El 23 de marzo, Arcadi Oliveres* comenzaba su conferencia diciendo que estamos ante una crisis fundamentalmente, aunque no exclusivamente, de carácter  financiero.Una  crisis sin nombre preciso (crisis industrial, comercial, laboral,…), pero una crisis grave que deja sin trabajo, sin pensión, sin esperanza a la gente. Pero no es la peor crisis que se vive en el mundo. Al menos hay dos crisis de mayor envergadura que son: la crisis alimentaria y la crisis ecológica.

 

En reciente conferencia, decía Federico Mayor Zaragoza, que la crisis alimentaria mata a 80.000 personas de hambre cada día en el mundo.

Ni el peor de los terremotos, ni el peor de los volcanes, ni el peor de los huracanes se lleva por delante 80.000 vidas humanas cada día. Es normal que nos preocupemos por las víctimas de los terremotos (Japón, Haití,…), pero de las víctimas del hambre no se preocupa nadie, aunque sea más fácil de predecir que los terremotos.

Víctimas que mueren dramáticamente, porque en el mundo no faltan alimentos, sino que sobran. El problema no es de producción, sino de distribución. Unos tenemos demasiado y otros demasiado poco.

El último libro de Luis Sebastián se tituló “Planeta de gordos y de hambrientos”. Efectivamente, convivimos los gordos y los hambrientos.

 

Muchas veces la respuesta de los gobiernos no es la adecuada: ¡Mandemos alimentos!.

A veces esta medida no es pertinente, salvo en casos de urgencia. Puede ser pertinente enviar alimentos a Haití tras el terremoto, pero no lo es enviar alimentos a África, porque allí el terremoto es diario por no funcionar la agricultura.

Y mucho peor si son alimentos en malas condiciones. Cuando la explosión en Chernóbil se desprendieron productos tóxicos. Los vientos soplaron hacia el oeste y la nube tóxica avanzó hacia el oeste, estancándose sobre Alemania. Las lluvias  de aquellos días regaron las plantas y las contaminaron. El gobierno alemán prohibió a los campesinos vender la leche en esos días, pues sus vacas habían comido hierba contaminada (Japón también ha hecho lo mismo ahora con sus lecheros). El gobierno alemán indemnizó a los campesinos. Y la leche se empaquetó y se envió a África y a Bolivia como ‘ayuda alimentaria’.

Pero, aunque estén buenos los alimentos, no es pertinente enviarlos sin más, porque llegarán gratuitos y los campesinos del lugar nunca podrán producir gratuitamente. Es, pues, competencia desleal al campesino lugareño. Lo que conseguimos es arruinarlo y al siguiente año ya no podrá producir y la hambruna será mayor. ¿Entonces qué…?

 

La ONU y el sindicato Vía Campesina defienden la soberanía alimentaria. Y para ello marcan la siguiente ruta:

1. Repartir bien la tierra. Que no haya latifundios que no puedan cultivarse, o minifundios que no alcancen para producir. Es decir, una reforma agraria.

2. Que estos países que sufren hambruna produzcan aquello que necesitan para su alimentación y no lo que a nosotros nos interesa que produzcan. Les impusimos que produjeran café, cacao, azúcar, piña tropical, algodón, té… Creamos la “economía del postre”, que estos países se dedicaran a producir lo que nosotros comemos de postre. Y mientras tanto no producían el cereal, el arroz, el mijo,…que ellos necesitaban para su alimentación. Así pues, cambio de producciones.

3. Que se hagan inversiones en aquellos países para regadíos, para formación profesional agraria, para caminos rurales, para granjas, para bancos de pesca, para tractores,…

¿Cuánto dinero haría falta para estas inversiones? La FAO en su cumbre de Roma 2008 indicó que eran necesarios 50.000 millones de dólares anuales y les pidió a los países ricos hacer un fondo con esa cantidad para eliminar el hambre. Los países ricos contestaron que ni hablar, que esa cantidad de 50.000 millones no se encontraría jamás, que estaban sufriendo déficits… La ONU lo lamentó y dijo que la gente seguiría muriendo de hambre.

