Nuestro mundo, mundo al revés, que tiene la cabeza en los pies, tiene la costumbre de cometer muchos más que siete pecados capitales, y sin duda más que los que voy a nombrar; pero algo es algo.

Para hablar de esos pecados, he recurrido a algunos relatos que provienen de los libros por mí cometidos.

Al fin y al cabo, del mundo se trata, y el mundo está hecho de átomos, pero también está hecho de historias.

 

*El mundo repite las tradiciones racistas

¿Por qué no sabemos del África nada más que lo que nos enseñó el profesor Tarzán, que nunca estuvo allí?

¿Por qué seguimos creyendo que América fue civilizada por Europa?

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¿Adán y Eva eran negros?

En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de los colores.

Ahora las mujeres y los hombres, arcoiris de la tierra, tenemos más colores que el arcoiris del cielo; pero somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen del África.

Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido.

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Cuenta la historia oficial que el conquistador español Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los indígenas que allí vivían, ¿eran ciegos?

¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?

Lo escucharon los peregrinos del Mayflower: Dios decía que América era la Tierra Prometida. Los que allí vivían, ¿eran sordos?

Después, los nietos de aquellos peregrinos del norte se apoderaron del nombre y de todo lo demás. Ahora, americanos son ellos. Los que vivimos en las otras Américas, ¿qué somos?

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Según antiguas tradiciones religiosas, un macho cabrío cargaba los pecados de todos y era castigado con la expulsión al desierto.

Algunos pueblos, como por ejemplo los judíos y los gitanos, vienen trabajando de chivos expiatorios desde hace mucho tiempo.

A mediados del año 2008, la revista italiana Panorama, que pertenece a Berlusconi, tituló en portada, “Nacidos para robar”.

Se refería a los gitanos, y según las encuestas, la opinión pública coincidía con este veredicto genético.

Poco antes, Alfredo Mantovano, viceministro del gobierno de Berlusconi, había desarrollado la idea, en la televisión de Berlusconi: “Los gitanos son una etnia inclinada al robo y al secuestro de niños”.

O sea: ladrones, y para peor, ladrones de niños.

La justicia italiana no había comprobado la veracidad de ninguna denuncia de secuestros de niños por gitanos, pero ese detalle carecía de importancia.

 

*El mundo repite las tradiciones machistas

¿Por qué la realidad sigue tratando a las mujeres peor que los tangos, lo que ya es decir?

¿Por qué es tan excepcional el actual gobierno de España, con nueve ministras?

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Están allí, pintadas en las paredes y en los techos de las cavernas.

Estas figuras, bisontes, alces, osos, caballos, águilas, mujeres, hombres, no tienen edad. Han nacido hace miles y miles de años, pero nacen de nuevo cada vez que alguien las mira.

¿Cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos, pintar de tan delicada manera? ¿Cómo pudieron ellos, esos brutos que a mano limpia peleaban contra las bestias, crear figuras tan llenas de gracia? ¿Cómo pudieron ellos dibujar esas líneas volanderas que escapan de la roca y se van al aire?

¿Cómo pudieron ellos…?

¿O eran ellas?

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Si las santas, y no los santos, hubieran escrito los evangelios, ¿cómo sería la primera noche de la era cristiana?

San José, contarían las santas, estaba de mal humor. Él era el único que tenía cara larga en aquel pesebre donde el niño Jesús, recién nacido, resplandecía en su cuna de paja. Todos sonreían: la Virgen María, los angelitos, los pastores, las ovejas, el buey, el asno, los magos venidos del Oriente y la estrella que los había conducido hasta Belén.

Todos sonreían, menos uno. San José, sombrío, murmuró:

-Yo quería una nena.

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Son femeninos los símbolos de la revolución francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.

Pero la revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, la guillotina le cortó la cabeza.

Al pie del cadalso, Olympia preguntó:

-Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?

No podían. No podían hablar, no podían votar.

Las compañeras de lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland. Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por su antinatural tendencia a la actividad política. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de estado.

Y la guillotina volvió a caer.

 

Eduardo Galeano

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