Desde una perspectiva solidaria, los ojos brillan esperanzadores cada vez que se celebra una cumbre o un planteamiento sobre la vida y su futuro.

Ojos que esperan contra toda esperanza que cualquier signo o decisión pueda favorecer la vida de nuestro planeta y sus habitantes.

Y por encima de las decepciones, tercamente siguen esperando. Porque apuestan por la vida.

 

Del 20 al 22 de junio pasado, en Río de Janeiro (Brasil) se celebró la Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable, o llamada Cumbre de la Tierra Río+20, con la asistencia de más de cien líderes mundiales. ¿Y cómo fue…?

Como cuenta Giuseppe De Marzo, vocero de la Asociación A Sud, no fue bien.

 

Impreciso, sin ambiciones, sin acciones concretas ni financiación. Este es el futuro que no queremos, pero el que sucederá. Río menos 20, mejor que Río más 20.

La conferencia mundial de la Tierra ha generado un documento final que tan solo contenta a las grandes corporaciones responsables de la destrucción ambiental. Una victoria para la gobernanza neoliberalista y una derrota para toda la Humanidad.

La frustración de Ban Ki Moon y los continuos llamamientos caídos al vacío certifican la definitiva muerte del multilateralismo sobre los temas fundamentales para todos.

 

El clima de la democracia se parece cada vez más al del planeta: pésimo. Los límites están siendo sobrepasados uno tras otro.

La Tierra no aguanta más, como sus hijos, empobrecidos y precarios.

El radicalismo antropocéntrico del modelo capitalista ha llegado a su apogeo.

Los resultados de la cumbre mundial sobre el desarrollo sostenible son la prueba final. Los documentos oficiales muestran el vacío y el desinterés con el que el liberalismo afronta la sostenibilidad social y ambiental. Conducir una transición socio-ecológica sin ninguna acción concreta equivale a una burla intolerable, especialmente hacia las millones de víctimas afectadas por esta hipocresía.

Promesas en vano repetidas en veinte años de reuniones y encuentros oficiales precisamente fracasados, en los que hay una gran participación de la burocracia internacional. Fracasaron también las estrategias de las grandes ONGs que han preferido estar en las conferencias oficiales, ignorando los movimientos y las realidades sociales que han emprendido la marcha para construir una alternativa. También fracasa el reformismo internacional, demostrando su completa esterilidad frente a la crisis más grave que la Humanidad haya nunca afrontado. Las formas clásicas de la política son insuficientes. La complicidad con bancos y multinacionales es manifiesta.

La financiación de la naturaleza parece el gran negocio de mañana. El caballo de Troya se llama “economía verde”. La mano invisible del mercado realizará el milagro de la perfecta asignación de los recursos. Estamos ante la prehistoria del pensamiento económico y ante la crisis más oscura del pensamiento político.

 

Los movimientos por la justicia ambiental y social, aquellos reunidos en la ‘otra’ cumbre de los pueblos, son los que quieren construir un último margen a la expansión de la frontera capitalista. Son los que resisten en todos los territorios del planeta, los que defienden los bienes comunes, apoyan las agroecología, impiden las privatizaciones, promueven formas de democracia participativa y comunitaria, crean nuevos instrumentos e indicadores ecológicos, luchan por la defensa de los derechos de los trabajadores y por la reconversión industrial y energética.

Los movimientos por la justicia ambiental nos indican la necesidad urgente de construir no solo otro modelo económico, sino también un nuevo paradigma de civilización, una nueva ética.

Para avanzar, más que resistir, necesitamos una relación nueva entre justicia y sostenibilidad. Esto significa trabajar para alcanzar no solo la justicia ambiental y social, sino también justicia ecológica. Debemos preguntarnos cuál es el problema para hacer justicia con la naturaleza. Solo así encontraremos las causas que generan la injusticia y que han institucionalizado nuevas formas de racismo social y ambiental.

No haber reconocido a la naturaleza como un sujeto con derechos, haberla excluido de las teorías de la justicia, no haber entendido la integridad de la naturaleza humana, sino como algo funcional para el ser humano, ha conducido a la modernidad a una crisis ligada a la sostenibilidad.

La justicia ecológica y el reconocimiento de los derechos de la naturaleza deberían dar un golpe mortal al modelo jurídico capitalista, que considera la Tierra y sus elementos desarmados como meros objetos a introducir en el mercado.

 

El hecho de reconocer al ser humano como el único ser racional, ha constituido la legitimización para dominar todo aquello que es considerado como irracional, partiendo precisamente de la naturaleza. Vale la pena recordar cómo nosotros, los humanos, somos en realidad el fruto de alrededor de 4 mil millones de años de relaciones simbióticas.

En la naturaleza la práctica destructiva fracasa a largo plazo.

La evolución se basa en la cooperación, no en la competencia. Desde la primera célula, la evolución ha sucedido de acuerdo a procesos de cooperación y coevolución cada vez más complejos. La Tierra no solo se sostiene y se reproduce por sí sola, sino que se redefine y evoluciona continuamente. Es lo que se llama sistema autopoyético.

Nosotros no somos huéspedes ni forasteros de la Tierra, somos parte de la Tierra.

 

La ética que podemos recabar se basa en el reconocimiento de los derechos a la existencia y al desarrollo de la vida de todas las entidades que comparten la Tierra con nosotros, los humanos. Esto garantiza la continuidad de la vida y de los sistemas de los que dependemos.

Una sociedad fundada sobre principios de la justicia ambiental y ecológica, reduce la herida causada por la separación entre racional e irracional, entre sujeto y objeto. Antepone las razones de la ética y de la política, utilizando la técnica y la ciencia para alcanzar el equilibrio entre justicia y sostenibilidad.

El reconocimiento de los derechos de la naturaleza sería garantía de respeto para los derechos humanos y la democratización del desarrollo. Esto es llamado “biocivilización”.

Además, para ser justa y sostenible, la civilización humana debe rechazar el antropocentrismo como ética, religión, jurisprudencia y filosofía.

La vida tiene el derecho fundamental de existir, pero no solo porque sea necesaria para garantizar la vida humana. Este es el mensaje que los pueblos por la justicia ambiental y social lanzan desde Río.

Esperemos que muchos lo escuchen.

 

Mirada Solidaria.es

 

(Resumen del artículo “Rio+20: Una cumbre fracasada” de Giuseppe De Marzo. IL MANIFESTO)

 

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