Érase una vez…un país /2

Érase una vez un país donde, en vez de chorrear agua de los tejados, chorreaba corrupción de los despachos…

Una corrupción democrática, eso sí. No faltaba más, en aquel país todo era democrático, incluso el desprecio a su constitución nacional, o la violación de los derechos más fundamentales.

Los gobernantes de aquel país vestían elegantemente y eran muy bien hablados. Gozaban de alta reputación, eran unos grandes ‘re-putados’ y 800 de ellos imputados.

Democráticamente favorecían a los bancos y a grandes empresas, y democráticamente ahogaban con recortes sociales a la ciudadanía.

Se ufanaban de llevar a cabo múltiples reformas (o recortes). Reformas concretas y eficaces según sus intereses, que no según el interés general que, al parecer, siempre es algo ‘ambiguo, confuso y etéreo’. Y con la excusa de cumplir “lo que exige la realidad”, actuaron ‘responsablemente’… a su antojo.

Poco a poco fueron privatizando las empresas públicas para ‘aumentar su rentabilidad’. Efectivamente, la rentabilidad de ellos mismos que, al terminar sus mandatos de ministros y altos cargos, utilizaban puertas giratorias y pasaban a ocupar los Consejos de Administración de esas mismas empresas privatizadas.

Democráticamente reprimían las manifestaciones populares, y democráticamente se humillaban ante los poderes económicos extranjeros.

¿Democráticamente? Sí, sí. Su democracia estaba certificada por los votos, y exclusivamente por los votos. Si bien, con su magia y su ‘arte de hacer política’ hicieron de ‘su capa un sayo’ transformando las votaciones en poder dominador, clientelista y corrupto.

¡Qué maravilla!… ¡Qué habilidad!…

 

Un día del año 2012 sucedió algo extraordinario: los gobernantes sufrieron un golpe de alucinación.

En verdad, ellos sólo sufrieron la alucinación, el golpe quedó para otros.

Vieron sus sueños hechos realidad, sus deseos colmados, sus apetencias satisfechas.

Había llegado un ilustre magnate estadounidense (la 14ª fortuna mundial), famoso por su corrupción, a ofrecer uno de sus productos corruptos para instalarlo en las cercanías de la capital del Reino: Un enorme casino que bautizarían con el nombre de Eurovegas.

¡Qué ilusión!

Lo recibieron con manos abiertas y ‘rodilla en tierra’. Olía a perfume de dinero y negocio.

Y el magnate comenzó a exigir antes de hablar. Requería unas leyes a su medida y numerosas condiciones favorables…

Y el Gobierno accedió gustoso y sumiso, mostrándose dispuesto a modificar normas y leyes en beneficio de esa gran empresa particular. Fue realmente increíble. Entre risas,  fue burlado el Estado de Derecho, el ‘imperio de la ley’ quedó retorcido.

Cambio de la ley antitabaco, para permitir fumar en el Gran Casino.  Cambio de las normas de construcción, para permitir más altura a los rascacielos del Gran Casino. Cambio de la ley de blanqueo de dinero, y la ley de horarios de ocio nocturno, y la ley del juego (rebajando del 45% al 10% el tipo impositivo de las ganancias del juego), y la legislación laboral (bonificaciones de 9.000 euros por cada contrato de trabajo independientemente de su precariedad, y perdón de antecedentes penales a sus empleados), y la ley de extranjería…

La empresa sólo ofrecía financiar el 25% del proyecto. Y adquiriría la propiedad del suelo a precio de saldo. El Gobierno cedería gratis las infraestructuras (carreteras, metro, transporte de cercanías, helipuerto…).

Se incluía el perdón de impuestos: a la propiedad (98 millones de euros), el IBI (90 millones), el impuesto sobre instalaciones, transmisiones patrimoniales y obras  (390 millones). Y la Administración Pública debía expropiar terrenos a favor de esa empresa…En total se perdonarían 1.800 millones anuales al Gran Casino.

El Gobierno se convirtió en un supermercado donde regalaban “leyes al gusto”. Y así se legalizó oficialmente el incumplimiento de la ley. Se oficializó el pelotazo. Se liberó salvajemente un sector que nada produce y únicamente cambia el dinero de manos. Pero se revistió de un precioso nombre legal: Centros Integrales de Desarrollo (CID).

Gran milagro: la ley dejó de ser ley para convertirse en ‘salvoconducto a la corrupción’.

Con el Gran Casino llegarán sus compañeras de viaje: mafias, drogas, juego, espectáculos porno, prostitución…Pero no importa, porque el Presidente de la Conferencia Episcopal del Reino dijo que, a pesar de todo, “Eurovegas significa una razón más para un esfuerzo de pedagogía y evangelización”.

“Hagan juego, señores”, “hagan juego con la democracia”…

Y, a continuación, se entonó el Himno a la Corrupción.

¡Realmente impresionante!

 

Aquel país lucía como nadie la condecoración más brillante: la Medalla de la Corrupción.

Todos podían moverse en aquel ‘caldo de cultivo’ de la corrupción, desde el Rey y su familia hasta el último ciudadano de la lista. Eso sí, al igual que existía impunidad en las alturas, existía el castigo para los más humildes si les pillaban en algún ‘renuncio’.

Las leyes podían ser sacrificadas en aras de los beneficios económicos.

El nepotismo se hermanó con los dirigentes y gobernantes. Y las mentiras ya no cabían en las bocas de los políticos.

El nivel de bienestar de la población dejó de ser criterio político, cambiándose por el nivel de la prima de riesgo.

La Justicia era lenta pero no ciega: según qué expedientes corrían a diferente velocidad.

Se premiaba a los ricos y se castigaba a los pobres, en total coherencia con la Cultura del éxito.

Y la corrupción fue produciendo lágrimas como la cebolla, lágrimas de alegría a los enriquecidos y poderosos, y lágrimas de dolor a los empobrecidos.

 

Y dicen que aquel pueblo se hartó de conceder tantas licencias a sus gobernantes. El hedor de la corrupción se hizo insoportable. Se organizaron 40.000 manifestaciones de protesta durante el año 2012.

Y cuentan que ese pueblo fue recobrando poquito a poco su dignidad…

 

(Por cierto, cualquier parecido con la realidad de este cuento… es totalmente cierto. Se lo dice un español).

 

 

 

     

 La ventana del mochuelo

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