No sabíamos lo que iba a resultar. Simplemente queríamos montar simbólicamente entre todos un árbol navideño y colgarle algo.

No es que en nuestro grupo de amigos abundaran las ganas de juerga con la que está cayendo por todas partes.

Lo tomamos como un regalo. Hubo sugerencias de colgar en el árbol frases curiosas, o pintadas aparecidas en las paredes, o propuestas sociales,…

Elegimos relatos y cuentos breves. Se recordaron algunos de E. Galeano, Carlos Ordóñez, A. Colussi,… y los fuimos colgando.

 

Libertad

Un cocinero hizo un día una asamblea en su cocina, en la que reunió a todas las aves que tenía en su corral: pollos, perdices, gansos, pavos, patos,…

Tras darles una calurosa bienvenida, les preguntó encendiendo el fuego: – ¿Con qué salsa quieren ustedes ser cocinadas?

El revuelo ante sus palabras fue ensordecedor, las aves indignadas volaban enloquecidas hasta que una humilde gallina le dijo: – ¡pero nosotras no queremos ser comidas de ninguna manera! Entonces el cocinero, sonrió enternecido y aclaró: – Amiga mía, eso está fuera de la cuestión.

Ni qué decir tiene que todas las aves acabaron cocinadas.

(Galeano dice que le pareció interesante esa reunión porque es una metáfora del mundo. El mundo está organizado de tal manera que tenemos derecho a elegir la salsa con la que seremos comidos).

 

Adioses

Como si fuera cumpleaños, pero no era. Serpentinas de colores alegraban los sombreros y luces de colores celebraban la noche, mientras brotaban manjares de maíz de las ollas humeantes, se derramaba a chorros el diablo embotellado y los pies levantaban polvareda al son de las guitarras y las quenas.

Cuando el sol asomó entre las montañas, unos cuantos invitados roncaban en los rincones.
Los despiertos despidieron al que se iba. Él se iba con lo puesto, y con un pasaporte de la República del Ecuador. Le regalaron una manta, para engalanar el viaje.

Se fue a lomo de mula. Después, iba a seguir en lancha, autobús y avión. No era el primero. Otros se habían ido, antes. En el pueblo sólo quedaban los niños y los viejos. Desde lejos, los idos mandaban noticias y dineritos. Ninguno volvió.

Los invitados se quedaron a comentar la fiesta:

– Pasamos liiiiiiindo. ¡Lo que hemos llorado! (E.G.)

 

Una apuesta
La noche sin luna era tétrica. Pero había apostado y no podía dejar de cumplir. “Clavar un clavo sobre la tumba de Humberto” había pactado.

Exactamente a medianoche saltó la tapia del cementerio. Envuelto en su capa buscó a tientas el sepulcro en cuestión. Los otros miraban desde fuera.
Con pocos golpes de martillo hundió el clavo. Al comenzar a salir fue agarrado por algo que le retuvo. Murió en el acto de un paro cardíaco. “¡La mano del muerto!”, exclamaron todos. Luego se supo que había clavado su propia capa, y al intentar caminar el clavo se lo impidió.        (A.C.)

(Alguien dijo: Ser valiente no consiste en no sentir miedo, sino en sentirlo y aún así continuar adelante)

 

Carta de un amigo

A Gervasio Altuna le quedaban dos meses de vida cuando abrió el buzón y cogió la carta. Era la quinta que recibía desde que don Samuel, el médico, le había dado la fatal noticia.

Matilde, su compañera, murió en paz y tranquila mientras dormía. Unas semanas después, él comenzó a sentirse mal y acudió a una revisión que brutalmente le informó de su próximo final.

Gervasio cerró el buzón y subió las cuarenta y ocho escaleras que le llevaban a su casa. Su edad echaba en falta el ascensor.

Se quitó el abrigo, encendió la estufa, se preparó un té y se sentó con la carta junto a la mesa de la cocina. Abrió el cajón, sacó un cuchillo y rasgó el sobre. Desplegó el folio escrito a mano y comenzó a leer:

“Hola Gervasio. Esta es la quinta carta. ¿Cómo van hoy esos ánimos? Sí, ya sé que se te hace grande esa cocina sin Matilde, pero ya sabes que a ella no le gustaría verte así.

Te queda poco y tienes que exprimirlo, hacer lo que nunca te atreviste, viajar donde nunca te dejaron, despreocuparte de planes de jubilación y demás zarandajas, atreverte a hacer realidad los sueños y enfrentarte sin miedo a las pesadillas. La vida es corta, y en tu caso más. A nadie tienes que rendir cuentas salvo a ti mismo.

Pelea por esa felicidad que tantas veces te robaron. Ahora puedes mirar sin complejos ni temor todo aquello que te ensombrecía el ánimo. ¿Aún te tiemblan las manos de rabia cuando te viene a la memoria el rostro de aquel cura que te martirizó, de aquel sargento que en el servicio militar te humilló, o de aquel jefe que durante lustros te robó hasta la dentadura postiza? Cuando te quedan dos meses, ¿vas a permanecer en silencio y encorvado?, ¿cuántos puñetazos en la mesa te has resistido a dar?

Más allá de la pérdida de Matilde, ¿cuánta responsabilidad tiene tu temor a tantas cosas de que te hayan puesto esa fecha de caducidad tan corta? Gervasio, pelea. Pelea hacia fuera y hacia dentro. Pelear es salud.

Un abrazo y hasta la siguiente. Tu amigo Gervasio Altuna.”

Gervasio dobló la carta con una sonrisa en su rostro. Se levantó de la silla y fue al salón. Cogió un folio y una vieja pluma, se sentó en su sofá favorito, apoyó el papel en un periódico de tres días atrás y comenzó a escribir:

“Hola Gervasio. Esta es la sexta carta. ¿Qué tal estás hoy…” (C. O.)

 

El oro, la cruz y la espada

Los conquistadores explicaban cómo muchos indígenas elegían su muerte, ahorcándose o bebiendo venenos junto a sus hijos: Los indios, tan salvajes que piensan que todo es común, decía Oviedo, son gente de su natural ociosa e viciosa, e de poco trabajo…Muchos dellos por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron con sus propias manos.

Hatuey, jefe indio de la región de la Guahaba, no se ha suicidado. En canoa huyó de Haití, junto a los suyos, y se refugió en las cuevas y los montes del oriente de Cuba.

Allí señaló una cesta llena de oro y dijo: – Éste es el dios de los cristianos. Por él nos persiguen. Por él han muerto nuestros padres y nuestros hermanos. Bailemos para él. Si nuestra danza lo complace, este dios mandará que no nos maltraten.

Lo atrapan tres meses después. Lo atan a un palo.

Antes de encender el fuego que lo reducirá a carbón y ceniza, un sacerdote le promete gloria y eterno descanso si acepta bautizarse.

Hatuey pregunta: – En ese cielo, ¿están los cristianos?

Sí.

Hatuey elige el infierno y la leña empieza a crepitar.      (E.G.)

 

Y éste fue el regalo navideño que nos hicimos los compañeros del grupo, acompañado de una copita de vino tinto.

 

La ventana del mochuelo

 


 

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