“Población sobrante”: mercancía sin rentabilidad

 

     Gustan los autores delicados, que comentan sin acritud, sin dureza y sequedad, que cuidan la sensibilidad y status de sus lectores,… ¿Cuestión de formas?

Se evitan temas problemáticos humanitarios, que resultan excesivamente críticos,  repetitivos, cansinos,… (Claro que también hay otros no menos repetitivos y cansinos: la crisis, la pelea entre partidos políticos, las disputas entre seguidores de fútbol,…)… ¿Cuestión de contenidos?

Se rechazan planteamientos que cuestionan nuestros criterios o nuestra ideología,…a los que fácilmente acusamos de demagogia… ¿Cuestión de pensamiento único?

Probablemente, por muy periodista que sea, muy investigador, y analista de estructuras de poder y especialista reconocido en inteligencia y comunicación estratégica,…muy probablemente, no resulte agradable un artículo como el de Manuel Freytas.

Con motivo del informe de la ONU sobre el hambre, Freytas hace un comentario que titula: El dilema del capitalismo con la “población sobrante”: mercancía sin rentabilidad.

Ofrecemos un resumen del mismo.

 

     Según la ONU, con “menos del 1%” de los fondos económicos que han utilizado los gobiernos capitalistas centrales para salvar al sistema financiero global (bancos y empresas que han desatado la crisis económica), se podría resolver la calamidad y el sufrimiento de miles de millones de personas (casi la mitad de la población mundial) que son víctimas de la hambruna a escala mundial. ¿Y por qué no se hace? Por una razón de fondo: Los pobres, los desamparados, la “población sobrante”, no son un “producto rentable” para el sistema capitalista.

 

     En medio de la euforia desatada por lo que los analistas del sistema llaman el “comienzo del fin” de la crisis recesiva internacional, la ONU advirtió el miércoles, que el hambre aumentó “significativamente” y ha batido un récord en los dos últimos años.

En un primer capítulo, en 2008, y a causa del aumento de los precios del petróleo, hubo una escalada mundial del precio de los alimentos que incrementó el proceso de hambruna que padecen habitualmente las poblaciones más desprotegidas de Asia, África y América Latina.

En un segundo capítulo, con el desarrollo de la crisis recesiva global, ese proceso se agudizó arrojando a más población desposeída a la marginalidad y a la carencia de alimentos para subsistir, aunque sólo sea a escala precaria.

 

     Según la ONU, en el mundo ya hay más de 1.000 millones de personas que padecen hambre, la cifra más alta de la historia, y en todo el planeta hay 3.000 millones de desnutridos, lo que representa casi la mitad de la población mundial, de 6.500 millones.

La directora del Programa Mundial de Alimentos (PMA), Josette Sheeran, advirtió que el flujo de ayuda humanitaria está en “un mínimo histórico”.

“Este año tenemos más personas hambrientas que nunca y muchos se despiertan y no cuentan ni con una taza de comida”.

“El problema con la crisis alimentaria y la crisis financiera es que se han permeado silenciosamente en todo el mundo, afectando selectivamente a los miles de millones que se encuentran en el fondo del mundo (en términos de pobreza), que son los más vulnerables”

”Esta situación es una receta para el desastre y resulta crítica para la paz, seguridad y estabilidad en muchos lugares del mundo”.

“El Programa afronta un grave déficit presupuestario, pues este año sólo recibió 2.600 millones de dólares de un total de 6.700 millones de dólares necesarios para dar de comer a 108 millones de personas en 74 países”.

Por ejemplo, los 6.700 millones de dólares del programa para “combatir el hambre mundial”, equivalen solamente a un 10% de la fortuna personal de Bill Gates.

 

     Dentro del mercado y de la sociedad de consumo capitalista, la lógica de producción no se mide por la satisfacción de las necesidades básicas de la sociedad (comida, vivienda salud, educación etc.) sino por los parámetros de optimización de la rentabilidad privada.

La producción de bienes y servicios (esenciales para la supervivencia) controlada por el capitalismo está socializada, pero su utilización está privatizada: No responde a fines sociales de distribución equitativa de la riqueza producida por el trabajo social, sino a objetivos de búsqueda de rentabilidad capitalista privada.

En este marco, y fuera de la órbita del control estatal de los gobiernos, la producción y comercialización de alimentos no está supeditada a la lógica del “bien social”, sino a la más cruda lógica de la rentabilidad capitalista.

 

     Según la FAO, diez corporaciones trasnacionales controlan actualmente el 80% del comercio mundial de los alimentos básicos, y similar número de megaempresas controlan el mercado internacional del petróleo, de cuyo impulso especulativo se nutre el proceso de subida de los alimentos, causal de la hambruna que ya se extiende por todo el planeta.

Detrás de este fabuloso negocio se encuentran los principales bancos y grupos financieros de Wall Street, que juegan un rol determinante en la especulación que se ejerce en los mercados energéticos y de materias primas y que impulsan la actual escalada de los precios de los alimentos.

La empresa suiza Nestlé SA., la francesa Groupe Danone SA. y la norteamericana Monsanto Co., lideran mundialmente la comercialización de alimentos y, además de controlar la comercialización y las fuentes de producción, poseen todos los derechos a escala global sobre semillas e insumos agrícolas.

