*El mundo mata  

Cuando todavía Chile estaba sometido a la dictadura del general Pinochet, yo andaba caminando las calles de Santiago, cuando se me acercó un mendigo, andrajoso, que suplicó:

-Una ayudita, por amor de Dios. Soy civil.

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El mundo actual, al servicio del crimen organizado, es un mundo militarizado.

El mundo destina, cada minuto, tres millones de dólares a los gastos militares, nombre artístico de los gastos criminales, mientras cada minuto mueren quince niños de hambre o enfermedad curable.

Los cinco países que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas son los principales fabricantes de armas. O sea: los países que hacen el negocio de la guerra son los que velan por la paz mundial.

Y una monarquía de triple corona se ocupa de la otra guerra, la guerra contra los pobres, que mata sin ruido. Cinco países toman las decisiones en el Fondo Monetario Internacional. En el Banco Mundial, mandan siete. En la Organización Mundial de Comercio, todos los países tienen derecho de voto, pero jamás se vota.

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En el mes de marzo del año 2000, sesenta haitianos se lanzaron a las aguas del mar Caribe, en un barquito de morondanga.

Los sesenta murieron ahogados.

Como era una noticia de rutina, nadie se enteró.

Los tragados por las aguas habían sido, todos, cultivadores de arroz.

Desesperados, huían.

En Haití, los campesinos arroceros se han convertido en balseros o en mendigos, desde que el Fondo Monetario Internacional prohibió la protección que el estado brindaba a la producción nacional.

Ahora Haití compra el arroz en los Estados Unidos, donde el Fondo Monetario Internacional, que es bastante distraído, se ha olvidado de prohibir la protección que el estado brinda a la producción nacional.

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Si la proclamada guerra contra el terrorismo fuera algo más que una máscara, tendría que empezar por realizar una gigantesca pegatina, en todas las paredes del planeta, cubriéndolas con carteles que digan Wanted:

Se busca a los terroristas que, pistola al pecho, gobiernan a los gobiernos y les dictan órdenes de rendición incondicional.

Se busca a los secuestradores de países, que jamás devuelven a sus cautivos, aunque cobran rescates multimillonarios que el lenguaje del hampa llama servicios de deuda.

Se busca a los delincuentes que en escala planetaria roban comida, estrangulan salarios y asesinan empleos.

Se busca a los mercaderes de armas, que necesitan la guerra como los fabricantes de abrigos necesitan el frío.

Se busca a los violadores de la tierra, a los envenenadores del agua y a los ladrones de bosques.

Se busca a los fanáticos de la religión del consumo, que han desatado la guerra química contra el aire y el clima de este mundo.

Se busca a los estafadores que siguen llamando catástrofes naturales a las calamidades que la naturaleza sufre, como si ella fuera la asesina y no la asesinada.

     Eduardo Galeano

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