No se debe mentar la soga en casa del ahorcado, decía el escudero Sancho a D. Quijote. Tampoco hoy queda bien decir ciertas cosas en presencia de la opinión pública:

Le llaman “Economía de Mercado”, “Sistema Salvador del Mundo”, “Vía única para el Desarrollo y el Progreso”: Pero su nombre verdadero es capitalismo, un sistema que hasta ahora ha funcionado bajo modelos llamados democráticos, y que nos ha llevado a las hambres más numerosas, a las pobrezas más paupérrimas, a las contaminaciones más antiecológicas y a las inequidades más salvajes.

 

Tal vez porque las consideraron criaturas dignas de consideración, o tal vez como paliativo a la mala conciencia, varios países pusieron nombres a sus primeras bombas atómicas.  Asignaron nombres ingenuos a artefactos diabólicos:

La bomba que sirvió para la primera explosión nuclear en Álamo Gordo (16/6/1945) se llamó Trinity, en alusión a la Santísima Trinidad.

La que arrasó a Hiroshima (6/8/1945) fue denominada Little Boy (niño pequeño).

La que impactó sobre Nagasaki (9/8/1945) se bautizó como Fat Man (hombre gordo).

En apenas unos segundos, el “Niño Pequeño” mató a 140.000 hombres, mujeres y niños en Hiroshima y  el “Hombre Gordo” a otros 80.000 en Nagasaki. El avión que lanzó ambos artefactos tenía el nombre de la madre del piloto: “Enola Gay.

Los soviéticos llamaron “Primer Relámpago” a su primer artefacto nuclear que detonaron (agosto/1949) y los británicos llamaron al suyo  Hurricane (Huracán) (3/10/1952).

La primera bomba nuclear francesa que explosionó (13/2/1960) se nombró Gerboise Blue (Ramo de Flores Azules).

La India probó su primer artefacto nuclear el 18/5/1974 y le llamó “Buda Sonriente”.

 

Está muy feo desengañar a la población creyente en que “el poder emana del pueblo”. Tan feo como decirle que “el miedo alimenta y justifica el poder”. En las dictaduras el poder se sustenta del miedo provocado por la fuerza. En las democracias el poder se sustenta del miedo provocado por el engaño. Y como el miedo se decretó ‘innombrable’, afloran los ‘juegos de palabras’.

No diga congelar el salario mínimo, diga “mejorar la competitividad”.

No diga violencia machista, diga “violencia en el entorno familiar”.

No diga recesión, diga “tasa negativa de crecimiento económico”.

No diga copago sanitario ni mucho menos repago: es un necesario “ticket moderador”.

No diga recortes, diga “reformas”.

No diga abaratar el despido, diga “flexibilizar el mercado laboral”.

No los llame patronal o empresarios, llámelos “emprendedores”.

No critique las rebajas fiscales a los más ricos, son “ayudas a los ahorradores”.

No le llame sumisión a los mercados, llámelo “cumplimiento de los compromisos adquiridos”.

No diga campos de exterminio, diga “campos de concentración”.

No diga ‘negociaciones’ entre dos sindicatos y la patronal, diga “diálogo social”.

No diga genocidio (que exigiría intervención de la ONU), diga “limpieza étnica”.

No diga torturas, diga “técnicas de interrogación coercitivas”.

No le llame invasión de Irak, llámele “Operación Nuevo  Amanecer”.

Y así, nombre a nombre, dicho a dicho, los políticos y gobernantes demócratas se han especializado en el ‘manipulador juego de las palabras’.

El partido más derechista puede proclamar que es el “representante de los trabajadores”, o te puede prometer la creación de tres millones y medio de puestos de trabajo aunque esté aumentando el número de desempleados, o puede hablar de aumento de ingresos cuando en realidad quiere decir subida de impuestos,

 

Sin embargo, esos diseñadores de falsos nombres no siempre lucen una lengua tan elástica y juguetona. Cuando enfrentan a colectivos sociales que denuncian injusticias o reivindican sus derechos, entonces los definen unánimemente con nombres precisos, con los nombres más ofensivos del diccionario: activistas, alborotadores, agitadores, violentos, insurgentes, insurrectos, terroristas, antisociales, rebeldes, revolucionarios, fanáticos, subversivos,…

Y al unísono y con alevosía actúan contra esos grupos sociales: Les persiguen, les condenan y castigan, por alterar el ‘Orden Establecido’ prefijado, por incumplir las normas impuestas, por no acatar las órdenes decretadas por el sistema…

De esta manera, el poder que se alimenta de miedo se muestra a su ciudadanía como poder divino, incuestionable, indiscutible, incontestable.

Apunta Galeano: “El poder come miedo. Sin los demonios que crea, perdería sus fuentes de justificación, impunidad y fortuna”.

 

¿Y si un día las dignidades se juntan?

¿Y si los pueblos deciden llamar a las cosas por su nombre?

¿Y si resulta que el poder no es tan poderoso como dice que es?

¿Y si con la recuperación de los valores humanos por encima de los intereses económicos nacen propuestas con nombre propio: como el decrecimiento, la democracia real, el buen vivir, la soberanía alimentaria…?

 

El mochuelo

(febrero-2012)

 

(Refer. a comentarios de G. Duch Guillot, Ignacio Escolar, J. Gómez Barata, E. Galeano)

 

  1. O Xuan
    17 Feb 12 10:58

    Gracias, El mochuelo, por esta nueva visión de la situación en que nos encontramos, con tu agudeza al otear y discernir en medio de las nieblas lo que de verdad está pasando.
    Y muy bien: las cosas por su nombre. Es una desgracia este cambio de nombres que se montan los sacerdotes del sistema. Una más. Y así nos van adormeciendo la sensibilidad, y tragamos y tragamos hasta que ya no haya vuelta atrás, como la rana del experimento, en la cacerola, con agua que se calienta progresivamente y a la que se va adaptando hasta que ya es tarde para escapar y muere.
    Como que me da que nuestra sociedad, en su mayor parte, está, estamos, de forma parecida.

    Por eso tú “ojo avizor”, o como la canción de J.B.Humet, “Hay que seguir, amigo mío…”

  2. Rafael González Jiménez
    17 Feb 12 11:26

    Si no existiera ese animal, alado, simpático y fino observador, llamado “mochuelo”, habría que inventarlo. Agudo y excelente análisis… Gracias. Lo reenvío a mi lista de contactos.

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