Lo contaba con ternura…Poco a poco se le fueron cayendo más mitos. Y no le preocupaba, al contrario, le producía liberación.

 

En tiempos del Plan Marshal, Estados Unidos era el Gran-Poder, el Salvador, que ayudaba, a las pobres poblaciones salidas de la guerra, con leche en polvo y queso de bola.

Aquel ‘salvador’ se especializó prontamente y clandestinamente como gran invasor e imperialista.

 

Después de la segunda Guerra Mundial, surgió la ONU, como gran Organización de todos los países del mundo, para colaborar con el Derecho internacional, la paz y la seguridad en el mundo, el desarrollo económico y social, los asuntos humanitarios y los derechos humanos. Su órgano principal, ejecutivo y decisorio, es su Consejo de Seguridad, donde tienen poder especial (derecho a veto) los cinco países vencedores de la guerra: Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia.

La ONU terminó olvidando la defensa de la paz y los derechos humanos y sociales, y favoreciendo la dominación de esas cinco potencias en todo el mundo.

 

También se crearon, tras la II Guerra Mundial,  tres organismos: El Fondo Monetario Internacional (para regular las políticas monetarias y comerciales, facilitar el comercio internacional, y reducir la pobreza),  el Banco Mundial (para asistir financiera y técnicamente a los países en desarrollo, apoyándolos económicamente para reducir su pobreza) y la Organización Mundial del Comercio, en su inicio GATT, (para administrar acuerdos comerciales y evitar discriminaciones).

Los tres fueron igualmente dominados por las grandes potencias económicas y políticas, y convertidos en los principales instrumentos del capitalismo para expoliar a los países y favorecer la acumulación de riquezas en manos de pocos y la extensión de la miseria a la mayor parte del mundo.

 

La Comunidad Europea y sus gobiernos, al igual que todos los gobiernos del mundo, eran las tablas de salvación para las poblaciones. Unos gobiernos democráticos, transparentes e incorruptos, al servicio de pueblos soberanos, de Estados independientes, y que velarían por la salud, la educación, el empleo, y demás derechos humanos y sociales de la población.

Las ciudadanías frustradas contemplan hoy a sus gobiernos como títeres en manos de los poderes económicos, nacionales e internacionales, y enredados por sus ansias de poder y por la corrupción, defendiendo más sus intereses particulares que el bien común de la población.

 

Tras la época de gobiernos fascistas, autoritarios y dictadores, afloraban en todas partes del mundo los anhelos de libertad, justicia y democracia. La democracia era la máxima aspiración, como modelo de convivencia social en la que todos los ciudadanos y ciudadanas seríamos libres e iguales, y podríamos participar y decidir.

Pero la democracia quedó reducida a un juego, un juego de votaciones que puede ejercer la ciudadanía cada cuatro o cinco años y punto. Podemos protestar por la falta de respuestas a nuestros problemas, o porque nuestros gobernantes dictan medidas contrarias al bien común, pero solo eso nos queda, el derecho al pataleo. Nos hablan de libertad, de justicia, de igualdad, de participación, pero sólo experimentamos dominación, autoritarismo y discriminación. A lo sumo, la oferta llega a cierta democracia política, pero nunca económica.

 

Quizás el máximo exponente del mundo mitológico fueron las religiones. Ese mundo sobrenatural, espiritual, de tradiciones, culturas, escrituras, historia, fe y credos, experiencias místicas, ritos, liturgias, oraciones…e instituciones.

Ese mundo misterioso y diverso, que terminó siendo manipulado, ahogado y monopolizado por sus propias instituciones. ¡Cuánta gente dice creer en Dios pero no en los curas! Porque perciben la hipocresía de los jerarcas eclesiásticos que predican una cosa y hacen lo contrario; que proclaman la bondad y la pureza y escandalizan con su corrupción y pedofilia; que ensalzan la comunión y actúan con suma prepotencia, intransigencia y discriminación; que convierten al Jesús de Galilea en un Cristo de palo; que rezan por los pobres y adoran a becerros de oro; que hablan de hermandad y engañan a la gente con iconos de escayola y de madera; que aclaman la paz y venden miedos.

 

Al menos nos protegerán las leyes y la justicia, esperaba la población.

Pero las leyes que hacen los políticos están condicionadas, cuando no dictadas, por los poderes económicos. Y la justicia hace papeleos legales pero no imparte justicia; las grandes potencias nunca son juzgadas por sus delitos; los ricos pueden recurrir indefinidamente hasta la caducidad de los delitos, mientras los pobres van directa e indefensamente a la cárcel; la justicia que discrimina no es justicia.

 

Al mundo le brillaron los ojos con las palabras desarrollo y progreso.

Más tarde se comprendió que desarrollo social y humano fue identificado con desarrollo económico, prosperidad con consumismo, y progreso con sobreexplotación de los recursos naturales del planeta.

 

Uno tras otro se le fueron cayendo los mitos,… ¿Y qué nos queda?

Pues, además de la positiva desmitificación, queda la vida y sus valores, quedan los seres humanos y los pueblos, quedan los compromisos y las luchas, quedan los testimonios, queda la dignidad, y los derechos humanos, la memoria, las denuncias y los cambios… Por eso quedan la esperanza, los ideales y las utopías.

¿Para qué sirve la utopía? le preguntó un estudiante al cineasta argentino Fernando Birri…

Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.

 

El mochuelo

(abril-2011)

 

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