José María Castillo

 

 

      Si las preocupaciones y estrecheces, que estamos pasando con la crisis económica, además de quejarnos y protestar de la mala gestión de los políticos, nos sirven para pensar en los problemas de fondo que tenemos planteados, comprenderemos que no todo lo que está ocurriendo es negativo. Si nuestras privaciones de ahora nos obligan a dejar a la generaciones futuras un mundo más humano, tendremos que concluir que estamos dando un paso importante. No todo es negativo en este momento.
Digo estas cosas porque los apuros, que estamos sufriendo, me hacen pensar en los esclavos. No en los del pasado, sino en los del presente, los de ahora mismo.

Mucha gente piensa que la esclavitud pasó a la historia. Y pocos se dan cuenta de que, en nuestro avanzado siglo XXI, hay más esclavos que en los tiempos del imperio romano. Entre otras razones porque ahora tener esclavos es más barato que entonces.

 

     Hace veinte siglos, sólo podían tener esclavos las gentes de dinero, los ricos, los potentados. Hoy, los que disfrutamos de la sociedad del bienestar, aunque el bienestar pase por una crisis (como ahora), todos tenemos esclavos. Y quiero destacar que, al decir esto, ni exagero, ni estoy utilizando frases que llamen la atención.

 

     Lo que pretendo es que tomemos conciencia de que, en los tiempos modernos, la democracia y la esclavitud coexisten en lo que los economistas ven como una fuerte correlación directa, en otras palabras, ambos fenómenos muestran idénticas tendencias y uno condiciona al otro (Loretta Napoleonni). Desde que en 1950, el proceso de descolonización consiguió la libertad democrática para millones de ciudadanos (el caso de África es elocuente), el número de esclavos y esclavas creció y su coste cayó en picado. Hoy los esclavos, y esclavos baratos, son imprescindibles para que nuestras democracias sigan funcionando.

 

     Me explico. Por supuesto, abundan los casos de compra y venta de personas que son imprescindibles para ciertos servicios: niños para la pornografía infantil o para el comercio de trasplantes de órganos, mujeres de países del Este o de América Latina para la prostitución, niños para emplearlos en trabajos duros y ocultos, etc.

 

     Pero todo eso, con ser tan grave, no es lo peor. Lo que más impresiona es pensar en la cantidad de cientos de miles de personas, sobre todo mujeres, que trabajan para la producción de ropa, calzado, objetos de marcas deportivas, etc, etc. Si por esclavos se entiende, en su versión moderna, las gentes que no tienen más salida en la vida que someterse a las diversas formas de trabajo, más o menos forzado, y prácticamente sin retribuir, que se realizan en no pocos países del Tercer Mundo, enseguida se comprenden dos cosas: 1) que los esclavos son legión; 2) que sin esclavos, las grandes multinacionales y buena parte del “mercado canalla” del que vivimos, no podría funcionar.

 

     Todo esto es posible, entre otras razones, porque la mayoría de la gente no lo sabe. Yo me quedé de una pieza, hace unos años, cuando una tarde, en Guatemala, una niña de doce años que encontré en la calle me dijo que trabajaba, en una “maquila” de confección de ropa, de ocho de la tarde a ocho de la mañana. Y por doce horas seguidas, trabajando de pie, ganaba un dólar. Con eso le podía dar de comer a su mamá enferma y a dos hermanos pequeños. Así viven los esclavos de ahora. Yo sé que casos como éste son de sobra conocidos. Lo que me impresiona no es tal o cual caso concreto, sino el hecho de que la oferta de bienestar, que se nos hace a todas horas, tiene sobre nosotros más fuerza que los gritos de dolor de todo el mundo. Esto impresiona mucho cuando se piensa en serio.

 

     Hace un par de años, leí un libro del reconocido profesor de Historia Contemporánea, de la universidad de Oxford, Timothy Garton Ash, que lleva el pomposo título de “Mundo libre”. En ese libro, el sabio historiador y analista del mundo actual dice: “Nosotros, los libres, nos hallamos ante una ocasión de proporciones gigantescas. En las generaciones anteriores, también para la gente que vivía en lo que se llamó ‘el mundo libre’, un mundo libre no era más que un sueño. Ahora podemos empezar a construirlo. Nunca ha habido tantas personas libres, y nunca nuestras posibilidades de ayudar a los demás a salir de la falta de libertad han sido tan grandes”.

 

     No sé la información que maneja el profesor Garton Ash en cuanto se refiere a cómo funciona el comercio que hace posible que nosotros, los ciudadanos de Europa, de Estados Unidos y de Canadá, nos sintamos tan libres y nos veamos con tan alta vocación liberadora para bien del mundo entero. Lo único que sé es que, como el mundo siga en nuestras manos (como viene ocurriendo desde el proceso que arranca en 1492 y se agrava a partir del final de la segunda guerra mundial), la esclavitud seguirá aumentando en flecha, al mismo ritmo que nosotros vayamos saliendo de la crisis y viviendo mejor.

 

     Me da por pensar que tenemos a la vista un futuro tan esperanzador como espantoso. A no ser que China apriete el acelerador y nos obligue a todos a hacer de este mundo un incesante y asombroso espectáculo como el que vimos el pasado día ocho, en la inauguración de los Juegos Olímpicos: miles de seres humanos convertidos en una impresionante máquina de marionetas.

 

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