     Son las 19.30 del día 11 de marzo 2009. Miles de gorriones vuelven a dormir, como cada noche, en los diez árboles frondosos de la Plaza.

De pronto, el cielo de la plaza se confunde con gorriones confundidos. Desconcertados, vuelan sin cesar, en medio de un tremendo bullicio. Un espectáculo impresionante.

Los diez grandes árboles habían perdido de repente absolutamente todas sus ramas. Un grupo de podadores, armados de motosierras y grúas, había hecho su trabajo durante la mañana del 11 de marzo.

Por la ventana se escuchaban las voces de unos niños cantando “cumpleaños feliz”. Sonaba la campana de la cercana Iglesia de María Auxiliadora, ajena (¿como de costumbre?) a todo cuanto ocurría a su alrededor. Algunos hombres se iban reuniendo en dos bares de al lado, a la espera del comienzo de los partidos de copa de Europa, entre F.C. Barcelona y Olympique de Lyon, y entre Atlético de Madrid y el Oporto.

Aprovechando el desconcierto, una pareja de aguiluchos, que anida en una de las jardineras de la Plaza, llevaba a cabo su cacería particular más fácil que nunca.

Los árboles de la calle pegada a la Plaza estaban alborotados. ¡Qué escándalo!  Personas transeúntes miraban extrañadas  ante semejante algarabía de los pájaros, sin saber el por qué.

Un lorito, de  nombre Ron, enjaulado junto a una ventana del lugar, y sin aparente derecho a réplica, también comenzó a piar desconsolado.

A las 11 de la noche continuaba el guirigay. Los cuatro pequeños árboles de la Plaza tenían ramas y hojas pero estaban ocupados por sus inquilinos habituales, que se resistían a que otros ajenos ocupasen un lugarcito en aquellas ramas superpobladas.

A las 12.20 de la noche decenas de gorriones seguían piando incesantemente entre cortos revoloteos. No podían encontrar hueco alguno o, mejor, no se lo permitían.

A las 6 de la mañana del día siguiente, se marchaban maldormidos los miles de gorriones de la Plaza y de sus alrededores.

¿Volverán? ¿Cuántos? ¿Cuántas noches podrán aguantar sin dormir?

El comentario general es que es normal todo lo ocurrido. Es natural que las criaturas anduvieran enloquecidas. El trabajo de las motosierras se había convertido de golpe en un fenómeno natural, la naturaleza era la culpable.

¿Qué pasará esta noche?

Todo esto ocurre en una Plaza, llamada curiosamente Plaza de LA LIBERTAD.

 

     De pronto, como si de un golpe de viento se tratara, aquel acontecimiento recobró simbología, transformándose en una parábola.

Precisamente ocurría en un día 11 de marzo. 

Hace cinco años, a las 7.37 de la mañana,  un comando terrorista hacía explotar bombas en las estaciones de Atocha, de El Pozo y de Santa Eugenia de la provincia de Madrid, segando la vida a 191 personas y dejando 1.500 heridas. Los habitantes despertaron entre el caos, los gritos y las sirenas.

¿En nombre de la “libertad”? ¿En nombre de la venganza por la participación del gobierno español en la invasión de Irak? ¿En nombre de qué, unos mercenarios terroristas consiguieron aquella masacre que llevó la muerte prematura a tantas víctimas inocentes?

Toda una lección de cómo sembrar un eterno dolor y sufrimiento en miles de familias.

 

     Los gorriones habían perdido su hogar como millares de familias palestinas, como millones de refugiados en el mundo.

Los pájaros se vieron obligados a huir y a deambular como veinticinco millones de emigrantes buscando un lugar en el mundo.

Millones de personas sufriendo desarraigo.

Millones de personas, de carne y hueso, no viven en la ciudad donde viven. No pertenecen a ningún lugar, perdieron sus raíces, su tierra, su familia, su identidad cultural.

Paradójicamente, el Mercado allana todos los caminos y abre todas las fronteras, mientras se alzan más altas que nunca las barreras humanas. El libre flujo del que gozan los capitales, está prohibido para las personas pobres.

Miles y miles de personas hacinadas en los campos de refugiados. O tal vez, campos de concentración.

Miles y miles de personas, con balsas, cayucos, pateras, arriesgando la vida en busca de otra vida. ¿Cuántos cuerpos humanos yacen en las profundidades del mar Mediterráneo, del océano Atlántico, del mar Caribe o en los pedregales del río Bravo?

En nombre del LIBRE Mercado, el dinero viaja sin aduanas ni problemas, para envidia de millones de trabajadores a quienes ese viaje supone una aventura prohibida. Incluso los desechos tóxicos, que los países industrializados descargan en países empobrecidos, gozan de más facilidades fronterizas.

Personas que ya no pertenecen a su tierra y tampoco a la tierra donde consiguieron llegar.

 

     Los dirigentes del mundo no se sienten culpables. Es cuestión de seguridad, los pobres “son seres peligrosos”. Por eso los pobres son “ilegales”.  Las políticas migratorias se reducen a un sistema de crimen y castigo.

Los países ricos se protegen con leyes prohibitivas, para que sus democracias exijan reafirmar el “régimen de la ley”. En nombre de la DEMOCRACIA, se violan y niegan los derechos fundamentales de millones de personas.

En nuestras democracias formales nos hemos acostumbrado a los “vendedores de humo”. Se vende el 0,7% PIB, la Alianza de Civilizaciones, la condena de la tortura, la reducción de armas, la disminución de la contaminación, la defensa de los derechos humanos, la igualdad de la mujer, la protección de la infancia y de las personas mayores,… Todos contentos con los “vendedores de humo”.

Pero, como dice Carlos Taibo, no hay voluntad alguna de cuestionar los cimientos de un mundo, el que padecemos, marcado indeleblemente por explotaciones, exclusiones y beneficios descarnados.

El ponente, dirigiéndose al auditorio, terminó diciendo: ¡Ah! Se me olvidaba. Por supuesto que nadie de los presentes somos xenófobos ni racistas. ¡Por favor…!

 

El mochuelo

 (marzo-2009)

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