Esa cumbre de Roma tuvo lugar en Junio/2008. Tres meses después, en Septiembre/2008, estalló la crisis financiera y los gobiernos empezaron a encontrar de inmediato enormes cantidades de dinero para inyectar a la banca. En dos años y medio les han inyectado 2 billones 700.000 millones de dólares. Si dividimos esa cantidad por los 50.000 millones que pedía la FAO para atajar el hambre, resulta un cociente de 54; con lo que se dio a la banca se hubiera podido eliminar el hambre en el mundo durante 54 años.

¿Por qué los gobiernos actúan de esta manera tan absurda, tan irracional y tan criminal? Porque los gobiernos que ayudan y los bancos ayudados son los mismos, o son íntimos amigos.

 

Mientras tanto, el hambre sigue creciendo: En 2008 afectó a 860 millones de personas, en 2009 afectaba a 940 millones, en 2010 afectaba a 1020 millones, en 2011 nos avisan que afectará a 1.100 millones de personas.

Y todo esto a pesar de los famosos Objetivos del Milenio, cuyo objetivo primero es reducir a la mitad, entre el año 2000 y el 2015, la población hambrienta.

¡Nada de reducir a la mitad, pues sigue creciendo!

Pero la canallada no queda aquí…

 

El informe, que la FAO encargó al Instituto sueco de Alimentos y Biotecnología (SIK) para el congreso en Alemania del 16 y 17 de este mes de mayo, habla del desperdicio o destrucción de 1.300 millones de toneladas de comida cada año en el mundo, mientras hay más de mil millones de personas que pasan hambre. La cantidad de alimentos que se pierde es similar a la producción mundial de cereales.

En los ocho países más ricos del mundo, dice la FAO, se tiran cada año a la basura 222 millones de toneladas de alimentos, cantidad que solucionaría el problema del hambre en todo el África Subsahariana.

¿Quién se atreve a explicar semejante canallada…?

En nuestro mundo convivimos los gordos y los hambrientos, los ‘sobrados’ consumistas y los consumidos por el hambre.

Las transnacionales y los grandes supermercados animan a comprar con frecuencia productos que no son necesarios (“Pague 2 y lleve 3”).

Los consumidores no consiguen planificar de forma adecuada sus compras de alimentos (muchos alimentos se tiran antes de la fecha de caducidad).

En el mundo rico, desde la niñez se vive en el exceso (de regalos, de juguetes, de dinero,…), en la vida “fácil”, en el “no me gusta”, en el “no tengo ganas”, y los niños no aprenden que tirar alimentos innecesariamente es inaceptable.

 

En el mundo de los satisfechos solo conocemos y entendemos de consumo, no de hambre. Somos más expertos en bolsa que en vida. Y el ritmo de vida occidental te hace olvidar hasta a los seres queridos…

¿Usted ha visto personalmente a alguien agonizando por hambre? Difícilmente cualquier persona acomodada podría borrar de su memoria esa imagen.

No es verdad todo lo que nos enseñaron. Lo primero es antes, los derechos vitales son antes que la comodidad y el lujo. Y no se preocupen los padres, no pasa nada por hablarles a nuestros hijos de estos temas. Les hará más humanos. La austeridad no es un castigo, es un valor de dos caras: de libertad y de solidaridad.

¡Qué difícil resulta explicar que no hay dolor anónimo, que el sufrimiento de cualquier ser humano nos afecta irremediablemente!

 

Mirada Solidaria.es

 

* Refer. a la conferencia “Algunas propuestas para una economía en crisis” pronunciada por el economista y presidente de Justicia y Paz, Arcadi Oliveres, el 23 de marzo,  en la Universidad de Castilla la Mancha (Ciudad Real).

 

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