Érase una vez un país donde había unos grandes bancos privados, también llamados “mercados financieros”, que hacían negocios redondos y obtenían unas ganancias extraordinarias. No había leyes que los controlaran; las leyes existían sólo para la ciudadanía. Con su “libertad de mercado” podían abusar de la población con intereses y tasas a su antojo, podían decidir si daban o no créditos y a quien los daban, podían hacer transacciones e inversiones más o menos arriesgadas en todo el mundo, podían alimentar las burbujas, la especulación, la evasión fiscal, la fuga de capitales a los paraísos fiscales y los negocios más sucios que existen.

En alguna ocasión, su gestión avariciosa e irresponsable les condujo a graves errores y situaciones críticas: volatizaron el dinero de sus clientes en operaciones especulativas muy arriesgadas, estafando a miles de clientes. Como una bomba estalló la burbuja hipotecaria que evidenció la ‘falta de solvencia’ de los bancos, provocando una grave crisis en todo el país.

Y, entonces, los bancos tuvieron el descaro de acudir al Gobierno de su País no para solicitar unas normas que les regularizasen, sino para pedir dinero público con el que tapar sus errores y poder seguir acrecentando sus ganancias.

 

Y, asombrosamente, el Gobierno de aquel país, tan hermanado con la banca y agradecido por ciertas financiaciones puntuales, accedió a la demanda de los bancos y les entregó decenas de miles de millones de dinero público. La medida hizo crecer enormemente la deuda soberana del país, mientras servía para aumentar los beneficios de los bancos y para que sus irresponsables directivos y asesores cobraran escandalosos honorarios e indemnizaciones, o se fueran de rositas sin dar cuenta ante la Justicia por los daños producidos.

La ciudadanía sentía incredulidad al comprobar semejante comportamiento de su Gobierno y se escandalizaba cuando, además, los banqueros delincuentes eran indultados graciosamente por el Gobierno, si es que algunos eran excepcionalmente condenados por los Tribunales.

 

Y en aquel país, el Gobierno elegido “democráticamente” por el pueblo, se convirtió en un feroz enemigo del pueblo.

Con la excusa de la Deuda Pública, extendió el miedo por toda la población y comenzó a elaborar leyes, como lanzas venenosas, para recortar los derechos ciudadanos y los servicios públicos: Una reforma Laboral favorable a los empresarios que mermó los salarios y derechos laborales, y aumentó los despidos y el desempleo; reducción de salarios a los funcionarios y despido de trabajadores en distintas administraciones públicas (servicios sociales, sanidad, enseñanza,…) favoreciendo la privatización de dichos servicios; redujeron las becas y ayudas  para material de estudio, el transporte escolar, las ayudas para comedores infantiles;  cerraron plantas de hospitales, encarecieron los medicamentos, establecieron el copago por asistencia sanitaria; clausuraron casas de tutela para mujeres maltratadas y locales de “punto de encuentro” para familias separadas judicialmente por violencia de género; se limitaron los criterios y ayudas a favor de las personas dependientes y se encarecieron las aportaciones de los ancianos en las Residencias de mayores; recortaron las ayudas a las personas desempleadas y las pensiones de jubilación; etc.

Aprovechando el clima de miedo, el Gobierno realizó otras reformas no menos escandalosas: estableció impuestos favorables para los ricos y muy perjudiciales para los pobres; concedió una amnistía fiscal para los evasores de capitales; estableció subvenciones a instituciones privadas y eximió de impuestos a instituciones como la Iglesia católica; endureció la ley del aborto en perjuicio de las mujeres y familias con menos recursos; reforzó el Código Penal  respecto al derecho de manifestación favoreciendo la represión e impunidad de las fuerzas del orden; atacó la libre información en los Medios públicos; se alineó con los bancos para llevar a cabo desahucios y la posterior penalización de las familias con problemas de pago de su hipoteca; anuló la justicia gratuita dejando indefensa a la gente humilde; etc.

 

La ciudadanía contemplaba con tristeza y angustia tan escandaloso panorama.

Aquel país retrocedía a un pasado ya olvidado; su ‘estado de bienestar’ quedó hecho añicos;  sus derechos conseguidos con sudor y sangre eran pisoteados; sus jóvenes se vieron obligados a emigrar; la población se envejeció y se empobreció; se acentuaron el racismo y el machismo; las empresas públicas se privatizaron; la desigualdad entre ricos y pobres creció como la espuma; en el futuro sólo los hijos de los ricos podrán hacer carrera, podrán recibir buena atención médica y podrán recurrir a la Justicia…y ésos serán los nuevos dirigentes.

Los gobernantes se burlaron del pueblo soberano que delegó en ellos. Dejaron de representar a la ciudadanía. Gobernantes que abusaron del poder y se arroparon de impunidad para no ser condenados por sus múltiples delitos de corrupción. Aquello para nada era una democracia.

Y aquel pueblo perdió la fe en sus gobernantes, en sus políticos y sus comparsas mediáticas. Eran muy contundentes, pero muy mentirosos.

Y el pueblo se fue desengañando: Los programas del corazón, los partidos de fútbol y las loterías eran pura bisutería, pura engañifa que le vendían como ilusión.

La gente de aquel país se sintió profundamente usurpada.

 

Dicen que, poco tiempo después, aquel pueblo terminó hartándose.

Y cuentan que fue entonces cuando recobró su dignidad…

(Por cierto, el país de este cuento existe. Se lo dice un español…)

 

       

 

 

       Ventana del mochuelo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

( Refer. a Juan Torres López, “La desvergüenza de la banca española”, Público.es, 23/11/2012)

  1. Jacinto
    05 Dic 12 9:08

    Hola Domingo, me ha encantado tu cuento describe bien la situación que anoche comentabamos, buen día.
    Un abrazo

  2. Sandalio Morales Elipe
    08 Dic 12 17:07

    …Pues no se me ocurre que país puede ser…. a ver si es que no soy un buen español…
    No, si ya lo decía el Poeta: “Erase una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos….”.

  3. Juan Barrilero
    11 Dic 12 11:45

    Este cuento si que enseña, deberíamos sustituirlo por el de “Caperucita” y contarlo todos los días para no olvidarnos. Me apunto. Enhorabuena por la claridad.

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