Los indignados que han llenado plazas en toda Europa, también en Israel, que ocupan Wall Street y la City de Londres, que seguirán apareciendo en este momento de la historia, están indignados fundamentalmente por las consecuencias perversas del cada día más poderoso engranaje de la economía globalizada que está arrasando ya despiadadamente las conquistas sociales de los países del Norte, ensanchando la brecha que separa a quienes acumulan escandalosamente y a quienes ven cómo se reduce lo que creían seguro, su «estado de bienestar». Reclaman una «democracia real», que para ser real debe ser también democracia económica.

 

Sus consignas, las imágenes de sus rostros jóvenes furiosos exigiendo derechos, lo que merecen, poniendo el dedo y el grito en las llagas de este sistema han traído oxígeno a la aldea global. Cuando la juventud del Norte parecía dormida, adocenada, acomodada, despertó y se indignó. Los más optimistas anuncian una «revolución». Yo echo a faltar en sus consignas y en sus reclamos una mirada al Sur del planeta, a la relación que existe entre el enriquecimiento desmesurado de sus bancos y sus corporaciones con el empobrecimiento de tantos países, que empezó mucho antes de que las plazas del Norte se llenaran de tan justificada indignación.

 

Escribo y reflexiono desde Nicaragua, indignada por muchas de las faltas de dignidad que encuentro en este país, uno de los más empobrecidos del continente. Y lo hago escarbando en mi memoria.

 

Hay palabras que marcan momentos de la historia. Recuerdo en los años 80 la fuerza que tenía la palabra organizado en El Salvador. Significaba mucho, significaba tanto. Quien estaba organizado era consciente de todo lo que estaba torcido en el país. Se sentía comprometido a enderezarlo. Y además de protestar, los organizados estaban dispuestos a jugarse la vida en ese empeño, tal como le escuché a una campesina anciana, que sintetizaba así la historia de su patria pulgarcita y la de otros organizados como ella: «Primero moríamos. De hambre. Después reclamamos. Y nos mataban. Ahora, damos la vida por un pueblo, que ya es muy diferente».

Hay otro anciano, éste francés, luchador contra el nazismo, que ha marcado este momento de la historia con esa palabra: indignado. Stéphane Hessel le pide a la juventud del mundo que «tome el relevo» y que luche, que se indigne. Millones leyeron su mensaje y millones se indignaron movilizados por sus palabras.

Años antes, Paulo Freire, el Maestro, pionero y visionario, ya anciano, escribió antes de morir uno de sus últimos textos, Pedagogía de la Indignación, publicado póstumamente. «Yo no moriría en paz -dijo- sin proclamar que soy un pedagogo indignado».

 

Tres ancianos, en tres distantes puntos del planeta, tienen algo que decir a los jóvenes indignados de hoy.

¿Qué significa estar indignado? Significa búsqueda, reclamo, proclama de dignidad. Significa, sobre todo, no sólo estar, sino ser indignado, mantenerse indignado.

Nos indignamos cuando nos arrancan dignidad negándonos oportunidades de empleo o cuando no nos pagan un salario «digno». Cuando los políticos que elegimos no nos representan. Pero si nos indignamos sólo por lo que antes teníamos y ya no tenemos o nos quitaron, o porque aquello a lo que aspirábamos ya no podrá ser, nos podemos quedar, tal vez, a mitad del camino.

 

Nos debemos indignar por nuestra dignidad disminuida o desconocida. Y por la de los demás nunca reconocida.

Indignados por la carencia de vida digna (de agua potable, de comida suficiente, de tierra propia para sembrar, de vida sin violencia…) que hoy padece la mayoría de la humanidad, que nunca en su historia conoció el «estado de bienestar». También debemos indignarnos cuando el digno curso de un río se contamina con cianuro para sacar velozmente oro de las entrañas de la tierra.

Recordando lo que nos enseñó la teología de la liberación: indignados contra los poquitos que tienen mucho y por eso no pueden vivir como hermanos, e indignados a favor de los muchísimos que no tienen nada y por eso no pueden vivir como humanos. Indignados por la dignidad de todos. De todas.

 

Hay que elegir por qué indignarnos. Hessel propone a cada joven que busque a su alrededor para «que tenga su propio motivo de indignación».

En estos tiempos de indignación es tiempo de enlistar lo que nos indigna. Podemos elegir por dónde empezar. ¿De dentro a fuera? (en mi personalidad, en mi casa, en mi trabajo, en mi país, en el mundo…) ¿De arriba a abajo? (en el gobierno de las corporaciones, en el gobierno de mi país, en mi municipio, en mi comarca…) ¿Por temáticas? (en la política, en la economía, en los medios de comunicación, en la escuela, en la iglesia…).

 

Y después de elegir, y después de expresar la indignación, hay que sacar las consecuencias. «Cuando algo nos indigna, como a mí me indignó el nazismo -dice Hessel-, nos volvemos comprometidos». Creo que ahí está el «hoyo del meollo», como decimos en Nicaragua cuando queremos ir a la raíz de cualquier asunto.

La prueba de que nuestra indignación no responde ni a una catarsis colectiva ni a una moda pasajera ni al deseo de estar en la plaza donde están todos porque «donde va la gente, allá va Chente», es el compromiso que surge de la indignación. Sabiendo, como hemos cantado tantas veces, que «no basta rezar», sabiendo, como debemos saber hoy, que «no basta gritar».

 

Freire, que también llamó «justa ira» a su indignación, decía: «Yo soy un indignado, pero no un desesperado». Y lo decía para casar su indignación con el compromiso. Se refería ya entonces a esa indignación, fatalistamente desesperada, que tiene un punto de comodidad y que hoy también abunda.

La indignación de quienes cansados de luchar, convencidos de que ya hicieron todo lo que pudieron, abrumados por el peso de la complejidad del mundo actual, piensan que ahora a quienes les toca traducir la indignación en acción por la dignidad es a los más jóvenes o a los más valientes o a los más rebeldes, mientras a ellos, a los ya cansados de luchar, tal vez ancianos, les basta con crear agudas consignas y con llenar plazas.

 

Indignarse es cosa seria. Tal vez es una de las actitudes humanas más serias. Como la indiferencia -dice Hessel- es «la peor de las actitudes humanas». La indignación da a luz la resistencia. La indiferencia da a sombras la complicidad con la injusticia.

Hay que indignarse, hay que resistir, hay que permanecer, como decía Freire, luchando por «un mundo en el que uno pueda ser más gente que cosa, un mundo en el que amar sea más fácil».

Pero, como había entendido muy bien la viejita salvadoreña a la que conocí una mañana de agosto de hace ya treinta años, eso no es sencillo. Ella, organizada, indignada, sabía que hay que estar dispuesto al peligro, al riesgo, hasta a dar la vida.

 

María López Vigil  (Managua, Nicaragua)

 

(Publicado en Agenda Latinoamericana 2013)

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