No es una historia de buenos y malos. A veces pintamos una imagen pringosa de africanos simples y honestos que padecen la mezquindad predatoria de los blancos. No es así: la vida aquí no es una sinfonía de hermandades y ayuda, por eso algunas de las personas que vienen a África con el ánima llena de postales humanitarias se marchan decepcionadas. La grandeza y la bajeza están repartidas en esta tierra como en cualquier otro lugar del mundo, ni más ni menos.

Hace unas semanas, los trabajadores locales de una ONG internacional amenazaron con cortar el suministro de agua en los campos de refugiados de Dar Sila si sus reclamaciones, injustas, no eran aceptadas. El primer día de la huelga sabotearon las instalaciones de bombeo, condenando a la sed a cerca de 40.000 refugiados. La crisis pudo ser resuelta, pero las consecuencias colean.

En Goz Beida y Koukou, muchas de las autoridades, a todos los niveles, subprefectos, jefes de cantón, jefes de aldea, anteponen sus intereses a los de su pueblo, roban, obstaculizan la asistencia, degradan cuanto tocan. He visto en estos años a desplazados, refugiados y trabajadores humanitarios dando muestras de un valor y una generosidad inimaginables en los confines más resquebrajados del planeta, pero también he visto a otros envilecidos por la miseria o la desilusión. No, no es una historia de malos y buenos.

 

     Sí creo que se trata de una historia de culpables e inocentes. Pasé la noche de fin de año en Abéché: aprovechando las vacaciones en las escuelas de los campos subimos a la capital del este del Chad para pasar unos días con el resto del equipo. A medianoche sonó un estallido brutal: nos asustamos creyendo que los rebeldes bajaban atacando la ciudad, pero en realidad se trataba de un espectáculo de fuegos artificiales.

Mientras no lejos, sin comida ni paz, 170.000 chadianos maldormían en míseros campos de desplazados y el resto del país se alabeaba al peso de su dictadura, el presidente, Idriss Déby Itno, había contratado a una empresa para mantener a la gente boquiabierta bajo el estrépito y las luces de colores que arborecían en el cielo nocturno. Con el dinero del petróleo que extraen las compañías estadounidenses y chinas compran fuegos artificiales, y también fuegos reales: armas.

Déby, protegido por el Ejército francés y con el silencio cómplice de Gran Bretaña, ha adquirido en los últimos meses un arsenal proveniente en buena parte de Rusia. Estados Unidos, China, Francia, Gran Bretaña y Rusia: los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad que mantienen el orden mundial, ese orden que nos permite a nosotros seguir donde estamos, con lo que tenemos, y a ellos permanecer donde están, con lo que no tienen.

Gonzalo Sánchez-Terán

(desde la República del Chad)

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