Todo el mundo las conoce. Se usan a diario, en conversaciones, en charlas, en discursos,…

Son relatos breves de sucesos curiosos o divertidos.

La palabra proviene del francés “anecdote” y del griego “anékdota” (cosas inéditas).

Es una especie de historieta. Está basada en hechos reales, pero cuando pasa de boca en boca tiende a ser exagerada. No es un chiste, pero muchas resultan tremendamente graciosas.

Cada cual podríamos contar varias. Las hay de muchos tipos, pero siempre son divertidas.

 

Cuenta José Antonio Labordeta (cantautor, escritor y político aragonés) que en tiempos pasados  él se ofrecía a los Colegios de Zaragoza para dar recitales de poesía.

Llegó a uno de los colegios, se posicionó y, una vez concentrado, quiso comenzar recitando a San Juan de la Cruz:

Tras de un amoroso lance,

y no de esperanzas falto,

subí tan alto, tan alto,

que di a la caza alcance…

Un estudiante interrumpió de pronto: “Eso lo sé yo,… ¡la gallina!”

 

Eduardo Galeano cuenta una anécdota que titula  “Los aplausos”:

Desde que Federico García Lorca había caído, acribillado a balazos, “La zapatera prodigiosa” no aparecía en los escenarios españoles.

Los teatreros del Uruguay llevaron la obra a Madrid. Actuaron con alma y vida.

Al final, no recibieron aplausos.

El público se puso a patear el suelo, a toda furia; y los actores no entendían nada.        

China Zorrilla lo contó: 
-Nos quedamos pasmados. Un desastre. Era para ponerse a llorar.     

Pero después, estalló la ovación. Larga, agradecida. Y los actores seguían sin entender.             
Quizá los españoles habían aplaudido con los pies. Quizás aquel trueno sobre la tierra había sido para el autor, fusilado por rojo, por marica, por raro, como una manera de decirle:

¡para que sepas, Federico, lo vivo que estás!   
 

 

 

Refiriéndose al amor maternal, Pancracio Celdrán recuerda la siguiente anécdota:

Cuando murió la princesa Alice, William Gladstone tuvo que informar al Parlamento y ofrecer la causa de aquel fallecimiento ocurrido en el seno de la familia real durante el reinado de la reina Victoria, a finales del XIX.

El primer ministro explicó que la hija de la princesa había tenido difteria; que los médicos le habían aconsejado no acercarse a la niña, evitar todo contacto con ella ya que la enfermedad era muy contagiosa, pero que un día, ya próxima la criatura a su fin, llamó a su madre llorando y jadeando le pidió que le diera un beso, y la princesa Alice no se había podido negar, sino que acudió junto a su hija, la abrazó y la besó repetidas veces olvidándose de todo ante el dolor de su niñita, y entonces Alice se contagió.

En la sala de los comunes se hizo un gran silencio, y Gladstone, con lágrimas en los ojos, terminó su explicación diciendo:

         “Señores, la princesa Alice ha muerto a consecuencia de un beso”.

 

Y a propósito del amor maternal, en vísperas de la anexión austriaca de Venecia, en 1797, la esposa de un noble veneciano, tras enterrar a su único hijo no encontraba consuelo y se daba a la desesperación.

Como fuera lástima verla, un religioso reputado por santo trataba de animarla diciéndole:        “Hija, recuerda aquel pasaje bíblico en el que Dios ordena a Abraham sacrificar a su único hijo Isaac, y cómo el patriarca se mostró dispuesto a hacerlo”.

Escuchó la dama el piadoso consejo, y contestó sin dejar de sollozar: “Reverendo Padre, tener por seguro que Dios nunca hubiera sometido a una madre a semejante prueba porque, sencillamente, no hubiera obedecido” 

 

El ámbito de la anécdota es amplísimo y en él cabe también el disparate, el error grueso y el anacronismo. El cine es uno de los ámbitos donde más se evidencia este hecho.

Fijémonos por ejemplo en una película de historia, Gladiador, que algunos se empeñan en pronunciar como si fuera un término inglés, y no latino: ‘gladieitor’.

Pues bien, al principio de la película se puede ver de cintura para abajo a un hombre con pantalón azul y su móvil en la cintura, amén de que uno de los cadáveres del campo de batalla viste vaqueros.

En la pelea en el Coliseo pasa un carro de Pepsi-Cola.

A pesar de que en Roma antigua estaba prohibida la circulación de carros y carruajes por las vías de la ciudad al atardecer, en la película hay carromatos circulando por la ciudad.

Los romanos, y en general todo el mundo antiguo, pintaban las estatuas con colores, cosa que no se refleja en el film.

Cuando, tras su regreso de España, Cómodo se presenta ante el Senado le acompaña su hermana, obviando el hecho de que las mujeres no hacían vida pública en Roma; además, esa muchacha lleva velo naranja, color reservado a las novias.

Uno de los gladiadores dice que es de Rumanía, cuando en esa época se llamaba Dacia.

En las gradas del circo hombres y mujeres están juntos, cosa inaudita en Roma, donde no se permitía que se mezclasen: sólo las vestales podían hacerlo.

En una escena Cómodo firma con un lápiz con goma, y en el Coliseo uno de los hombres de las gradas tiene a sus pies una botella de agua de litro y medio.

En la batalla con los germanos los romanos usan estribos, cuando en la época en que se sitúa la película aún no se habían inventado.

Lo que no quita para que le dieran cinco Oscar entre otros muchos premios. ¡Cosas del cine!

 

¿Acaso no resulta anecdótico el siguiente Bando Municipal?

En 1883 el periódico mejicano  La Libertad publicó un bando que firmaba el alcalde del pueblo de Castañas, y como en la comarca no llovía desde hacía mucho tiempo a pesar de haberse hecho rogativas, procesiones, novenas y misas en la parroquia, el alcalde mayor hacía saber que:

         ‘Considerando que el Supremo Hacedor no se ha portado bien con este pueblo una vez que en todo el año anterior tan sólo ha caído un aguacero y que en este invierno no ha llovido y por consecuencia se ha perdido la cosecha de castañas de la que depende el pueblo, decreto lo siguiente:

         1º. Que si dentro de ocho días no lloviese abundantemente nadie irá a misa ni rezará.

         2º. Si la sequía durase ocho días más, serán quemadas las capillas y destruidos los misales y rosarios del pueblo.

         3º. Si tampoco lloviese la semana siguiente a la anterior, se procederá a la quema de frailes y monjas y al apaleamiento de beatas y santurrones.

En cuanto al presente, se concede la licencia para cometer toda clase de pecados y para que así el Supremo Hacedor sepa y entienda de una vez con quién va a tener que habérselas en lo sucesivo’.

 

Mirada Solidaria.es

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