El 10 de diciembre Obama recibió el Premio Nobel de la Paz.

Las víctimas de Irak, de Afganistán, de Pakistán, de Somalia, de Ruanda, del Congo, del Sáhara…no votaron, porque no pueden votar. No saben de paz, no entienden esta paz… ¿cómo van a votar? Y menos un prestigioso Nobel de la Paz.

La paz ha sido redefinida por los poderosos, al igual que los premios de la paz. Ya no significa lo que dicen los diccionarios. Quien tiene el poder, da nombre a las cosas.

Alfred Nobel, que dio nombre al Premio de la Paz, fue precisamente el inventor de la dinamita. El presidente Obama, último ganador del premio, mantiene, entre otras, la invasión de Irak. Días antes de recibir el premio de la paz, ordenaba el envío de otros 30.000 soldados (además de los 70.000 soldados norteamericanos allí desplazados) para continuar la invasión de Afganistán.

Los socios le hicieron regalos apropiados: Veinticinco o veintiséis países de los 43 que integran la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán (ISAF) le prometieron enviar contingentes complementarios a este país, según una fuente diplomática próxima a la OTAN. Los países, entre ellos Gran Bretaña, Georgia, Corea del Sur, Polonia, Eslovaquia, España y Macedonia, planean enviar como refuerzos a Afganistán a más de 5.000 soldados. Polonia aumentará 1.000 soldados a los 2.000 presentes; Italia aumentará otros 1.000: La OTAN promete 5.000; Zapatero enviará otros 500…

    

     Obama, gran líder mundial, dedicó su discurso, en la ceremonia de entrega del Nobel de la Paz, a justificar y defender la guerra: “el uso de la fuerza (militar) puede estar justificado por razones humanitarias… Hay enemigos contra los que nunca sirve el diálogo”.

Comenta Escolar, “pero el salto erróneo en su argumento consiste en intentar apagar el incendio del terrorismo islámico con más gasolina, con más muertos civiles, con más mártires, con otra de esas guerras eternas que nunca se pueden ganar”.

Quienes tienen poder de decisión tienen también el poder de justificar la contradicción. Por lo cual, ni las víctimas ni las ciudadanías en general pueden entender los nuevos conceptos de Paz, de Derechos Humanos, de Justicia, de Libertad…

Los discursos de los políticos ya no iluminan a la gente de la calle, más bien fomentan un complejo general de idiotez. Su punto de partida es que la gente es tonta, no entiende que un SÍ signifique NO y viceversa…se hable de paz, de justicia o de lo que sea.

    

     Las grandes potencias que dirigen el mundo voltearon diccionarios y enciclopedias: La única Paz existente, la única que se premia, ES LA PAZ IMPUESTA POR LA FUERZA, LA PAZ DESTINADA A MANTENER EL ORDEN POLÍTICO, ECONÓMICO Y SOCIAL IMPERANTE. UNA PAZ ARMADA.

Como dice Juan Antonio González Molina, un orden mundial que necesita de su Paz armada”para mantener salvaguardados los intereses de las grandes empresas multinacionales y los grandes hombres de negocios que son los verdaderos adalides del sistema. Una paz que cuesta al mundo la muerte de 24.000 personas al día según estimaciones de la ONU, que tiene a poblaciones enteras sumidas en la miseria, que obliga a los trabajadores de medio mundo a trabajar en unas condiciones infrahumanas para que los consumidores del primer mundo atesoren unas condiciones de vida medianamente aceptables. Una paz que supone que el 18 % de la población mundial acapare el 80 % de la riqueza. Una paz que hace que los continentes más ricos del mundo en recursos naturales, África y América Latina, sean explotados por Occidente y condenados a ser los principales focos de miseria del planeta. Una paz que difunde valores como la competencia, la propiedad privada, las capacidades individuales, el esfuerzo personal”o la imagen, como únicas fuentes para alcanzar el éxito. Una paz que no otorga las mismas posibilidades a todos los ciudadanos, una paz que defiende las diferencias sociales y económicas para favorecer los intereses de aquellos que la imponen.

    

     La Paz, concepto secuestrado y mal usado por el neoliberalismo que nos gobierna, no debe limitarse a la ausencia de conflictos bélicos. A diario, se usa la violencia contra la población civil y trabajadora de mil maneras posibles. Los despidos, la explotación laboral, la miseria, el hambre, los privilegios de unas culturas sobre otras, el no tener acceso a los derechos básicos como la sanidad, la vivienda, el trabajo o la educación, son, entre otras muchas que nombrar aquí sería imposible, formas de violencia distintas de la guerra armada.

La paz significa no solo desarme, sino igualdad social y política, significa respeto por los derechos humanos, por las divergencias culturales del mundo, y por el medio ambiente. Significa un reparto justo, colectivo e igualitario de la riqueza, y para alcanzarlo, ha de existir un sistema que garantice estas necesidades básicas e inalienables del ser humano.

 

     Afganistán está de actualidad. Como los poderosos nos consideran tontos de remate, pareciera que la historia siempre empieza antedeayer.

Los pecados del imperialismo de EE.UU. en Afganistán son simplemente espeluznantes. Hay que imaginar lo que podría haber sucedido si EE.UU. no se hubiera inmiscuido en los asuntos afganos desde fines de los años setenta y hubiera permitido que siguiera adelante ese experimento de gobierno secular-reformista en una sociedad musulmana altamente conservadora sin entregar miles de millones de dólares en armas precisamente al tipo de combatientes que hoy son vilipendiados como extremistas islámicos”y terroristas. Podría no haber habido un movimiento muyahidín internacional coordinado por la CIA, ni se habría persuadido a un joven Osama bin Laden para que suspendiera sus estudios y dirigiera a guerreros santos árabes en coordinación con la CIA, ni hubiera habido un colapso total de la sociedad afgana, ni un contragolpe.

