Sabemos que el idioma es la lengua de un pueblo o nación.

Pero hasta qué punto las palabras que utilizamos son originarias de nuestra lengua o son advenedizas de otros idiomas.

Aceptamos, porque es una evidencia, que en nuestra lengua castellana, por ejemplo, se han colado cantidad de palabras inglesas. Las llamamos anglicismos.

La pregunta inmediata es: ¿También en el idioma inglés existen muchos españolismos? No parece.

    

     Entonces, ¿cómo se explica esa especie de invasión lingüística de algunos idiomas?

Aparte de otras explicaciones técnicas, tal vez haya que reconocer una razón de fondo: Desgraciadamente en España no hemos sido creadores de tecnología, sino consumidores.

Los medios de comunicación incorporan constantemente anglicismos. Cantidad de productos que penetran en España lo hacen con su propio nombre inglés (shorts, jeans, gloss, lifting, celebrity, blue jeans, happy hour, shopping…).

La gente joven parece sentirse encantada utilizando estos términos extranjeros y, más aún, si nos referimos a nuevas tecnologías (telecomunicaciones, informática,…)

El propio lenguaje deportivo y futbolístico está repleto de anglicismos (goal, corner, football, set, voleyball, club,…).

Igual ocurre en el terreno económico. El inglés también domina la economía (“desinversión” (desinvestment), “coaseguro” (coinsurance), “estanflación” (stagflation), “refinanciación” (refinancing) o “diseconomía” (diseconomy)… cash, flow, trust, dumping, holding, stock…)

Incluso en el campo del ocio abundan los términos ingleses (thriller, reality show, singles, hobby,…)

 

     Según el color del cristal de las gafas: Habrá quien diga que somos envidiosos y nos gusta imitar a quienes viven en niveles superiores a los nuestros y, por eso, nos gusta utilizar sus vocablos.

Habrá quien diga que la influencia en todos los terrenos, también en el lingüístico, siempre va cuesta abajo, desde el más poderoso hacia el más débil. Y por ello cada vez utilizamos más términos ingleses.

Y también están esas personas -nunca faltan-, empeñadas en utilizar siempre palabras de su lengua, que defienden su lengua a toda costa, y les falta tiempo para traducir cualquier término extranjero que llegue.

 

    

     CARTA QUE ESCRIBIÓ UNA SEÑORA A UN PROGRAMA DE RADIO PARA QUE LA LEYERAN EN DIRECTO

“Desde que las insignias se llaman pins, los maricones gays, las comidas frías lunchs, y los repartos de cine castings, este país no es el mismo, ahora es mucho, muchísimo más moderno.

Antaño los niños leían tebeos en vez de comics, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, los empresarios hacían negocios en vez de business, y los obreros, tan ordinarios ellos, sacaban la fiambrera al mediodía en vez del tupper-ware.

Yo, en el colegio, hice aerobic muchas veces, pero, tonta de mí, creía que hacía gimnasia. Nadie es realmente moderno si no dice cada día cien palabras en inglés. Las cosas, en otro idioma, nos suenan mucho mejor. Evidentemente, no es lo mismo decir bacon que panceta, aunque tengan la misma grasa, ni vestíbulo que hall, ni inconveniente que handicap..

Desde ese punto de vista, los españoles somos modernísimos. Ya no decimos bizcocho, sino plum-cake, ni tenemos sentimientos, sino fellings. Sacamos tickets, compramos compacs, comemos sandwiches, vamos al pub, practicamos el rappel y el raffting, en lugar de acampar hacemos camping y, cuando vienen los fríos, nos limpiamos los mocos con kleenex.

Esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han modificado mucho nuestro aspecto. Las mujeres no usan medias, sino panties y los hombres no utilizan calzoncillos, sino slips, y después de afeitarse se echan after shave, que deja la cara mucho más fresca que el tónico. El español moderno ya no corre, porque correr es de cobardes, pero hace footing; no estudia, pero hace masters y nunca consigue aparcar pero siempre encuentra un parking. El mercado ahora es el marketing; el autoservicio, el self-service; el escalafón, el ranking y el representante, el manager. Los importantes son vips, los auriculares walkman, los puestos de venta stands, los ejecutivos yuppies; las niñeras baby-sitters, y hasta nannies, cuando el hablante moderno es, además, un pijo irredento.

En la oficina, el jefe está siempre en meetings o brain storms, casi siempre con la public-relations, mientras la assistant envía mailings y organiza trainings; luego se irá al gimnasio a hacer gim-jazz, y se encontrará con todas las de la jet, que vienen de hacerse liftings, y con alguna top-model amante del yoghurt light y el body-fitness. El arcaico aperitivo ha dado paso a los cocktails, donde se jartan a bitter y a roast-beef que, aunque parezca lo mismo, engorda mucho menos que la carne.

Ustedes, sin ir más lejos trabajan en un magazine, no en un programa radiofónico. En la tele, cuando el presentador dice varias veces la palabra O.K. y baila como un trompo por el escenario la cosa se llama show, bien distinto, como saben ustedes, del anticuado espectáculo; si el show es heavy es que contiene carnaza y si es reality parece el difunto diario El Caso, pero en moderno. Entre medias, por supuesto, ya no ponen anuncios, sino spots que, aparte de ser mejores, te permiten hacer zapping.

Estas cosas enriquecen mucho. Para ser ricos del todo, y quitarnos el complejo tercermundista que tuvimos en otros tiempos, solo nos queda decir con acento americano la única palabra que el español ha exportado al mundo: la palabra “SIESTA”.

Espero que os haya gustado… yo antes de leerlo no sabía si tenía stress o es que estaba hasta los cojones”. 

(Mª Carmen Moreno)

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     Bien, eso es el IDIOMA: un ramo de sonidos, términos, palabras, expresiones, que sirven para manifestarnos, comunicarnos, entendernos, sentirnos… ¡Qué maravilla!

Quizás lo más valioso es que LOS IDIOMAS SON ABIERTOS.

Quizás lo más importante es que EL LENGUAJE ES EXISTENCIAL y sirve en cuanto sirve para comunicarnos las personas.

Y quizás hasta se agradece que el propio idioma, sabiendo de la limitación de las palabras para abarcar algunos sentimientos, NOS PERMITE JUGAR CON LAS PALABRAS y renombrar algunas de ellas.

Quizás lo más triste es que llamen ‘MALAS’ a algunas palabras, o haya PALABRAS QUE YA NADIE USA, o haya gente que no pueda decir SU PALABRA.

 

Las malas palabras

Ximena Dahm andaba muy nerviosa, porque aquella mañana iba a iniciar su vida en la escuela. Corriendo iba de un espejo al otro, por toda la casa; y en uno de esos ires y venires, tropezó con un bolso y cayó desparramada al piso. No lloró, pero se enojó:

–¿Qué hace esta mierda acá?

La madre educó:

–Mijita, eso no se dice.

Y Ximena, desde el piso, curioseó:

–¿Para qué existen, mamá, las palabras que no se dicen?

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    25 Ago 13 5:28

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