 

     Los niveles de producción no se realizan atendiendo a las necesidades humanas de la población, sino atendiendo a las necesidades del mercado y de la ganancia capitalista.

Despojados de su condición de “bien social” de supervivencia, esos recursos se convierten en mercancía capitalista con un valor fijado por la especulación en el mercado, y los precios no se fijan sólo por la demanda del consumo masivo, sino básicamente por la demanda especulativa en los mercados financieros y agro–energéticos.

Y los gobiernos, al no tener poder de gerencia sobre sus recursos agroenergéticos se convierten en títeres de las corporaciones que los controlan y que se apoderan de la renta producida por el trabajo social de esos países.

 

     Como el capitalismo trasnacional (las corporaciones que controlan el petróleo y los alimentos) sólo produce para quien tiene capacidad de comprar esos productos, las corporaciones reducen la producción para achicar costos y preservar la rentabilidad vendiendo menos pero más caro.

Y por más apelaciones que hagan las instituciones “asistencialistas” del sistema capitalista como la ONU y la FAO (que suceden a la caridad religiosa) las corporaciones transnacionales establecen su dinámica productiva a partir de la relación costo–beneficio.

Por lo tanto, no hay “crisis alimentaria” (como sostienen la FAO, la ONU, el Banco Mundial y las organizaciones del capitalismo como el G–8) sino un incremento de la hambruna mundial por la especulación financiera y la búsqueda de rentabilidad capitalista con el precio del petróleo y los alimentos.

Por otra parte, los fondos que destinan la ONU, el Banco Mundial y demás organizaciones del capitalismo trasnacional, son mendrugos comparados con la ganancias multimillonarias de los pulpos petroleros y de la alimentación y el crecimiento de las fortunas personales de sus directivos y accionistas.

 

     En este escenario, y dentro de los parámetros funcionales del sistema capitalista (establecido como “civilización única”) la “población sobrante” (los desposeídos y famélicos de la tierra) son las masas expulsadas del circuito del consumo como emergente de la dinámica de concentración de riqueza en pocas manos.

Pero de esta cuestión estratégica, vital para la comprensión de la crisis global y de su impacto social masivo en el planeta, la prensa internacional no se ocupa. Los medios locales e internacionales están ocupados en dilucidar cómo la crisis produce la disminución de las fortunas de los ricos y la pérdida de rentabilidad de las empresas.

Esas masas expulsadas del circuito del consumo, requieren (para darle una pantalla “compasiva” al sistema) de una estructura “asistencialista” compuesta por la ONU y las organizaciones internacionales que representan una carga y un “pasivo indeseable” en los balances de gobiernos y empresas trasnacionales a escala global.

 

     Durante las crisis (como la que hoy vive el sistema capitalista) las empresas y bancos preservan su rentabilidad “achicando costos”. Y las primeras víctimas, las variables de ajuste, son las masas asalariadas y los sectores más vulnerables de la sociedad que pagan la crisis de los ricos con despidos y reducción de sus salarios, mientras que los sectores más desprotegidos sufren el impacto directo de los recortes de los planes sociales y de ayuda a la pobreza de los gobiernos.

Quien trate de quitarles el control de los recursos esenciales a las empresas y bancos trasnacionales, antes deberá derrotar al poder militar nuclear de EEUU y de las potencias aliadas de la Unión Europea.  

Dentro de esta ecuación (de un sistema de producción mundial solo orientado a la búsqueda de rentabilidad) se desarrollan dos efectos inversamente proporcionales: Un crecimiento récord de las fortunas personales y de los activos empresariales capitalistas, y un crecimiento récord de los pobres y hambrientos que ya alcanzan la mitad de la población mundial.

 

     Y el desenlace, no es profético sino matemático: ¿Qué va a pasar cuando la mitad de la humanidad que no come avance sobre sus verdugos?

La plaga del hambre que ya se extiende como una epidemia por las áreas empobrecidas del planeta genera las condiciones para un “Apocalipsis social”.

Casi la mitad de la población del planeta –según la ONU– sobrevive en estado de pobreza o por debajo de la escala de supervivencia, sin satisfacer sus necesidades básicas de alimentación.

No hace falta mucha imaginación para mensurar el factor apocalíptico masivo que representaría para el sistema el avance de ejércitos de hambrientos buscando comida para sobrevivir en las grandes urbes, enfrentándose con la violencia a la represión militar o policial.

¿Qué puede detener a un hambriento? ¿Qué puede perder un hambriento más allá de su vida que ya casi ni la tiene? Se trata del instinto de conservación, el primer sistema de señales que guía la conducta de un ser humano o de un animal en situaciones extremas de lucha por la supervivencia.

¿Con qué discurso los políticos del sistema podrían contener a los atacados de incontinencia alimentaria y reencauzarlos por la senda de la “civilización” y de la “gobernabilidad democrática” capitalista?

Se trata, en última instancia, de una reacción inconmensurable de la masa de “población sobrante”, que el estúpido, irracional y criminal sistema capitalista todavía no registra.

 

     ¿Qué les parece el comentario? ¿Un disparate? ¿Una salida de pata de banco? ¿Un simplismo o reduccionismo demagógico? ¿Un producto de la imaginación que nada tiene que ver con la realidad que vivimos?… ¿Qué sentimientos produce este comentario: desasosiego, impotencia, rechazo, complicidad, indiferencia,…?

 

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