Visto lo visto y oído lo oído cuando hablan los gobernantes, los ciudadanos vamos a necesitar un ‘traductor’ para poder comprender lo que ahora resulta casi  imposible de entender.

Cuando los gobernantes y autoridades se dirigen al público suelen hacerlo citando ‘principios’: “Defenderemos los derechos humanos… Como país democrático todos estaremos sometidos al imperio de la ley… La justicia es igual para todos…La soberanía reside en el pueblo…”.   

Nada que añadir. Claro que sí, en los ‘principios’ todo el mundo estamos de acuerdo.

Sucede en la religión: ¿Quién no está de acuerdo en que debemos respetarnos y amarnos los unos a los otros? El problema está en cómo debemos amarnos y en cómo lo estamos haciendo.

Es decir, que una cosa son los ‘principios’ y otra la realidad. Y aquí surge la necesidad de un ‘traductor’ que nos ayude a descifrar las paradojas, las contradicciones, las falsedades, las incoherencias, los absurdos, los cinismos,…

 

Puede un jefe de estado o presidente de gobierno decirnos que “la justicia es igual para todos”.

El traductor responderá: “Mire usted,  es que la justicia será realmente justicia sólo cuando se aplique igual para todos, o, de lo contrario, no será justicia”.

La cuestión está en mirar cómo se está aplicando efectivamente la justicia y, entonces, diremos si es igual o no para todos: Miremos si toda la ciudadanía tiene los mismos medios para defenderse y recurrir; si se utiliza la misma vara de medir para todos o algunos gozan de privilegios e impunidad; si sólo los millonarios pueden pagar las fianzas y evitar la cárcel; si son proporcionadas las penas (por ejemplo, las penas impuestas a grandes banqueros o políticos por corrupción y las impuestas a ciudadanos por manifestar sus protestas pacíficamente en la calle); si el gobierno utiliza indultos para recortar condenas a personas de su cuerda; si la justicia está dotada de medios suficientes para ejercer sus funciones; etc.

Y cuando comprobemos cómo se está aplicando la justicia en la realidad, podremos decir si la justicia es igual para todos, es decir, si verdaderamente se hace o no se hace justicia.    

 

Porque el nuestro es un país democrático y un Estado de Derecho”, nos repiten  frecuentemente los políticos en el poder.

El traductor responderá: “Oiga, la democracia es un proceso, un camino más que un final, con unas características o requisitos: celebración de elecciones libres, separación de poderes (legislativo, judicial y ejecutivo), respeto a los derechos humanos y democracia económica, y sin esas condiciones no es realmente democracia”.

Otra vez la cuestión está en observar si se cumplen todos esos requisitos en el país: si los procesos electorales son limpios y la ciudadanía ejerce su voto consciente y libremente; si los derechos humanos prevalecen respecto de las prerrogativas públicas;  si el parlamento elabora y aprueba leyes guiado por el bien común, o presionado por entidades ajenas con otros intereses; si el poder judicial goza de total independencia, o está sometido a mecanismos y presiones del poder legislativo o del poder ejecutivo (el gobierno);  si existen cauces efectivos de participación de la ciudadanía en la gestión pública; si todos las personas que forman parte de la comunidad territorial con reconocidas como ciudadanas; si toda la riqueza del país está subordinada al interés general; etc.

Y cuando comprobemos cómo se están aplicando los requisitos de la democracia, podremos asegurar que un país es verdaderamente democrático o no lo es.

 

Y así podríamos ir aplicando nuestro ‘traductor’ a todos los mensajes que recibe la ciudadanía y que le crean dudas y sospechas, o simplemente no resultan del todo comprensibles.

En España, por ejemplo, el gobierno repite como un mantra que “lo peor de la crisis ya ha pasado”, que “la mejoría del país es innegable”… También gobernantes de otros países dicen consignas parecidas.

El traductor responderá: “Un país mejora cuando su población en general recupera niveles de bienestar que le permiten gozar de buena calidad de vida: empleo digno, recursos suficientes para satisfacer las necesidades, vivienda, acceso a la educación y a la salud,…”.

Por tanto habrá que comprobar si las cosas van mejor, qué cosas van mejor y para quién.

No vale decir que un país mejora porque está mejorando el uno por ciento de su población: Porque ha subido unas décimas el PIB o ha bajado la Prima de Riesgo; porque las 35 grandes empresas de la bolsa están obteniendo grandes ganancias; porque la banca está duplicando sus beneficios; porque cien banqueros están ganando más de un millón de euros al año; porque 30 familias están manejando la mayor parte de la riqueza de España; porque 402.000 españoles alcanzaron un patrimonio superior al millón de dólares… Efectivamente han mejorado las grandes fortunas, pero estamos hablando de una minoría pequeñísima de población.

Pero no vale decir que un país está mejorando cuando la inmensa mayoría de la población se está empobreciendo y perdiendo servicios sociales: 6 millones de desempleados; 6 millones de personas que no alcanzan el nivel energético en invierno; la pobreza se ha duplicado en España desde 2007; la pobreza infantil alcanza el 26,7%; 3 millones de personas se encuentran en pobreza severa; los salarios han bajado escandalosamente y se han precarizado los puestos de trabajo; España ha conseguido dos récords europeos: ser el país con mayor desigualdad y tener la tasa más alta de desempleo juvenil (57,7%); se han excluido colectivos enteros de la asistencia sanitaria y se alargaron las listas de espera para intervenciones quirúrgicas; se ha encarecido el acceso a la educación y a la justicia; se han recortado becas de estudio; han descendido las prestaciones a minusválidos y personas dependientes; se han recortado las pensiones de jubilación; se producen 185 desahucios diarios, etc.   Estamos hablando de que la situación ha empeorado para la inmensa mayoría de la población.

Naturalmente el ‘traductor’ alucina escuchando, en estas circunstancias,  que “estamos saliendo de la crisis” y chirría ante mensajes de cinismo tan tremendo.

 

¿Quieren pasar un rato divertido?  Con su ‘traductor’ en la mano, lean tranquilamente la Constitución de su país, sea el que sea,  y comparen con lo que ven en la calle y con lo que dicen sus gobernantes.

Puede ser divertido y sorpresivo: ¿Qué tal si descubren que, con la Constitución en la mano, las políticas de su Gobierno en estos momentos estarían fuera de la ley?

 

 

 

La ventana del mochuelo

  1. Robertpl
    09 Feb 14 4:16

    He estado navegando en línea más de 2 horas de hoy, sin embargo, nunca se ha encontrado ningún artículo interesante como la suya . Es bastante valor suficiente para mí. En mi opinión, si todos los propietarios de sitios y bloggers hicieron un buen contenido como lo hizo , la red va a ser mucho más útil que nunca.

Dejar un comentario