Ellos dicen que nuestros argumentos no tienen base alguna, que nuestro pacifismo tan sólo está basado en ideas trasnochadas, que vivimos a base de consignas que ya nadie entiende. En definitiva, ellos dicen que nosotros no tenemos ninguna base. Y, afortunadamente, es cierto. Todas las bases son suyas, todas las bases son de los poderosos, de los que han hecho del mundo un juego de monopoly, de los que mueven fichas en el ajedrez de la historia y, ya sean blancas o negras, siempre son los peones los primeros que pierden y siempre los reyes acaban ganando la partida.

     Las bases son suyas, de los que están arriba, de los mismos que bombardean con cuatrimotores escuelas y hospitales, que arrasan el orgullo y la conciencia de los pueblos con misiles de capitalismo salvaje a través del Fondo Monetario Internacional.

Las bases son suyas, de esa intransigencia que coloca un velo de represión sobre el rostro de los más débiles con la artillería pesada del fanatismo religioso. Las bases son de los que ahogan las protestas de los miserables con la carga de la brigada de las dictaduras bananeras. Las bases son de los que defienden la globalización como un chalet adosado para los bolsillos de los ricos y el ghetto social y económico para tres cuartas partes del planeta, mediante un extenso arsenal de embustes y discursos oficiales.

     Las bases son suyas, que se las queden. Que se las queden para defender sus bancos y sus coches blindados, sus alfombras rojas, las lenguas de gato de sus portavoces habituales y las narices de Pinocho de sus promesas incumplidas.

     Nosotros no tenemos base, ninguna base y a mucha honra.

Nosotros tenemos el espectáculo del amanecer, la magia de los crepúsculos, la música que lamentablemente nunca suele amansar a las fieras, los libros que siempre arden a 451 grados Fahrenheit si no transmiten el pensamiento único.

Nosotros tenemos los bailes de salón, la hora del bocadillo, la sonrisa del chiste, los viejos amigos y las nuevas emociones.

Nosotros hemos jurado la alegría como una bandera al viento, defendemos la patria de un beso, armamos un ejército de caricias, atesoramos un arsenal de ternura, aceptamos la obediencia debida a la pasión y el gozo.

Nuestro único cuartel  es el de la luz del mediodía y el de las sombras de la madrugada; nuestro rancho, el melón y la calabaza que Rafael Alberti contemplaba en estos huertos de Rota Oriental Spain y nuestro único capitán, quizá sea aquel héroe llamado Hércules que cuando el mundo no era mundo…separó los riscos del Atlas marroquí y el Peñón de Gibraltar. El Peñón, donde se apurgara un submarino atómico tan estropeado y tan peligroso como esas frases lapidarias que, a lo largo de los siglos, han justificado matanzas constantes y opresiones sin cuento. Esas frases, esas frases: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Esas palabras, que las carga el diablo: “Política de Defensa, el peligro rojo, el peligro amarillo, el peligro islámico”.

     Ellos, los poderosos, los que viven lejos de aquí y cerca de sus cuentas corrientes, nos ponen en peligro aunque digan que nos quieren salvar del peligro. Ellos nos meten en guerra, aunque mientan que vienen en son de paz. Ellos dicen ser nuestros salvadores, creen que la vida es una pechera llena de medallas y que es legítimo que exista la deuda externa, los cementerios nucleares, el agujero de ozono y las bombas de uranio empobrecido cayendo como una maldición eterna sobre los pobres de solemnidad. Para ellos, los desfiles y los himnos, el pentágono y la trilateral, las glorias sin las penas, los nombres de las calles, la guerra limpia y la sangre ajena, porque los daños colaterales y los muertos de sus batallas siempre los puso el pueblo llano.

     Pero vamos a ganarles. Les tenemos rodeados. No tenemos base, eso es cierto, pero tenemos la fuerza de la razón, que a la larga siempre puede más que la razón de la fuerza.

Ellos tienen un sueldo. Nosotros tenemos un sueño.

Ellos tienen unas órdenes que cumplir. Nosotros sólo queremos seguir cumpliendo años.

Ellos guardan secretos militares. Nosotros no guardamos ni secretos de alcoba.

Para ellos, el señor, sí, señor. Para nosotros, el te quiero.

Para ellos el color caqui. Para nosotros, el arcoíris.

Para ellos, los tanques. Para nosotros, los de cerveza.

Para ellos, las hojas de servicio. Para nosotros, las hojas de los árboles.

Para ellos, los himnos. Para nosotros, los boleros.

Para ellos, las semillas transgénicas, las vacas locas y la fiebre aftosa. Para nosotros, el pan desnudo y crujiente de la vida cotidiana.

Ellos dicen que nosotros no tenemos ninguna base. Ojalá fuera cierto. Que se lleven esta base y las demás. Les quedaría preciosa en la salita de la Casa Blanca…

     No es verdad que seamos una pandilla de jipis pasados de fecha, de pacifistas sin causa, de rojos peligrosos en vías de extinción. Nosotros, tengo que decirlo aquí, no queremos acabar con las bases militares ni con los ejércitos, propiamente dichos.

Queremos que las bases defiendan enérgicamente a Picasso, a los puentes de Praga y al alma de Harlem, contra los horteras y contra la televisión basura.

Queremos que los ejércitos protejan nuestras sombrillas de playa para que no nos invada la división panzer de las urbanizaciones enemigas.

Queremos que las bases sólo sean de baseball. Queremos que el ejército sólo sea de salvación.

Que en lugar de convertir a los inmigrantes en soldados, sean todas las armas las que tengan que emigrar.

Que los portaviones ayuden a las pateras.

Que los acorazados se conviertan en basureros de las mareas negras.

Que taponen con fragatas los vertidos urbanos y los industriales.

Que los únicos boinas verdes sean los ecologistas.

Que los novios de la muerte se desenamoren de ella.

Que el séptimo de caballería se fugue con la novena de Beethoven.

Que los uniformes se los regalen a los bomberos.

Que las bases sólo sirvan para calcular el área de las figuras geométricas.

Que el rompan filas, sólo sea una marca de ron.

Que los campos de batalla se conviertan en campos de fútbol.

Que los proyectiles se vuelvan supositorios.

Que con las bombas que quieren tirar los fanfarrones se hagan tirabuzones las gaditanas y los gaditanos.

Que el miedo ya no guarde la viña y que, en la película del presente y del futuro, mi país deje de ser el mayordomo de los asesinos, el traficante de pieles que le vende rifles y agua de fuego a los salvajes dictadores,…

Que se queden con todas sus bases y con todos sus muertos. Que se queden con sus barras y con sus estrellas. Que la Estatua de la Libertad deje su empleo en la CIA…

Que nos dejen en paz, que nos licencien a todos de todas las guerras frías, que la historia del hombre tenga un final feliz. Y que ustedes lo vean, más temprano que tarde. En su lugar, ¡descanso!

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