En ocasiones oía voces. Al principio le preocupó y le daba un poco de vergüenza contárselo a nadie. Un día se decidió a hacerlo.

 

Escuchaba unas voces lastimeras que mendigaban un trabajo. Le conmovieron. Y buscó a quienes les pudieran proporcionar uno digno, pero solo encontró seres codiciosos que especulaban y se enriquecían con la desgracia de aquellas voces. Desesperó.

 

Escuchó voces y más voces que reclamaban una vivienda digna. Le emocionaron. Y buscó a quienes les pudiera proporcionar un hogar, pero solo encontró a desalmados que parecían haber nacido para aprovecharse de la desgracia de aquellas voces. Desesperó.

 

Miles de voces llegaron desde el corazón mismo de la desgracia humana, reclamaban humanidad. Le estremecieron. Y buscó a quienes les pudieran enviar ayuda y solo encontró Estados y empresas cegados por el negocio de la desgracia ajena. Los meritorios esfuerzos de los más humildes pasaron desapercibidos a los ojos del Hombre. Desesperó.

 

Luego escuchó voces, voces y más voces quejumbrosas, desde las mismas entrañas de las más oscuras tinieblas. Pedían libertad. Le impresionaron. Y buscó las cadenas para romperlas, pero eran demasiado grandes, y dejaron horribles marcas en sus muñecas, en sus labios, en sus oídos. Solo encontró pretenciosos seres que reclamaban derechos para los prisioneros de su bando. Desesperó.

 

Siguió escuchando voces, voces, voces y más voces que gritaban ¡PAZ! Le agitaron las entrañas. Y buscó a los soldados para convencerles de que se marcharan a sus casas, pero no les encontró; la sangre y el dolor dejaron huella eterna en el rostro de aquellas voces. Siguió entonces el rastro del dinero del negocio de la guerra, pero se dio de bruces con la ley. Desesperó.

 

Aún llegaron más voces hasta sus oídos. Pedían salud. Le sobrecogieron. Y buscó a quienes pudieran facilitarles los remedios que precisaban, pero encontró muy pocos dispuestos a ayudar desinteresadamente. Desesperó.

 

Muchas más voces escuchó reclamando igualdad, justicia, participación…Voces de mujeres, de niños, de personas ancianas…

Mas de repente se  volvió hacia nosotros:

Todas estas voces me acompañan cada día de mi vida, por lo que ustedes están en su derecho de llamarme loco, si quieren, pero ¿es que ustedes no oyen las voces?

 

El mochuelo

(Junio-2012)

 

(Basado en el artículo “Voces” de Víctor J. Sanz, Impresiones mías / Rebelión 22.1.2011)

 

Dejar un comentario