Como todos los días, allá estaba, sentado en una piedra y recostado contra la pared, aquel extraño hombre, de descuidada barba y mirada perdida…

A todas luces parecía medio loco.

Aquel día nos atrevimos a sentarnos a su lado, sin saber con certeza si contábamos con su permiso.

Casi ni nos miró. Eran largas sus pausas de silencio y, entremedias, soltaba frases como éstas, a saber de qué autor…

 

“Porque retrocedía creía volver, pero en realidad estaba avanzando de espaldas”Gente que vive de la nostalgia.

Tras una pausa, añadió:

Otros viven de teorías equivocadas: Un filósofo que no podía caminar porque pisaba su barba,  se cortó los pies…

Y otros viven  de ideales locos…

Frotó suavemente una mano con la otra y agregó:

Un arquero quiso cazar a la luna. Noche tras noche, sin descansar, lanzó sus flechas hacia el astro. Los vecinos comenzaron a burlarse de él. Inmutable, siguió lanzando sus flechas. Nunca cazó a la luna, pero se convirtió en el mejor arquero del mundo.

 

Le mirábamos atónitos, sin saber bien qué pensar. Lo cierto es que aquel señor no se manifestaba nada violento y lo que decía encerraba cierto sentido…

Así, pues, continuamos sentados tranquilamente, callados, escuchando…

 

Cuando vivíamos en el barrio obrero y mi mamá se había enamorado de la foto de Carlos Marx, porque era igual a su tío, llegó un grupo de militantes de la séptima célula revolucionaria a pedirle que albergara en nuestra casa-tienda a un “importante político” que andaba prófugo, con la condición de no hacerle preguntas.

A las tres de la mañana, en una carreta tirada por un burro, disfrazado de campesino, llegó un señor con anteojos de miope y gran barriga. Penetró como una sombra en la casa. El carretero le pasó un saco lleno de ropa y libros, y se fue. Nadie habló. El señor se quedó parado bajo el foco decorado de excrementos de moscas de la pieza de costura.

Doña Sara le indicó nuestro dormitorio, el único de nuestro hogar. Ella y yo nos mudamos junto a la máquina de coser donde dormíamos en un colchón en el suelo.

El misterioso personaje nunca habló, nunca levantó la vista de sus libros forrados (¿qué leería?), nunca hizo su cama, nunca barrió, nunca lavó un plato, nunca agradeció con un gesto y comió muchísimo. Los únicos ruidos que emitió fueron veinte toses en la mañana y el estallido nocturno de sus gases, cronométricos, que me indicaban que era hora de dormir.

Una vez por semana venía el carretero, le pasaba un paquete y sin pronunciar palabra, se iba.

Doña Sara, pacientemente, lavaba sus calzoncillos, calcetines, pañuelos y camisas, le hacía de comer y aceptaba sonriente las incomodidades que el fantasma le causaba.

Una madrugada, el carretero le dijo algo al oído y el hombre se fue con él, sin despedirse de nosotros.

¡Habían pasado seis meses! Lloré de rabia. Mi madre me dijo:

 -¿Qué sabes tú, niño, lo que sucede a ese ser? Si se comportó así es que no quería dejar huellas…

– ¡Pudo haber sido más educado, mamá!

– ¡Todos los días hago las mismas cosas por ti y nunca me las agradeces! ¡Has de saber que lo recibí porque eras tú! Un día, cuando crezcas y luches por la libertad, alguien te perseguirá y necesitarás un refugio. Otra madre, entonces me pagará este favor albergándote a ti, sin preguntar ni pedirte algo. De eso estoy segura, porque sé que no soy la única en el mundo y si yo soy capaz de un acto generoso, otro ser humano habrá que haga lo mismo por mi hijo!

 

Nos miramos entre nosotros. Aquello nos sonaba a las “Historias de mi mamá” de Jodorowsky… En todo caso, la historia era linda.

Llegó el momento de marcharnos. Hicimos ademán de levantarnos…

Serenamente giró un momento su mirada hacia nosotros. Luego, en voz baja, dijo:

 

– La policía ha matado a dos muchachos en una manifestación.

Pero no os digo dónde, porque fue en un país democrático.

Volvió a hacer otra pausa…

– Democracia quiere decir en griego “gobierno del pueblo”. (Pero en un griego muy, muy antiguo).

 

Le despedimos moviendo nuestras manos cariñosamente. Aquel personaje nos había deslumbrado.

¿Puede que nos sonriera cuando nos fuimos…?

Eran increíbles las lecciones de aquel “loco”.

Acostumbrados a tanto político “correcto”, corrupto y demagogo, aquel personaje tan inocente, tan desinteresado, tan libre, tan respetuoso, resultaba sorprendente.

Efectivamente parecía un ‘loco’, un raro espécimen, admirable…

 

Mirada Solidaria.es

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