*El mundo fabrica hambre: hambre de pan, hambre de abrazos

Rubén Omar Sosa escuchó la lección de Maximiliana en un curso de terapia intensiva, en Buenos Aires. Fue lo más importante de todo lo que aprendió en sus años de estudiante.

Un profesor contó el caso. Doña Maximiliana, muy cascada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo:

-Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso?

Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía:

-Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.

-Sí, doctor, gracias. Ahora, por favor, ¿me toma el pulso?

Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible.

Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez, y otra.

Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo.

Años demoró en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.

***

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los ningunos, los ninguneados:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

 

*El mundo miente

Hace mil años, dijo el sultán de Persia:

-Qué rica.

Él nunca había probado la berenjena, y la estaba comiendo en rodajas aderezadas con jengibre y hierbas del Nilo.

Entonces el poeta de la corte exaltó a la berenjena, que da placer a la boca y en el lecho hace milagros, porque para las proezas del amor es más poderosa que el polvo de diente de tigre o el cuerno rallado de rinoceronte.

Un par de bocados después, el sultán dijo:

-Qué porquería.

Y entonces el poeta de la corte maldijo a la engañosa berenjena, que castiga la digestión, llena la cabeza de malos pensamientos y empuja a los hombres virtuosos al abismo del delirio y la locura.

Un insidioso, de esos que nunca faltan, comentó:

-Recién llevaste a la berenjena al Paraíso, y ahora la estás echando al infierno.

Y el poeta, que era un profeta de los medios masivos de comunicación, puso las cosas en su lugar:

-Yo soy cortesano del sultán. No soy cortesano de la berenjena.

 ***

El general mexicano Francisco Serrano fumaba y leía, hundido en un sillón del casino militar de Sonora.

El general leía el diario. El diario estaba cabeza abajo.

El presidente, Álvaro Obregón, quiso saber:

-¿Usted siempre lee el diario al revés?

El general asintió.

-¿Y se puede saber por qué?

-Por experiencia, presidente, por experiencia.

 ***

El Muro de Berlín era la noticia de cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro…

Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros brotaron, y siguen brotando, en el mundo. Aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada.

Poco se habla del muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla.

Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras palestinas y será quince veces más largo que el Muro de Berlín, y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que perpetúa el robo de la patria saharaui por el reino marroquí y mide sesenta veces más que el Muro de Berlín.

¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos?

***

¿Qué ocurrió en el mundo, pongamos por caso, en el año 1998? Los medios globalizados de comunicación dedicaron sus más amplios espacios, y sus mejores energías, al romance del presidente del planeta con una gordita voraz y locuaz, la lingüista Mónica Lewinsky.

El tema ocupó los periódicos que desayunamos, los informativos radiales que almorzamos, los telediarios que cenamos y las páginas de todas las revistas que ojeamos.

Me parece que en 1998 también ocurrieron otras cosas, pero no consigo recordarlas.

Y de todo lo demás, ¿qué conseguimos recordar? Día y noche los grandes medios de comunicación, convertidos en miedos de comunicación, nos advierten que Irán es el más grave peligro que acecha a la humanidad, porque tiene o podría tener armas nucleares, y en el acto recordamos que fue Irán el país que arrojó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. ¿O no? ¿No fue Irán? Quién sabe.

Y antes de Irán, fue Irak. ¿Recuerdan ustedes cuál fue el pánico universal que desató la carnicería contra los iraquíes? El mundo tembló ante el inminente ataque de las armas de destrucción masiva… que habían sido inventadas por los medios de intoxicación masiva. Y de las tales armas, nunca más se supo. Miles y miles de muertos pagaron, y siguen pagando, el precio de esa mentira; y nunca más se supo.

Y por hablar de pánico universal, ¿recuerdan ustedes que los especuladores de Wall Street habían sido los culpables de la peor crisis que el mundo ha sufrido desde 1929? Pues después se aclaró el asunto y ahora sabemos que la culpa la tiene… Grecia.

Eduardo Galeano

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