Actualmente Europa depende del suministro de gas a través de Rusia desde el Mar Caspio, sobre todo de Turkmenistán. Eso da a Moscú una enorme influencia política. La política de EE.UU. ha sido construir ductos desde el Caspio evitando a Rusia o Irán. La construcción del gasoducto TAPI (Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India) que llevará al gas directamente al Océano Índico y a los mercados mundiales es uno de los principales motivos de la ocupación de Afganistán. ¿O no?

 ¿Qué hay realmente detrás de la guerra de Afganistán? ¿Los yacimientos de uranio en la provincia de Helmand? ¿El oleoducto transafgano? ¿La posición geoestratégica para controlar a las potencias nucleares como China, Rusia, India y Pakistán? ¿O tal vez el control del tráfico de drogas, el tráfico de heroína, uno de los más rentables del planeta, estimado en 150 mil millones de dólares anuales?

La población civil afgana no entiende esta Paz, no puede votar al premio Nobel, simplemente muere sin entender de qué Paz se habla.

    

     La guerra es la suma de todas las tragedias que un ser humano puede sufrir: ver morir a los seres queridos, torturas, violaciones, hambre… Quizá por esta asociación, muchos gobiernos cambiaron el nombre de Ministerio de Guerra por el de la Defensa, sin frenar su maquinaria bélica. Tras las protestas contra las guerras preventivas, se empeñaron en realizar operaciones de maquillaje a las fuerzas armadas asociadas a la represión, a los golpes de Estado, a la ultraderecha y al terror–y añadieron el término humanitario”al despliegue de tanques y misiles, y de paso destinaron nuevas partidas de presupuesto a las guerras bajo el cómputo de gasto humanitario. Las invasiones solidarias son un derecho exclusivo de las potencias.

La misión humanitaria de Afganistán ha costado la vida de casi un millón de civiles. Mientras estudiaban cómo extraer los recursos de Asia central, lanzaban bombas de racimo y misiles cargados de uranio empobrecido. Los ocho millones de afganos que hoy pueden morir de hambre no reciben más que bombas a diario.

En 2004, los humanitarios del Pentágono encontraron en el tsunami la oportunidad de oro para enviar contingentes a la zona de influencia china, reactivar la base Utapao en Tailandia, firmar acuerdos militares con Filipinas, Singapur y Sri Lanka y hacerse con el control de Aceh, trasladando su portavión nuclear Lincoln a este enclave, un inmenso yacimiento de gas que conecta el océano Índico con el mar del sur de China.

No podemos responder a todas las crisis humanitarias que se producen en el mundo, lamentaba Bill Clinton. ¡Menos mal!, contestó Eduardo Galeano.

    

     Comenta  Juan Torres, que es cínico hablar de las misiones de los ejércitos como “misiones de paz”. Los ejércitos son la expresión institucional de la violencia. No es verdad que traigan la paz sino que están concebidos para traer la muerte y la destrucción. La paz que imponen los ejércitos es siempre una paz violenta que no es la verdadera paz, porque la paz no es solo la ausencia de guerra que pueden lograr las victorias militares sino algo más, mucho más, es la justicia y el buen gobierno y las armas no son precisamente los mejores instrumentos para lograrlos.

Porque mientras hablan de misiones de paz gastan cada vez más dinero en armamentos que solo pueden llevar consigo muerte y desastres y que necesariamente suponen una renuncia a los recursos que podrían proporcionar la verdadera paz, la que proviene de la justicia, de la educación, de la satisfacción humana.         
El gasto en armamento no deja de crecer. A la hora de dedicar recursos que puedan matarnos unos a otros no hay crisis que valga. En 2008 subió un 4%, y batió un nuevo record en términos absolutos: 1,46 billones de dólares, de los que casi la mitad corresponde a Estados Unidos. En los últimos 10 años ha aumentado un 45%.  
Según el SIPRI en el mundo hay 10.200 armas nucleares operacionales y 25.000 si se cuentan las inactivas. Si siguen gastando en armas no es porque no haya suficientes, pues con las que acumulan hoy día podrían matarnos a todos varios cientos de veces, sino porque es un negocio boyante. Esa es la cuestión.         
Y mientras se enriquecen cada día más vendiendo y sembrando la muerte, dicen que no hay recursos para acabar con la pobreza. Se gastan 4.000 millones de dólares cada día en armamentos y dicen que no tienen sesenta o setenta mil millones que serían suficientes para acabar con la miseria en el mundo, con el hambre, con la falta de agua, con prácticamente todas las causas de sufrimiento humano innecesario. Ni 20 días de gasto militar de los 365 días de año harían falta para ello. 
 

¡¡Mundo extraño!!

Todos los días, 25.000 personas mueren de hambre en el mundo, de las que 16.000 son niños/as.

Todos los días, miles de mujeres en el mundo son insultadas, son vejadas, son desconocidas, son maltratadas, son violadas, son asesinadas…por el delito de ser mujer.

Todos los días se mata en nombre de la vida como en nombre de la paz se hace la guerra.…

En nombre de la democracia y de la libertad se silencian voces, se encarcelan jóvenes, se persiguen ideas, se secuestra, se tortura, se asesina, se invade.

Mientras sigan negándose los derechos humanos, la paz sólo es una palabra hueca.

Como dice Casaldáliga: “La paz con hambre sólo es una flor encima de un cadáver.

¿Qué sentido tiene que sigan cantando los ángeles de los belenes:  Y PAZ EN LA TIERRA A…?

 

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