Hace décadas que el Consenso de Washington ostenta una posición dominante con su pretensión de modelo único, universal. Los gobiernos de Reagan y Thatcher marcaron el camino a seguir, recetas imitadas por todo el mundo. Privatizaciones, desmantelamiento de los servicios públicos, menos impuestos para los más poderosos, decadencia de las clases medias. “Década perdida” en Latinoamérica. Absolutismo de mercado de dudosos resultados. Según la información que conocíamos en 2011, la desigualdad en los países de la OCDE alcanzaba su cota más alta en las últimas décadas. Una élite se ha beneficiado de un sistema que le favorece, que le permite dar rienda suelta a su avaricia. En tiempos de globalización, la élite es global, unos pocos de cada lugar se benefician. Rusia, China y Brasil aportan cada vez más multimillonarios a las listas anuales.

 

Grupos de personas, élites, trabajan para rendir culto a su Dios, el dinero. El lucro máximo. Los mercados son ciudadanos con capacidad de influir, de coaccionar. Con nombres y apellidos. Con intereses personales. Utilizan distintos mecanismos para su beneficio propio, enfrentado al bienestar de la inmensa mayoría.

 

Las agencias de calificación pueden realizar predicciones equivocadas y sesgadas, pero consiguen ejercer una presión efectiva. La presión de los mercados, es decir, de una pequeña minoría capaz de imponer cambios de gobierno y poner la deuda por encima de los ciudadanos.

 

¿Quién pondría por delante el pago inmediato de una deuda frente a las necesidades básicas de sus hijos? En nuestro mundo, los deseos de un puñado de prestamistas cuentan más que los de millones de ciudadanos.

Bancos con beneficios de cientos de millones expulsan de su casa a personas en situaciones precarias, sin ofrecerles negociar, sin buscar una solución. Exigiendo, además, el pago de una deuda que condiciona al desahuciado de por vida.

 

La crisis económica de los últimos años, que tanto sufrimiento ha provocado, es fruto de la avaricia. Algunos, penitentes, pedían control a los gobernantes para controlar sus impulsos dañinos. Su egoísmo incorregible.

 

Cientos de millones de seres humanos permanecen sumidos en la pobreza. Mientras, cada año, la industria armamentística sigue siendo un gran negocio para algunos. Sólo en EEUU, el presupuesto anual supera el billón de dólares. Necesitan hacer sentir miedo, y que la rueda de la guerra no se detenga, para continuar enriqueciéndose.

 

Buena parte del dinero que se obtiene a cambio de ventas a clientes incómodos acaba en paraísos fiscales, otra herramienta de una estructura criminal. La sangría de dinero hacia estos lugares, procedente de actividades ilícitas, supone, según datos del Banco Mundial, alrededor de billón y medio de dólares al año. Recursos robados al bienestar colectivo. El fraude fiscal es mayor entre los que más tienen.

 

La tierra se ha convertido en objeto de especulación. Tierra con distribuciones de propiedad que no cambian en Latinoamérica. El 80% de la tierra en Paraguay está en manos de menos del 3% de los propietarios. En Brasil, menos del 2% de los propietarios acaparan casi la mitad de las tierras.

 

Los alimentos también han sido producto de especulación: el hambre de muchos mejora el balance económico de unos pocos. Los especuladores hacen dinero de la nada, creando artificios. Los Mercados son “una gran partida de póquer mundial, de la que participan las oligarquías mundiales y de la que el resto, el 99,9% de la población mundial, somos meros espectadores impotentes, meros peones del sistema”.

 

Las oligarquías mundiales basan su poder en la desigualdad. La dictadura de los mercados sólo es factible con sociedades desiguales. La desigualdad implica que algunos pueden imponer sus intereses. Por otro lado, las sociedades más igualitarias tienden a controlar estos excesos.

El 1% controla alrededor del 40% de la riqueza mundial. El 10% de los hogares más ricos del planeta concentran el 85% de la riqueza mundial. El 50% más pobre dispone del 1%.

 

En EEUU, epicentro de actual crisis económica, el 1% aporta dos tercios del presupuesto total en campañas electorales. Sus intereses están bien protegidos. El 0,01% de los donantes suman un cuarto de todo el dinero que engrasa su sistema democrático.

Esa minoría, responsable de camuflar sus indignantes deseos en cuidados barnices retóricos, está ganando una batalla. En los últimos años las medidas adoptadas por los gobiernos han contribuido a enriquecer al 1%. Recortes y austeridad en época de recesión. Desempleo y pobreza como consecuencias inevitables.

Warren Buffet, conocido millonario, afirmó que su clase ha ganado la guerra de clases que se ha librado en los últimos veinte años.

 

Sin embargo, los cambios son inevitables. Tenía razón Roubini al escribir que la desigualdad genera inestabilidad, al constatar el fracaso del denominado modelo neoliberal. Ningún modelo económico tendrá legitimidad si no enfrenta el reto de la desigualdad, persiguiendo la igualdad de oportunidades, eliminando la ignominia que supone que millones de personas no tengan cubiertas sus necesidades básicas.

 

En 2008, ante la demostración de la inmensa capacidad de influencia de los más beneficiados por el estado actual de las cosas, traducida en la propuesta de emplear fondos públicos para corregir  desmanes financieros, Stiglitz afirmó que había llegado “el fin de la ideología de que los mercados libres y desregulados funcionan siempre”.

Posteriormente, finalizaba un texto que suscitó un gran debate, con las siguientes palabras: “Los mercados sólo funcionan como es debido cuando lo hacen dentro de un marco adecuado de regulaciones públicas; y ese marco solamente puede construirse en una democracia que refleje los intereses de todos, no los intereses del 1%. El mejor Gobierno que el dinero puede comprar ya no es suficiente”.

 

Diego Escribano, asesor financiero de BNP Paribas Fortis, Madrid, España.

 

(Publicado en Agenda Latinoamericana 2013)

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