Tras el pseudónimo de ‘Cora Coralina’ publicaba sus lindos poemas la brasileña Ana Lins do Guimaraes.

Frase suya es: “Yo soy aquella mujer que escaló la montaña de la vida removiendo piedras y plantando flores”.

Tal vez ésa sea una especialidad de todas las mujeres; tal vez ellas sean el mejor espejo del camino entre el dolor y la esperanza.

 

Dos noticias, dos ejemplos, dos detalles de mujeres:

 

1. Vanesa Pimadrid ofrece algunos datos oficiales de la violencia de género en España:

Cada día hay 385 denuncias por violencia de género. Se refiere a un Informe del Consejo General del Poder Judicial relativo al tercer trimestre de 2011.

Las demandas crecieron en ese trimestre un 3% respecto al anterior. El 71,36% de las denuncias las presentaron las propias víctimas. El 11,57% derivaron de un parte de lesiones y otro 14,4% fueron resultado de una intervención policial directa.

El informe también revela que el 57% de las denuncias se interpusieron cuando la víctima aún mantenía la relación con el agresor.

Las mujeres inmigrantes son las más vulnerables a la violencia machista. Ellas presentaron el 35% de las denuncias, mientras que representan sólo el 11,51% de la población femenina de España.

Por otro lado, los juzgados registraron 9.481 solicitudes de órdenes de protección.

Los Juzgados de Violencia sobre la Mujer dictaron 4.726 sentencias, de las que el 80% fueron condenatorias.

Perfil de los delitos: El 78,6% de los casos fueron de lesiones, seguidos de delitos contra la libertad, como las amenazas (8,5%) y quebrantamientos de medidas de protección (3%). Además, se investigaron los 28 asesinatos cometidos en ese periodo.

 

2. Ángeles Caso manifiesta sencillamente sus sentimientos en un comentario titulado: Lo que quiero ahora:

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piense que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

 

Mirada Solidaria.es

 

Referencias:

(Público.es, 21/1/2012 Vanesa Pimadrid) (La Vanguardia.com. Magazine 19/01/2012 Ángeles Caso)

 

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