En los tiempos que corren, de crisis económica, las entidades financieras de Wall Street van a repartir 100.000 millones de dólares en primas para sus directivos.

En los mismos tiempos en que 1.000 millones de personas mueren de hambre.

Demostración fehaciente de lo injusto e insolidario que es el sistema económico en el que estamos viviendo.

 

En los tiempos que corren, de crisis financiera, el G-8 decidió urgentemente auxiliar a los bancos con más de 250.000 millones de dólares y se repartieron ipso facto.

En el año 1972 se comprometieron los países ricos a aportar el 0,7% PIB (unos 50.000 millones de dólares al año) para resolver los principales problemas de la humanidad, y aún no han comenzado a cumplir tal compromiso.

Demostración fehaciente de la falta de voluntad política para resolver el vergonzoso problema del hambre en el mundo. Evidentemente, no es problema de dinero.

 

En los tiempos que corren, de crisis alimentaria, las grandes masas de capital, al no poder invertir en ladrillo ni en bolsa, eligieron invertir en el mundo de la alimentación y en biocombustibles: los inversores controlan y suben los precios de los alimentos. Y las subidas de los precios no afecta por igual a toda la población mundial (En España se gasta en alimentación el 17% del salario, en otros países se gastan hasta el 80%).

Mientras tanto 50.000 personas mueren diariamente por hambre, a pesar de haber alimentos para abastecer al doble de la población mundial actual.

Demostración fehaciente de que el problema no es la falta de alimentos. El problema es de distribución, de acumulación por parte de unos cuántos.

 

En los tiempos que corren, de modernidad y desarrollo, las palabras cada vez están más divorciadas de las obras.

Ya en 1963 John F. Kennedy advirtió: “Tenemos los medios, tenemos la capacidad para eliminar el hambre y la pobreza de la faz de la Tierra en nuestra generación. Solamente necesitamos tener voluntad de hacerlo”.

Y diez años antes, otro presidente norteamericano, Eisenhower proclamaba: “Cada fusil que se fabrica, cada barco de guerra que se construye, cada bomba que explota, significan, en última instancia, un robo para aquellos que tienen hambre y no tienen comida”.

Pues bien, la FAO es la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación que conduce las actividades internacionales encaminadas a erradicar el hambre.

Actualmente, el presupuesto regular de la FAO en DIEZ AÑOS es equivalente a lo que el mundo gasta en armamento en UN SOLO DIA. 

 

En los tiempos que corren, de racionalidad y tecnología, las contradicciones se casan con el descaro, la ciencia se confunde con la ficción, las mentiras se amasan con las verdades…

Los 192 miembros de las Naciones Unidas no tuvieron inconveniente en acordar en el año 2000 los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Uno de los modestos objetivos era reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, la proporción de personas que sufren hambre (Es decir, reducir a la mitad los 800 millones de hambrientos de aquel año 1990).

Faltan 5 años para acabar ese plazo y en vez de 800 millones, ahora hay 1.000 millones de personas hambrientas.

Son las paradojas de nuestro mundo: cada dos segundos la fortuna del mexicano Carlos Slim crece 2.500 dólares, y cada dos segundos muere una persona de hambre.

Cuentan que la pobreza se ceba con los más débiles (zonas rurales, mujeres y niños), por la misma razón que la riqueza se ceba con los más fuertes. El poder, la importancia y la protección son absolutamente incomparables de los unos y los otros.

Cuentan que el hambre es un concepto abstracto, pero porque lo miramos con los ojos cerrados. Que una persona muera de hambre cada 2 segundos no es abstracto. Comparemos las muertes por accidentes de tráfico, o por la famosa Gripe A, o por los atentados contra las Torres Gemelas,…con las 50.000 diarias por hambre.

Cuentan que es una utopía acabar con la pobreza, pero si realmente se sabe cómo hacerlo no es utopía: y lo están haciendo países como Nicaragua, Jamaica, Brasil… Porque el hambre y la pobreza no son fenómenos naturales sino que tienen causas políticas y, por tanto, requieren soluciones políticas. Y son posibles.

 

En los tiempos que corren, de la eficacia y eficiencia, se niegan conscientemente soluciones a problemas de máxima urgencia como el hambre.

Los gobiernos no le dan prioridad, y quienes tienen hambre no tienen voz. En los países ricos, la ciudadanía tampoco sabe de hambre, sólo de ‘falta de apetito’ o de ‘ganas de comer’.

Los intercambios financieros especulativos en el mundo son cinco veces mayores que el mercado de productos y bienes, pero los gobiernos se resisten a la Tasa Tobin (esa pequeña penalización a los beneficios de los movimientos especulativos de capital).

Estamos metidos en un gigantesco timo económico: El Mercado es el único capaz de resolver todos los problemas. ¿Y todos los millones de personas que están fuera del mercado, además de aquellos que nunca podrán entrar en él?

Todos tenemos algunas soluciones para combatir el hambre: no mirando hacia otro lado, controlando nuestro consumo, sacando el tema una y otra vez en los medios, presionando a los gobiernos para que cumplan con los compromisos contraídos, participando en ONG, utilizando inteligentemente nuestro voto, seleccionando los productos que compramos (“convertir nuestro carro de compra en carro de combate”), negándonos a la resignación, ejerciendo de “pepito grillo” o de “mosca cojonera”… Recordaba José Esquinas Alcázar: “Si alguien piensa que es demasiado pequeño para tener un impacto, es que nunca ha dormido con un mosquito en su habitación”.

 

En los tiempos que corren, en los que se presume de democracia y defensa de los derechos humanos, la hipocresía crece como la grama y el egoísmo avanza a sus anchas.

El problema del hambre permanece, porque el hambre no es contagiosa. Si no, hace tiempo que la hubiéramos acometido.

El día que seamos conscientes de que el hambre y la pobreza son caldo de cultivo de la inmigración ilegal, de la violencia internacional, de las revueltas callejeras,…y que la seguridad alimentaria y la paz son interdependientes, el mundo rico pensará en aplicar medidas contra el hambre, si no por solidaridad, al menos por egoísmo inteligente.

 

 

El mochuelo

(Octubre-2010)

  1. Rafael
    21 Oct 10 8:35

    Magnífico artículo como siempre, Mochuelo. Estoy de acuerdo, sobre todo, con la última frase, que vengo repitiendo desde hace muchos años. Si no por solidaridad, sensibilidad y espíritu de justicia, el hambre, la pobreza y demás problemas mundiales asociados (violencia, deterioro medioambiental, etcétera) deberían resolverse a base de ese “egoísmo inteligente” que señalas. El asunto es que el egoísmo nos sobra, sobre todo a los medianamente instalados, pero de inteligencia… ¡cero patatero! Por eso mantengo que el gran problema de la humanidad es la imbecilidad, convenientemente alimentada, claro está, por aquéllos a quienes interesa que no veamos, no sepamos, no pensemos… ¡A lo mejor en el próximo salto evolutivo!

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