*El mundo sigue ciego de su diversidad

¿Por qué nos negamos a reconocer que lo mejor del mundo está en la diversidad de mundos que el mundo contiene?

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Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso –reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

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En algún lugar del tiempo, más allá del tiempo, el mundo era gris. Gracias a los indios ishir, que robaron los colores a los dioses, ahora el mundo resplandece; y los colores del mundo arden en los ojos que los miran.

Ticio Escobar acompañó a un equipo de la televisión, que viajó al Chaco, desde muy lejos, para filmar escenas de la vida cotidiana de los ishir.

Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules.

El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña y entendía su lengua. Ella confesó:

-Yo quiero saber de qué color ve usted las cosas.

-Del mismo que tú –sonrió el director.

-¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?

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Desde el punto de vista de una lombriz, un plato de espaguetis es una orgía.

Todo depende de la diversidad de los puntos de vista.

¿Cómo sería la epopeya de la conquista, desde el punto de vista de lo que podía haber ocurrido?

Cristóbal Colón no consiguió descubrir América, porque no tenía visa y ni siquiera tenía pasaporte.

A Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil, porque podía contagiar la viruela, el sarampión, la gripe y otras pestes desconocidas en el país.

Hernán Cortés y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistar México y Perú, porque carecían de permiso de trabajo.

Pedro de Alvarado rebotó en Guatemala y Pedro de Valdivia no pudo entrar en Chile, porque no llevaban certificados policiales de buena conducta.

Los peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costas de Massachusetts no había cuotas abiertas de inmigración.

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Y hablando de la diversidad, quiero rendir homenaje a la República Argentina, el primer país latinoamericano que ha tenido el coraje de legalizar los matrimonios homosexuales, a pesar de que la Santa Inquisición tiene siempre a mano la leña y los fósforos (las cerillas, como dicen aquí).

Y también quiero rendir homenaje al papá de las computadoras (los ordenadores, como dicen aquí): Alan Turing creó las bases teóricas de la informática moderna y construyó la primera computadora que operó con programas integrados.

Con ella jugaba interminables partidas de ajedrez y le formulaba preguntas que la volvían loca. La máquina obedecía emitiendo mensajes más bien incoherentes.

Pero no fueron máquinas, fueron policías de carne y hueso, los que en 1952 se lo llevaron preso, en Manchester, por indecencia grave.

Sometido a juicio, Turing se declaró culpable de homosexualidad.

Para que lo dejaran libre, aceptó someterse a un tratamiento de curación.

El bombardeo de drogas lo dejó impotente. Le crecieron tetas. Se encerró. Ya no iba a sus clases en la universidad, ni a ninguna parte. Escuchaba murmullos, sentía miradas que lo fusilaban por la espalda.

Antes de dormir, era costumbre, comía una manzana.

Una noche, inyectó cianuro en la manzana que iba a comer.

 

*El mundo desprecia el trabajo

Ahora cualquier necio confunde valor y precio –escribió, hace ya muchos años, el poeta Antonio Machado.

Aquel ahora es también nuestro ahora: escaso valor tiene el trabajo, vale poco más que la basura, porque a bajo precio se paga.

Un par de historias.

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Ocurrió en Chicago, en 1886.

El primero de mayo, cuando la huelga obrera paralizó Chicago y otras ciudades, el diario “Philadelphia Tribune” diagnosticó: El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal, y se ha vuelto loco de remate.

Locos de remate estaban los obreros que luchaban por la jornada de trabajo de ocho horas y por el derecho a la organización sindical.

Al año siguiente, los cuatro dirigentes de la huelga fueron ahorcados. Cada primero de mayo, el mundo entero los recuerda.

Con el paso del tiempo, las convenciones internacionales, las constituciones y las leyes les han dado la razón.

Sin embargo, las empresas más exitosas, Walmarts, McDonald´s y muchas más, siguen sin enterarse. Prohíben los sindicatos obreros y miden la jornada de trabajo con aquellos relojes derretidos que pintó Salvador Dalí.

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Y otra:

Hacía pocos años que había terminado la guerra española y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República.

Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros, le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.

Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó.

Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio.

Me lo contó: él era un niño desesperado, que quería salvar a su padre de la condenación eterna, pero el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.

-Pero papá –preguntó Josep, llorando-. Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?

Y el obrero, cabizbajo, casi en secreto, dijo:

-Tonto,

dijo:

-Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

Eduardo Galeano

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