Los problemas son ajenos

“Las penas y las vaquitas se van por la misma senda,

las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas…”, cantaba Atahualpa Yupanqui.

 

Son situaciones distintas de la vida, que, aunque van por la misma senda, se ven, se sienten e  interpretan de manera muy diferente según el lugar donde te encuentres situado. Es algo corriente en la vida.

La cuestión es: ¿Por qué los problemas sociales resultan ajenos para mucha gente?

Para quien tiene un trabajo estable el desempleo es un problema social, pero es de otros. ‘’Por suerte, él no tiene ese problema”.

Al joven no le preocupa abusar de su cuerpo o malgastar su tiempo (‘tienen toda la vida por delante’), la temible enfermedad o la odiosa muerte son problemas de otros, de los viejos.

Para el rico la pobreza es una desgracia que sufre irremediablemente otra gente ahora y en todos los tiempos.

Para los señores de la guerra y comerciantes de armas las víctimas civiles, por muy lamentables que sean, son consecuencias inevitables, ‘daños colaterales’ para otros.

Para los burgueses el hambre es un problema doloroso y de difícil solución, que afecta a otras personas en muchos lugares del planeta.

Al empresario le preocupa su negocio, no los contratos y salarios basura que es problema de otros, de los políticos y de la crisis.

El foco de preocupación para muchos eclesiásticos son sus problemas personales, aunque por su misión tengan que hablar de los problemas sociales, que afectan a otros.

En resumidas cuentas, cada persona tenemos una escala de valoración y, por tanto, de preocupación. Y resulta ostensible que los problemas sociales se valoran como “ajenos”, cuando no se pertenece al colectivo de las víctimas de dichos problemas.

 

Un grupo de personalidades firmaba recientemente un manifiesto titulado “Última llamada”.

En teoría denuncian otro problema social que nos afecta a TODOS los habitantes del planeta, pero que, al parecer, preocupa a muy pocos. Como si fuera un problema ajeno y remoto. ¿Será por eso que ellos hablan de ‘crisis de civilización’?. Veamos.

Progreso y desarrollo se han identificado con productivismo y consumismo. Sin embargo, el nivel de producción y consumo se ha conseguido a costa de agotar los recursos naturales y energéticos, y romper los equilibrios ecológicos de la Tierra.

Nada de esto es nuevo. Los investigadores y científicos más lúcidos llevan dándonos fundadas señales de alarma desde principios de los años setenta: de proseguir con las tendencias de crecimiento vigentes (económico, demográfico, en el uso de recursos, generación de contaminantes e incremento de desigualdades) el resultado más probable para el siglo XXI es un colapso civilizatorio.

Las noticias indican que la vía del crecimiento es ya un genocidio a cámara lenta. El declive en la disponibilidad de energía barata, los escenarios catastróficos del cambio climático y las tensiones geopolíticas por los recursos muestran que las tendencias de progreso del pasado se están quebrando.

Frente a este desafío no bastan los mantras cosméticos del ‘desarrollo sostenible’. Además, la crisis ecológica no es un tema parcial sino que determina todos los aspectos de la sociedad: alimentación, transporte, industria, urbanización, conflictos bélicos… Se trata, en definitiva, de la base de nuestra economía y de nuestras vidas.

Estamos atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible.

La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta. Necesitamos construir una nueva civilización capaz de asegurar una vida digna a una enorme población humana (hoy más de 7.200 millones), aún creciente, que habita un mundo de recursos menguantes. Para ello van a ser necesarios cambios radicales en los modos de vida, las formas de producción, el diseño de las ciudades y la organización territorial: y sobre todo en los valores que guían todo lo anterior. Necesitamos una sociedad que tenga como objetivo recuperar el equilibrio con la biosfera, y utilice la investigación, la tecnología, la cultura, la economía y la política para avanzar hacia ese fin.

Pero esta Gran Transformación se topa con dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados. Por eso necesitamos una ruptura política profunda con la hegemonía vigente, y una economía que tenga como fin la satisfacción de necesidades sociales dentro de los límites que impone la biosfera, y no el incremento del beneficio privado.

Se necesitan propuestas audaces.La crisis de régimen y la crisis económica sólo se podrán superar si al mismo tiempo se supera la crisis ecológica. En este sentido, no bastan políticas que vuelvan a las recetas del capitalismo keynesiano (del estado de bienestar). Estas políticas nos llevaron, en los decenios que siguieron a la segunda guerra mundial, a un ciclo de expansión que nos colocó en el umbral de los límites del planeta.

El siglo XXI será el siglo más decisivo de la historia de la humanidad.Supondrá una gran prueba para todas las culturas y sociedades, y para la especie en su conjunto. Una prueba donde se dirimirá nuestra continuidad en la Tierra y la posibilidad de llamar “humana” a la vida que seamos capaces de organizar después.

Atención: la ventana de oportunidad se está cerrando. Es cierto que hay muchos movimientos de resistencia alrededor del mundo en pro de la justicia ambiental (la organización Global Witness ha registrado casi mil ambientalistas muertos sólo en los últimos diez años, en sus luchas contra proyectos mineros o petroleros, defendiendo sus tierras y sus aguas). Pero a lo sumo tenemos un lustro para asentar un debate amplio y transversal sobre los límites del crecimiento, y para construir democráticamente alternativas ecológicas y energéticas que sean a la vez rigurosas y viables. Deberíamos ser capaces de ganar grandes mayorías para un cambio de modelo económico, energético, social y cultural.

Una civilización se acaba y hemos de construir otra nueva. Las consecuencias de no hacer nada –o hacer demasiado poco– nos llevan directamente al colapso social, económico y ecológico. Pero si empezamos hoy, todavía podemos ser las y los protagonistas de una sociedad solidaria, democrática y en paz con el planeta.

 

Al acabar de leer el manifiesto sería bueno mirarnos la cara en un espejo. ¿Qué nos parece esto que dice el manifiesto? ¿Algo que ver conmigo? ¿Tan preocupante como para que me comprometa a algo urgentemente? ¿O es algo que no es para tanto y además no está en mis manos? ¿O sencillamente me inhibo porque es otro más de los problemas ajenos a mi vida y a mi persona? ¿Tan ajeno es realmente…?

Manifiesto completo en http://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com/el-manifiesto/

 

Mirada Solidaria.es

 

1 Comentario

  1. Luis

    Ha muerto Carlos Jiménez de Parga, cura obrero le llevó a trabajar en la recogida de la basura, donde se jubiló. Su vida fue una entrega a los desheredados y escoria de la vida. Tenía 77 años cuando se casó. Perteneció al Pozo del Tío Raimundo Y Principe Pio, junto al padre Llanos.
    Con vidas así se puede decir que otro mundo es posible.

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